Hoja Parroquial

Domingo 22 – B | Lavado de manos, culto vacío | IQC2021

Detergente y desodorante

lavado de manos

¿Estará Jesús contra los detergentes y los desodorantes y los jabones antibacteriológicos?  Francamente no creo. Jesús amaba la limpieza del cuerpo como cualquiera. Lo que a Jesús no le va es esa carga publicitaria de jabones y desodorantes cuando el corazón lo llevamos sucio.

Jesús no rechaza lo externo, pero siente preocupación cuando lo externo no va acompañado de la verdad de lo interior. Bueno es el cuerpo, pero mejor el corazón. ¿De qué sirve lavarse una y mil veces las manos si mientras tanto nuestro corazón lleva un “cierto olor a podrido”?

Los judíos se quejan a Jesús de que sus discípulos no se laven las manos para comer y que no se dejan encorsetar por “las tradiciones de los mayores”. Jesús aprovecha la ocasión para poner las cosas en su lugar. Lavarse las manos muchas veces al día es una simple tradición de los mayores. Pero ¿de qué sirve llevar un cuerpo limpio con un corazón sucio? ¿De qué sirve un cuerpo oliendo a desodorante, cuando el corazón huele a egoísmo, a infidelidad, a robo, a mentira, a injusticia? La verdad del hombre no está en la piel, sino en el corazón. La verdad del hombre no está en su exterior, sino en su interior. Jesús nunca rechazó el mal olor de los leprosos, ni de los ciegos que vivían al margen de los caminos. Pero a Jesús le apestaban los hipócritas que vivían de la mentira y el engaño, que vivían de la injusticia y la deshonestidad.

Una cosa debe quedar bien clara. Jesús no es enemigo de la limpieza del cuerpo. Jesús no es enemigo de los desodorantes. Tampoco es enemigo del agua para lavar las manos. Lo que Jesús condena es esa ambivalencia o engaño de la piel muy suave y lustrada y el corazón encogido por el egoísmo y la mentira.

Vivimos una cultura de la higiene y es de agradecer. Pero ¿dónde está la cultura de la higiene de la mente, la cultura de la higiene del corazón, de la higiene del alma? No son suficientes las etiquetas bonitas si el contenido está podrido. No basta la pintura de las fachadas, si dentro está lleno de basura. No son las cosas de afuera las que ensucian el corazón. Es el corazón el que puede embarrar todo lo de fuera. Judas, externamente, no dejó traslucir la traición de su corazón, nadie sospechaba de él; sin embargo, dentro llevaba un corazón de traidor.

Dios no nos va a juzgar por nuestras manos sucias, sino por la suciedad de nuestro corazón. Se puede tener sucias las manos y, por dentro llevar un corazón limpio y oliendo a verdad. Lo de lavarse las manos es cuestión de tradición. Lo del corazón limpio es cosa de Dios. La fidelidad del hombre no es tanto la fidelidad a las tradiciones de los mayores, cuanto al querer y voluntad de Dios.

La tradición y la voluntad de Dios

culto vacío

La tradición puede ser la historia de una verdad. Pero la tradición también puede absolutizar una decisión tomada en un momento dado de la historia.

La tradición no puede ser un estorbo y un obstáculo a la voluntad de Dios. “Antes se dijo: “pero yo os digo”. Jesús, en este sentido, fue muy poco respetuoso con la tradición. Mejor dicho, fue Jesús quien nos enseñó la verdad de la fidelidad a una tradición. Jesús no negó el pasado de la historia de salvación, pero rechazó ciertas maneras de entender esa historia por parte de los hombres.

Y fue precisamente ese aferrarse a las “tradiciones” uno de los mayores obstáculos para ser aceptado como Hijo de Dios y enviado del Padre. “Se os dijo… Yo ahora digo”. La tradición resulta tanto más válida cuanto se hace historia y novedad de Dios en el camino de los hombres. Los cauces de los ríos son importantes, pero si se estrechan demasiado, puede que impidan la corriente del agua. Entonces para qué se quiere el cauce. El cauce es válido en tanto hace fácil el correr del agua.

La tradición no puede estar nunca sobre la novedad de Dios en la el andar de la historia. Tenemos que absolutizar el querer y la voluntad y los designios de Dios, pero no el modo cómo los hombres los hemos concebido a través de los tiempos. En cada época la sensibilidad es distinta. Los estilos de las ideas son diferentes según las épocas. Durante siglos se había celebrado la misa en latín. ¿Es el latín la única lengua válida para la liturgia? Durante siglos la misa se celebraba de espaldas al pueblo. ¿Es que ahora no se puede celebrar de cara al pueblo? ¿Se modifica en algo el misterio de la misa? ¿Es acaso menos misa de cara que de espaldas?

No se trata de renegar de la tradición, se trata de hacerla verdadera historia de Dios, y saber distinguir lo que es esencial y lo que es secundario y accidental. No confundir el ropaje con la verdad. No confundir el estilo de decir, con la verdad de lo que se dice.

¿Demasiado culto vacío?

culto vacío

Jesús nos hace un cuestionamiento demasiado serio como para tomarlo en broma. No todo culto es verdadero culto. No todo culto agrada a Dios. No todo culto llega a Dios. No todo culto es vida del alma.

Jesús, citando a Isaías, habla del culto hecho de palabrería, pero vacío de vida, vacío de la verdad de nuestra vida. Estamos en total acuerdo con que el culto hay que hacerlo con mucha dignidad y hacerlo bien. ¿No estaremos demasiado preocupados por cosas externas al culto, y demasiado olvidados del verdadero contenido del culto? “El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”.  Hace ya muchos años, Romano Guardini, en su “El espíritu de la liturgia romana”, hacía un llamado, diciendo: La liturgia se presta muy bien a hacer teatro, se presta mucho al arte y a la estética, pero también se presta a convertirla en rito, en teatro, en arte y estética. Pero todas ellas vacías de vivencia y experiencia religiosa.

Se pueden celebrar misas muy bonitas, pero de las que salimos igual. ¿Dónde está el verdadero recuerdo y memoria del misterio pascual de Jesús?

Se pueden celebrar matrimonios preciosos y con coros extraordinarios, pero sin haber “descubierto en la fe” el verdadero sentido del sacramento. ¿Dónde está el misterio del desposorio de Jesús con su Iglesia?

Se puede celebrar bautismos, mejor si es en particular, donde todo sale lindo, y lo único que nos queda es el video y las fotos y lo rico que estaba el bebé. ¿Y dónde hemos vivido el sacramento de la fe y de la vida? ¿Dónde está el sacramento de la fe que salva y nos incorpora a la muerte y resurrección de Jesús?

Total, diría Jesús, misas, matrimonio, bautismos “vacíos”. ¿Estaremos jugando con Dios “al vacío” o a la plenitud de la vida?

Detergentes del espíritu

lavado de manos

La verdad, detergente de la mentira.
La sinceridad, detergente del engaño.
La fidelidad, detergente de la infidelidad.
La justicia, detergente de la injusticia.

El respeto a la vida, detergente contra el homicidio.
La generosidad, detergente contra la codicia.
Hablar bien, detergente contra la difamación.
La humildad, detergente contra el orgullo.

La confesión, detergente sacramental contra el pecado.
La comunión, detergente contra la falta de amor a los demás.
La alegría, detergente contra la tristeza.
El amor, detergente contra el odio.

La fe, detergente contra la incredulidad.
La esperanza, detergente contra la desesperación.
El optimismo, detergente contra el pesimismo.
La ilusión, detergente contra la desilusión.

La gracia, detergente contra el pecado.
La vigilancia, detergente contra la tentación.
La fortaleza, detergente contra la debilidad.

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