Domingo, 27 de diciembre del 2025
Una historia escrita por Dios y los hombres

Cuando contemplamos la Familia de Jesús, uno se siente tentado a pensar que debió de ser una familia maravillosa en la que no existían ni los problemas ni las dificultades. ¿No era la familia del Hijo de Dios? Lo lógico es que Dios se preocupe tanto de ella que todo salga de maravilla; sin embargo, los Evangelios nos presentan una familia que, más que por Dios, parece guiada por los acontecimientos humanos.
Los acontecimientos humanos de un Censo hacen que María no dé a luz en su casa donde concibió al Niño, sino que dé a luz lejos, en Belén, y en un establo de animales.
Nada más nacer el Niño, Herodes trata de buscarlo para matarlo. El dolor, el sufrimiento y la angustia parece apagar las campanas del Belén.
De noche hay que escaparse, dejar la cueva, largarse, en condiciones difíciles, como familia emigrante a Egipto. Y como emigrantes tendrán que vivir los tres, hasta que los que buscaban al Niño se hayan muerto.
Familia divina, sí, pero familia condicionada por los acontecimientos humanos. Familia divina, piadosa, buena, pero que tiene que vivir al ritmo de los acontecimientos de los hombres.
Espléndida pedagogía de Dios. ¿No es esta la historia de cada una de nuestras familias? Familias buenas, generosas, íntegras; sin embargo, familias tocadas por las dificultades de la vida misma. Si alguna familia tendría derecho a sentirse bien y sentir la mano de Dios que hace que lo humano no la toque, sería la familia de Jesús; sin embargo, todo el misterio de gracia y salvación, no puede escaparse a la realidad de los acontecimientos humanos.
¿Por qué nuestra familia atraviesa por estas crisis? ¡Si somos una familia buena y piadosa! ¿Por qué el marido está sin trabajo desde hace tanto tiempo? ¿Por qué el hijo que ya terminó la carrera no encuentra trabajo? ¿Por qué esta enfermedad tan dolorosa? ¿Cómo vivir con una pensión tan ridícula que no llega ni para pagar el agua?
Es lógico el grito. Pero no olvidemos, la Encarnación implica que tenemos que pasar por la experiencia de las realidades humanas. La historia de cada familia es historia de Dios, pero escrita en la historia de los hombres. Dios tampoco prescinde de esa historia de los hombres, sino que pasa por ella. Historia de Dios, sí, pero historia de los hombres, también. Dios va a cambiar la historia de los hombres, sino que El mismo la experimentará.
Entrevista a San José

– Oye, José, tú estás muy callado. ¿Tal vez preocupado?
– Preocupado, pues no. Pasmado de admiración, sí.
– ¿Por lo pequeño que se hace Dios? ¿O por lo grande que eres tú?
– ¡Por la grandeza de la pequeñez de Dios y por lo grande que hace al hombre! Nunca me imaginé que Dios pudiera entrar y caber en un pequeño niño.
– Pero tú ya estabas acostumbrado a la pequeñez de Dios teniéndolo a tu lado en el vientre virginal de María durante nueve meses.
– ¡No os podéis imaginar lo que es vivir a su lado y no verlo! ¡No os podéis imaginar lo que es verlo crecer como una semilla y sentirlo tan cerca, no entender nada, experimentarlo como tuyo; sin embargo, verte a ti mismo tan extraño a todo! Fueron nueve meses metido en el misterio como quien está metido en una nube. Lo sientes y no lo ves. Lo sientes y se escapa de las manos.
– Pero a ti, Dios debió regalarte una fe tan profunda…
– Sí, tan profunda que era tan clara y tan obscura como la fe de cualquiera de ustedes. Cuanto más te metes en el misterio de la fe, o cuanto la fe se te mete en el corazón, las cosas como que iluminan y a la vez siguen tan obscuras.
– ¿Y tu silencio a qué se debe?
– A la fe. La fe vivida en profundidad te deja sin palabras. Sólo te queda el corazón que contempla, el espíritu que se admira, y el alma que se siente absorbida por el misterio.
– ¡Gracias, José! Ahí viene María con el Niño.
– Un misterio metido en otro misterio. Cada vez que veo al Niño en sus brazos me admiro de que Él sea tan ligero para dejarse llevar, o ella sea tan fuerte para cargar con tanto peso. Aquí en Nazaret todo se ve y no se ve nada. Sientes que toda la casa está llena de El. Hasta el taller está impregnado de Dios. Agarras un madero y te parece agarrar sus tiernas manitas. Lo que se ve no es nada. Lo verdadero aquí no se ve. Todo se esconde en lo humano.
Familia, sé familia

La familia está ahí, pero ¿conocemos realmente su estructura íntima? Hay factores sin los cuales la familia pierde su identidad, su ser y su sentido.
Lo primero que tenemos que rescatar es que “existe un plan de Dios sobre la familia”. La familia no la inventó el hombre, es parte de la creación del hombre que lo hizo “pareja” y lo hizo “comunión” de personas. Dios ha hecho que la familia tenga como fuente el matrimonio. Y es ahí donde es preciso analizar ciertos tipos de familia que hoy se nos quieren meter.
Lo segundo, la familia sólo puede reconocerse a sí misma como “vocación al amor”. De la familia se puede decir lo que del hombre: “Hagamos a la familia a nuestra imagen y semejanza”. No es un grupo cualquiera. Ni siquiera es para satisfacer ciertas necesidades, sino como espacio y experiencia de amor. Amor que ama y amor que es amado.
Lo tercero, la familia es “comunión y comunidad de personas”. Por tanto, no es el encuentro de cualquier cosa, es un encuentro de personas. Pero de personas llamadas a vivir en “comunión y en comunidad”.
Lo que implica un tipo de relaciones muy particulares. No basta estar a gusto juntos. No basta que económicamente nos apoyemos. La familia es mucho más. Es aceptar al otro como diferente, como otro, como distinto. Es respetarlo como lo que es. Es ayudarle a realizarse como persona.
Es el único espacio donde dejamos de ser objetos, dejamos de ser cosas, dejamos de ser instrumentos. Somos personas con nuestros sentimientos, con nuestras ilusiones, ideales y esperanzas. Sólo haremos verdadera comunión en la medida en que cada uno se sienta realizado como persona y ayudado a realizarse.
La familia no existe, se hace

La familia no es algo que se nos da, se vende y se compra. La familia es una realidad viva que es preciso hacer y construir. Todas las familias son iguales y son distintas. Todas tienen la misma meta que Dios ha inscrito en ellas, pero cada una está compuesta de personas distintas, diferentes. Por tanto, el amor lo expresan también a su manera y la comunión y la comunidad la hacen según su propio modo de ser.
Por eso mismo, casarse no significa que ya somos una familia. Nos casamos y comenzamos a construir una comunión de personas que quieren vivir en comunión y en comunidad. Y esto no es nada fácil porque cada uno es más o menos asequibles a esta comunión. De Paul Getty, decía una de sus cinco esposas: “Paul, tú, como amigo, eres formidable. Pero como marido eres insoportable”.
Todos creen que valen para ser esposos. Personalmente tengo mis serias dudas porque hay caracteres insoportables. Hay egoísmos que hacen imposible la comunión de las personas y tampoco hacemos nada para ir formando a los jóvenes en su carácter que los capacite el día de mañana para ser esposos.
Los novios debieran ser más exigentes entre sí cuando se trata del carácter del uno y del otro. No, no todos los caracteres sirven, ni todos son capaces de comulgar juntos el mismo amor. Tampoco basta casarse. Recién ahí comienza el trabajo de comunión y comunidad, sin el cual caerán en el vacío o en un modo de ser familiar vacío.



