Hoja Parroquial

Domingo 19 – C | Estar atentos

Domingo, 7 de agosto del 2022

Ojos en la cara, no en el cogote

estar vigilantes

A veces me imagino que de tanto progresar hasta hemos logrado cambiarnos los ojos. Dios nos los puso por delante, en la cara, y nosotros cómo quisiéramos cambiarlos de sitio y ponerlos en el cogote. Ojos que miren hacia atrás en vez de ojos que miren hacia delante. Ojos que miren al pasado y no, precisamente, al futuro.

El Evangelio de hoy es una invitación a estar “atentos al futuro”, “atentos a lo que está por venir, pero está viniendo”. Todos los verbos e indicaciones están en esa dirección: “Ceñida la cintura y lámparas encendidas”, “aguardad al Señor que vuelve”, “preparados para abrirle las puertas”, “al llegar”, “nos encuentre”, “si llega entrada la noche”, “si llega de madrugada”.

Como puede verse es una invitación a de Jesús a estar con los ojos bien abiertos, con las orejas bien atentas, no a lo que ya pasó, sino a lo que está por venir, lo que está por llegar. Lo cual nos está diciendo con toda claridad que la actitud del cristiano es estar abierto al futuro: esperando lo que aún no es, esperando lo que ha de venir, esperando lo nuevo, verlo llegar. Pero no es suficiente estar atento para verlo, sino implicarnos en esa realidad nueva, sentarnos a la mesa, recibirlo abrirle la puerta.

¿Quién pone las cosas así? Es Jesús mismo. Por tanto, la fidelidad que Jesús nos está pidiendo es la fidelidad al futuro. Fidelidad para que el futuro no se frustre. Fidelidad para que el futuro pueda ser acogido. Fidelidad para que el futuro nos encuentre preparados.

El futuro no se adivina leyendo las cartas, ni con el tarot. El futuro tiene que ser esperado. Además, es un futuro lleno de sorpresas. El futuro no es repetir el pasado, es incierto, porque hay algo nuevo que está para llegar. Nadie sabe cuándo, ni como, por eso hay que estar atento a todo el proceso del tiempo.

El futuro, además, es Dios mismo que viene, quien está por venir es el mismo Jesús. Por tanto, el futuro no es simple y sencillamente un pasar la hoja del calendario. Esperar el futuro es esperar a Dios o, mejor aún, es esperar el futuro como la novedad de Dios. Un detalle más: el futuro posiblemente llegue durante la noche, media noche, de madrugada. Es decir que, para aceptar el futuro, hay que poner la fe y la esperanza como centinelas de la historia.

Abandono de la Iglesia

hermanos separados

Es uno de los temas de moda en escritos, conferencias y estudios o encuestas. Todos nos hemos habituado a una cierta terminología que posiblemente no sea la adecuada. Hablamos de “gente que abandona la Iglesia”. Para abandonar la Iglesia, primero, hay que pertenecer a ella. Todos los que dicen “abandonar” la Iglesia, ¿pertenecieron realmente a ella o más bien “estaban en ella”, pero no eran de ella?

Muchos sólo eran miembros de la Iglesia porque habían recibido consciente o inconscientemente el bautismo. Pero luego no habían actualizado esta su pertenencia. Les dijeron que eran de la Iglesia, pero ellos nunca se sintieron Iglesia, nunca hubo una verdadera opción.

De ahí que cuando deciden “abandonar” a la Iglesia, en realidad, no abandonan nada porque nunca llegaron a ser miembros vivos de ella. Se parecían a esos pasajeros que se suben al colectivo: saben que el colectivo no es de ellos, ni ellos sienten nada por el colectivo, sencillamente lo usan y pagan el servicio.

Pero esto en modo alguno es un consuelo. Al contrario, esto plantea un problema serio a la Iglesia. Nos plantea el problema de si hacemos lo que tenemos que hacer y lo que hacemos lo hacemos como debiéramos hacerlo.

La Iglesia es un misterio de vida, no un archivo parroquial. Lo que la Iglesia necesita son “hijos en el misterio eclesial” y no indiferentes apuntados en los libros de la parroquia. ¿A quién bautizamos? ¿Qué hacemos con los bautizados? ¿Podemos decir hoy con seriedad que bautizado es igual cristiano, que bautizado igual a Iglesia? Personalmente tengo mis dudas, y no sólo dudas, graves inquietudes: ¿Hacemos lo que tenemos que hacer?

El futuro también es de Dios

Dios y el futuro

Nadie pondría en duda de que el pasado es obra de Dios y de los hombres. ¿Y el futuro será solo obra de los hombres? A veces tengo esa impresión. La impresión de que “Dios solo sabe hacer el pasado, pero que se olvidó de cómo hacer el futuro”.

¿Será que Dios se ha cansado de hacer cosas nuevas? ¿Será que Dios se cansó de hacer cosas y ahora sólo se dedica a mirar lo que hizo?

La revelación histórica de Dios nos dice todo lo contrario. Dios se revela hoy al hombre, pero invitándolo a mirar no al hoy sino a lo que todavía va a suceder, lo que está por venir.

¿De dónde, entonces, hemos sacado nosotros que el pasado es lo bueno y el futuro es lo malo o, cuando menos, lo sospechoso? A nadie le inquieta el que repitamos el pasado, pero nada más hablar de futuro, ya caemos bajo la sospecha.

San Juan Pablo II invitaba constantemente a la Iglesia a que tome conciencia de su presente, pero que mire a lo que está por venir. No es que él consideraba que lo nuevo resulte fácil; al contrario, tenemos miedo al futuro porque nos obliga a muchas cosas.

Nos obliga a pensar. Nos obliga a cambiar de mentalidad. Nos obliga a cambiar de modo de hablar. Nos obliga a cambiar de modo de hacer. Nos obliga a ponernos cada día al día. Nos obliga a repensar cada día el modo de ser y estar de la Iglesia en la historia y el mundo. Nos obliga a repensar nuestra pastoral. 

Una Iglesia que tuviese miedo a lo nuevo, sería una Iglesia donde Dios tendría que sentirse incómodo. Ya tiene buena experiencia es eso. La antigua Iglesia de la Antigua Ley no aceptó el futuro de Dios y crucificó a Dios pretendiendo matar el futuro.     

Prohibido “dejar venir”

no esperes sentado

Lo más fácil en la vida es dejar que las cosas vengan, en vez de “hacer que las cosas vengan”. Es muy distinto ese esperar que aguanta, a ese esperar que hace que la historia suceda responsablemente.

Dejar que los hijos crezcan y luego, ya veremos qué hacemos con ellos.
Dejar que los hijos se casen y luego, ya veremos qué pasa con ellos.
Dejar que los hijos se diviertan y luego, ya veremos cómo les ayudamos a solucionar sus problemas.

El “dejar venir” es una irresponsabilidad, es un dejar que las cosas se nos echen encima sin saber qué hacer luego con ellas. Lo peor es que luego nos lamentamos, nos quejamos, criticamos o echamos la culpa a los demás.

La primera idea que nosotros hemos recibido sobre Dios es la de “creador”; por tanto, de un Dios que se manifiesta haciendo cosas nuevas. No es el Dios que conserva en la nada las cosas, sino que las saca de su nada y las hace ser y existir. No es un Dios que espera a que las cosas sean, sino que las hace.

Dios no es el Dios de las cosas, sino de la historia. Ahora se presenta constantemente anunciando un mundo nuevo, unas realidades nuevas, una libertad nueva, una tierra nueva, un pueblo nuevo. Hasta un Dios nuevo, el Dios Padre.

Dios no es de los que deja que las cosas sucedan, las “hace suceder”. Esta es también la actitud y la misión del cristiano: hacer que algo suceda, hacer que las cosas cambien, y llegue lo nuevo.

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