Hoja Parroquial

Cuaresma 4 – B | Jesús no juzgará

Domingo, 14 de marzo del 2024

La luz molesta al ojo enfermo

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De alguna manera todos tenemos miedo al juicio de Dios. Después de contemplar el juicio final de Miguel Angel en la Capilla Sixtina, cualquiera siente el cosquilleo del miedo en el corazón. Y cuando se escucha a ciertos predicadores predicando sobre el juicio final, el cuerpo se nos pone como “carne de gallina”.

Sin embargo, Dios no nos ha puesto las cosas así. Él nos ha dicho algo muy distinto. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio  consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas”.

El verdadero pecado no es “no creer en Jesús”. El verdadero pecado es preferir la oscuridad y la tiniebla a la luz. Y nos da la razón: “porque sus obras eran malas”.

Cuando uno tiene el ojo enfermo, la luz le molesta y prefiere la oscuridad. Cuando uno tiene enfermo el corazón, la luz de Jesús y del Evangelio también molestan porque nos hacen ver lo que conocemos, pero no queremos ver. No es que la luz sea mala, lo que está mal es nuestra vida, nuestro corazón. Por algo dice el refrán popular: “Ojo que no ve, corazón que no llora.”

Con frecuencia, nuestro ateísmo no está tanto en que no queremos creer en Dios, sino en que no nos conviene creer, porque entonces tendríamos que cambiar de vida, cosa que no estamos dispuestos a aceptar. Hace falta mucha honestidad y sinceridad para creer en el Evangelio y en Jesús, pero también hace falta mucha honestidad para ser ateo. Si la fe es coherencia entre la vida y el Evangelio, el ateísmo es la incoherencia con la fe, con Dios, con Jesús y con el Evangelio.

Miguel de Unamuno, aquel gran filósofo existencialista, fue honesto consigo mismo. Un día se cuestionó y se preguntó a si mismo: “Miguel, o cambiar de vida o cambiar de fe”. Prefirió cambiar de fe y ahora ya se podía declarar abiertamente ateo, por más que en el fondo, Unamuno, fue para mí un gran creyente en el secreto de su corazón.

Por tanto, el juicio lo hacemos nosotros mismos mucho antes de que Dios nos pueda jugar. El que se cierra a la luz de Dios ya está juzgado. Él mismo ha elegido la oscuridad a la luz. Él mismo se ha definido y juzgado.

El estudiante que no quiere estudiar, ya se suspende él mismo. No hace falta que lo suspenda el profesor. Para cuando el profesor le suspende él ya está suspendido por sí mismo. El que se niega a aceptar la luz de Jesús y prefiere la oscuridad del pecado, no necesita que Jesús lo juzgue. Ya está juzgado por él mismo. El que por miedo no se sube al avión, se queda en tierra. No es el avión el que lo deja, sino que es él quien se queda viendo como el avión despega.

Pedir el milagro del amor

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“Recuerdo haber escrito hace unos años un extraño poema en el que me imaginaba que, por un día, Cristo se dedicaba a hacer los milagros que a Él le gustaban y no los puramente prácticos que la gente le pedía. Y que, en un camino de Palestina, una muchacha hermosísima se presentaba delante de Él planteándole la más dolorosa de las curaciones: ella era tan bella, que toda las querían, pero ella no quería a nadie. Deseada por todos, arrastraba una belleza inútil e infecunda. Y le pedía a Cristo el mayor de los milagros: que le concediera el don de amar.

Cristo, entonces, la miraba con emoción y compasión y le preguntaba: “¿Sabes que si amas tendrás que vivir cuesta arriba?” La muchacha respondía: “Lo sé, Señor, pero lo prefiero a este gozo muerto, a esta felicidad inútil.”

Ahora Cristo le sonreía y le decía: “Ea, levántate y ama, muchacha. Entra en el mundo terrible de los que han preferido a ser amados”. Y la muchacha se alejaba con el alma multiplicada, dispuesta a nadar felizmente a contracorriente de la vida”. (José Luís Martín Descalzo)

Es posible que le hayamos pedido a Dios muchos milagros en nuestra vida. ¿Le habremos pedido alguna vez el milagro de que nos regale el don del amor? ¿El don de ir contracorriente de tantos egoísmos e intereses? ¿El don de amar, por más que los demás no nos amen? ¿El don de poder amar ensanchando nuestra alma encogida por el egoísmo e incluso por nuestra belleza? El mayor amor que Dios puede hacernos es sanar nuestro corazón agrandándolo con el amor. Sin embargo, es posible que cada uno prefiera que le cure el dedo meñique que le duele a no que le sane el corazón.

Dios ha hecho milagros sanando nuestras heridas y nuestros sufrimientos. Tal vez eso es lo que más nos llama la atención de Dios. Sin embargo, el mayor milagro de Dios para con los hombres nos lo relata hoy Juan: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en el, sino que tengan vida eterna”. El mayor milagro de Dios cada día en nuestras vidas es que nos ama, incluso si no somos dignos de ser amados o rechazamos su amor.

Hacer grande a los demás

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“El único gran hombre es el que hace que cada hombre se sienta grande”. (Gilbert K. Chesterton)

La mayoría de nosotros se siente grande  humillando a los demás, haciendo más pequeños a los demás. Tenemos vocación de estátuas de parque que siempre necesitan de un pedestal para que puedan verlas.

Nos encanta sentirnos grandes haciendo pequeños a los otros. Cuando en realidad, la mayor grandeza del hombre está en hacer grandes a los demás. ¿Acaso una obra de arte no hace grande al artista? No creo que sea destruyendo su obra que el artista adquiere renombre.

En vez de humillar a los demás, tratemos de hacerles sentirse importantes.

En vez de hacerles sentirse pequeños, convenzámosles de que son más de lo que ellos piensan.

En vez despreciarles, hagámosles sentir lo importantes que ellos son.

En vez de crecer nosotros poniéndolos por pedestal nuestro, seamos capaces de ser nosotros su pedestal.

Ser grande porque tú eres pequeño, es una grandeza prestada. Además quien se hace grande a cuenta de los otros se corre el peligro de que en el momento en que el otro se derrumbe se caiga de su altura. Porque el que tiene pies de barro corre el riesgo de que una simple piedra destroce el barro y la estátua se quiebre.

Sé lo que tú eres por ti mismo y haz que los demás se sientan cada día más grandes.

Cuanto Tú me llamas

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Cuando tú me llamas, alguien piensa en mí.
Cuando tú me llamas, alguien se acuerda de mí.
Cuando tú me llamas, alguien se interesa por mí.

Cuando tú me llamas, alguien necesita escuchar mi voz.
Cuando tú me llamas, alguien necesita escuchar mi respuesta.
Cuando tú me llamas, alguien espera que yo le conteste.

Cuando tú me llamas, yo me siento importante.
Cuando tú me llamas, yo siento que tú me valoras.
Cuando tú me llamas, yo siento que para ti no soy un cualquiera.

Cuando tú me llamas, siento que tú te fías de mí.
Cuando tú me llamas, siento que tú confías en mí.
Cuando tú me llamas, siento que tú me necesitas.

Cuando tú me llamas, comienzo a despertar de mis sueños.
Cuando tú me llamas, comienzo a vivir de nuevo.
Cuando tú me llamas, comienzo a sentir que mi vida tiene valor para ti.

Señor, no dejes de llamarme.
Señor, tú sabes el teléfono de mi corazón.
Señor, tú ya sabes el celular de mi espíritu.
Señor, tú ya sabes que espero tu llamada.
Nada más grato que escuchar tu voz.
Nada más grato que decirte:
“Aquí estoy”.
“Habla, Señor”.

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