Domingo, 25 de enero del 2026
Una invitación que vale la pena

Jesús comienza su predicación no en un espacio fácil, sino allí donde la gente está en sombras de muerte. Aquel era un lugar tenido como pagano y comienza con una buena noticia para todos: es el anuncio y la llamada a la “conversión”.
Con frecuencia cuando se nos habla de conversión como que torcemos el cuello y miramos a otra parte porque la inmensa mayoría se imagina que eso de “conversión” es una invitación a complicarnos la vida, ¡con lo bien que nos sentimos todos tal y como estamos!
Ahí está el gran engaño y equívoco. Porque “conversión” es una manera de confiar en nosotros, incluso en los que parecen malos, y es una manera de decirnos que nosotros podemos ser más, podemos ser mejores y podemos sanarnos y curarnos de todas esas enfermedades que todos llevamos dentro del corazón.
Lo peor que le podemos decir o podemos pensar de alguien es: “Ese es imposible que cambie”. Lo cual significa falta de confianza en él. Es decirle que él no vale para nada. En cambio, Jesús, aun hablando a gente que vive alejada religiosamente, les ofrece la posibilidad de cambiar.
Si alguien nos anunciase que podemos mejorar nuestra condición económica y social, ciertamente lo tomaríamos como una buena noticia. Si alguien nos anunciase que podemos mejorar nuestra casa, sería una buena noticia. Si alguien nos dijese que podemos mejorar nuestro status dentro de la empresa en la que trabajamos, sería buena noticia.
Pues aquí Jesús anuncia todo eso, sólo que primero nos anuncia que nosotros podemos cambiar para que todo el resto sea posible. ¿Acaso las cosas malas que nos agobian no tienen sus raíces en nuestro corazón?
Convertirnos es decirnos que “podemos ser más”, que podemos “ser mejores”, que podemos ser más felices y que podemos cambiar las cosas. Porque es una conversión que tiene como razón el hecho de que “el reino de los cielos está cerca”, que un mundo nuevo está cerca, que una familia nueva está cerca, que un mundo más humano y fraterno está cerca.
¿Acaso no queremos ser mejores de lo que somos? Sería una pena que nos quedásemos donde estamos cuando podemos mirar mucho más lejos. No nos contentemos con lo que somos cuando Dios nos ofrece la posibilidad de ser más de lo que somos.
Convertirse no es cambiar de piel

Muchos se imaginan que convertirse es simplemente cambiar de terno, algo externo. La conversión es un proceso interno del corazón.
La conversión:
No es estrenar nuevo sombrero, sino nueva mentalidad.
No es dejar de hacer esto o aquello, sino hacerlo de otra manera.
No es cambiar de cara en el espejo, sino de modo de mirar la realidad.
No es cambiar de lugar, sino de modo de estar donde estoy.
La conversión:
Es todo un cambio de corazón, de mente, de espíritu.
Es lograr el hombre nuevo del que habla San Pablo o, como dice en la Carta a los Gálatas, ser hombres del Espíritu cuyos frutos y consecuencias son “el amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza”. (Ga 5,22-23)
Por eso mismo, la conversión sí se expresa en el “hacer”. Sobretodo, la conversión afecta primariamente al “ser” porque podemos dejar de hacer lo que hacíamos y, sin embargo, seguir siendo los mismos de siempre.
La conversión interior implica, evidentemente, una nueva actitud y un nuevo comportamiento, porque el “hacer” debe corresponder al “ser”. Actuamos de modo distinto porque somos distintos. La conversión responde a aquella promesa que Dios nos hace por medio del Profeta: “Os daré un corazón nuevo”. No hay verdadera conversión con un corazón viejo.
Esto debiéramos aplicarlo a la confesión, como sacramento de penitencia o de conversión. ¿Nos cambian de verdad interiormente nuestras confesiones o seguimos siendo los mismos, eso sí con una lavadita del corazón? La confesión hay que tomarla en serio, no es una simple “lavandería”, es la decisión de un cambio interior de vida.
No te canses de comenzar

Con frecuencia nos cansamos de comenzar y es una pena, porque es renunciar a lograr lo que un día soñaste.
En primavera fui testigo de la obra de unos pajaritos. Un día los sorprendí haciendo el nido en un limonero, daba gusto verlos bajar por sus pajitas y subirlas y armar el nido. Vino un día el jardinero quiso arreglar un poco el limonero y el nido se vino abajo. Sentí pena, pero a los pocos días observé que ya habían encontrado otro lugar y comenzaron a hacer de nuevo su nido.
Si un día sueñas y la realidad derrumba tus sueño, comienza a soñar de nuevo.
Si un día te ilusiones con algo y luego las dificultades te hacen pisar el suelo, sigue despertando ilusiones.
Si un día sientes que tu amor comienza a enfriarse, comienza por calentarlo de nuevo.
Si un día te han jalado en los exámenes, tú sigue estudiando y preséntate de nuevo.
Si un día has salido a buscar trabajo y nadie te lo ha dado, comienza de nuevo al día siguiente.
¿No ves cómo todos los años caen infinidad de flores de los árboles?
Pero al año siguiente vuelven a florecer.
¿No ves como las rosas se marchitan?
Pero el rosal sigue echando nuevas yemas y nuevas rosas.
La vida es un comenzar cada día.
Cada día puede ser diferente al otro.
Quien no es capaz de comenzar de nuevo se hunde en su propio fracaso.
Aprende a estar siempre bien con Dios

- No pretendas manipular a Dios, no es Él quien debe adaptarse a tus caprichos, sino que serás siempre tú quien debas adaptarte a sus exigencias.
- No pretendas que Dios solucione todos tus problemas. Tus problemas tendrás que solucionarlos toditos tú mismo. Lo único que puede hacer Dios es ayudarte, darte fuerzas para que los soluciones.
- Jamás culpes a Dios de las cosas que te salen mal, ni de tus enfermedades, accidentes o fracasos. No suele ser ese un deporte practicado por Dios. Antes de culparle a Él, examina bien qué ha sucedido para que estas cosas pasen.
- No te atrevas nunca a romper tus relaciones con Dios amargado porque tú le pediste no sé qué cosas y no te las concedió. Dios no es una farmacia, ni un supermercado, ni la oración es para eso.
- Jamás se te ocurra pensar que las cosas te salen mal sencillamente porque Dios te está castigando por lo que hiciste no sé cuando y no sé dónde. Dios tampoco reparte castigos, sólo reparte amores, castigos jamás. Si las cosas te salen mal será por otras razones, jamás por castigo de Dios.
- A Dios considérale el mejor amigo que te queda, el único amigo de verdad.
- Cada mañana al levantarte piensa que Dios quiere para ti un día muy feliz. Tu infelicidad le duele en su propio corazón. No olvides que eres su hijo.
- No dejes de pasar ni un solo día sin dedicarle a Dios un ratito de tu tiempo. No seas de los que tampoco tienen tiempo para Él o solo le conceden los “vueltos”, es decir, el tiempo que no te sirve para nada.
- No olvides que Dios te necesita para hacer felices a los demás. Por eso, cada mañana, te pide una sonrisa para que sea la sonrisa que Él mismo regala a los demás.
- Si algún día metes la pata y lo ofendes, no todo está perdido. Él no ha roto las relaciones de amistad contigo. Claro que el teléfono de tu corazón está malogrado y no recibe llamadas. Por eso, aún entonces, sigue considerándolo tu mejor amigo. Y apresúrate a reconciliarte con Él por la penitencia.
- No le pidas lo que tú mismo puedes hacer. Pero cuando ya no puedas más, pídele que te dé fuerzas para seguir adelante.
- Sería bueno que Dios pudiera considerarte a ti como el mejor amigo que tiene en el mundo. No te está pidiendo mucho, sólo te pide tu amistad.



