Domingo, 1° de febrero del 2026
La felicidad, ¿dónde está?

¡Qué difícil resulta hablar hoy de la felicidad! En cambio, lo más fácil es hablar del placer de los sentidos. Pero placer y felicidad no coinciden. Puede uno disfrutar de muchos placeres y, sin embargo, no ser feliz. Y puede uno ser feliz sin demasiados placeres.
El placer pertenece más al cuerpo: una buena comida, una buena cena con los amigos, una buena tarde de fútbol… Pero terminada la comida o la cena, uno vuelve a quedarse a solas consigo mismo, con su vacío o con sus preocupaciones. Incluso con la preocupación de lo que ha gastado y que lo necesita para vivir el resto de la semana.
En cambio, la felicidad es mucho más íntima, más profunda. La felicidad no está a flor de piel, sino que tiene sus raíces en el corazón. Por eso mismo las bienaventuranzas ponen la felicidad patas arriba. Se puede ser feliz siendo pobre, careciendo de muchas cosas superfluas. Se puede ser feliz luchando por los demás, para que los demás tengan lo suficiente para vivir. Se puede ser feliz poniendo un granito de arena para que en el mundo reine la paz. Hasta se puede ser feliz siendo perseguido por causa del Evangelio porque eso de dar la vida por algo que vale la pena es siempre una razón para dar sentido a la vida.
Nos hace felices, no el aparentar lo que no somos, sino siendo nosotros mismos.
Nos hace felices, no tanto el acaparar y estar sufriendo cada día el cambio de la Bolsa o la devaluación del tipo de cambio, sino el compartir lo que tenemos con el que no tiene.
Nos hace felices, no tanto el salvar nuestro pellejo huyendo del compromiso y la confesión de nuestra fe, sino el ser juzgados y hasta condenados por nuestra fidelidad al Evangelio el testimoniarlo y dar la cara por Dios..
No nos hace felices mandar sobre todos, sino sentir el amor de todos y que los demás se siente mejor porque se sienten amados y valorados por nosotros.
La felicidad no nos la regala el pecado. El pecado puede ser un momento de placer. Lo que sí nos hace felices es poder mirar a los ojos de la esposa y los hijos siendo fieles a nuestro compromiso.
Hay la felicidad del mundo que se llama placer y hay la felicidad que brota del corazón fruto de la experiencia de la gracia, de sentirnos amados por Dios, de saber que para Dios somos importantes. Yo me pregunto, ¿he sido más feliz cuando pequé o cuando el Señor me ha regalado el don del perdón? Y te pregunto, ¿eres más feliz con tu corazón lleno de resentimiento o cuando amas a todos y tienes para todos un sitio en tu corazón? ¿Eres feliz cuando mientes o cuando vives en la verdad? ¿Eres feliz cuando juegas sucio y tienes miedo a ser descubierto o cuando juegas limpio y sabes que tu vida está en regla?
Libres y felices

“Jesús no nos libera de unas leyes para ponernos otras leyes más perfectas o más fáciles de cumplir (es esa idea tan extendida de la “manga ancha”; la moral cristiana no es de “manga ancha” sino que es fundamentalmente de seguimiento de Cristo). Jesús nos libera definitivamente. Ese esquema del Antiguo Testamento está muerto… ¡Sed felices, dichosos y libres! La moral cristiana es un seguimiento sereno y feliz, un seguimiento libre y liberador de Cristo (Häring). No caigamos, como hemos caído, en una moral de pura ley, cuyo único valor es cumplir para tapar la boca a Dios de modo que no tenga nada que echarnos en cara; una moral mezclada de contabilidad bancaria. Las bienaventuranzas, la ética cristiana nos invita a ser libres y felices”. T. Muro Ugalde, “La verdad es libre”
Cuándo será que nuestra moral se convierta en el buen anuncio de una vida nueva y feliz y no en esa carga que tenemos que aguantar y soportar; en el anuncio de que los demás son importantes; en el anuncio de que nosotros podemos cambiar el mundo; en el anuncio de que las utopías del Reino de Dios son posibles.
¿Cuándo será que secar las lágrimas de los que sufren nos haga felices?
¿Cuándo será que gastar nuestras vidas para que los demás sean reconocidos en sus derechos humanos como personas nos haga felices?
¿Cuándo será que el dar la cara por el hermano y por el Evangelio, aunque nos cause problemas, nos haga felices?
Eso es ser cristiano y eso es ser feliz.Feliz según Dios, aunque no siempre según los hombres.
Preguntas que solemos hacer

- Padre ¿cuándo estoy enfermo tengo obligación de ir a Misa?
RESPEU: Bueno, si tienes ambulancia en casa para que traiga, no hay problema. Dios es exigente, pero no es inhumano. Por eso, si no has ido a Misa porque te sentías mal, no has faltado. Convierte tu enfermedad en tu propia Misa uniendo tus malestares a los sufrimientos de Cristo.
- Padre ¿me vale al Misa si tengo distracciones durante la misma?
Respuesta: ¿Conoces a alguien que no se distraiga de lo que está haciendo? Nadie tiene un dominio directo sobre su imaginación y fantasía. Si te distraes, regresa de nuevo a lo que estás haciendo. Santa Teresa le preguntaba a Dios: “Señor, ¿por dónde anda la loca de casa?” Llamaba “loca de casa” a su fantasía, lo cual significa que hasta ella también se distraía.
- Padre, me enfadé con mis nietos porque son unos traviesos, ¿puedo comulgar sin confesarme?
RESPUESTA: Comulgue usted, trate de serenarse con sus traviesos nietos y déjelos hacer algunas travesuras. ¿Acaso usted y yo hemos sido tan formalitos que nunca hicimos una travesurilla por ahí? ¿No cree usted que, más de una vez, el Señor tiene que reírse viendo las travesuras de los niños y la cara que usted les pone?
- Padre, ¿es obligatorio confesar los pecaditos veniales de cada día?
RESPUESTA: Los pecados veniales son materia de confesión, pero no es necesario confesarlos. Se nos pueden perdonar de muchas maneras. Con lo cual no le estoy diciendo que a Dios le gusten ni celebre esos pecados veniales, tampoco a usted le gusta demasiado ver que sus muebles tienen algo de polvillo. Por eso, también la Iglesia nos dice que nos confesemos “habitualmente”, es decir, con cierta frecuencia, pues cuanto más limpia esté nuestra alma tanto mejor se verá delante de Dios.
- Padre, yo digo mentiras, pero son blancas y no hacen daño a nadie.
RESPUESTA: Bueno, le confieso que yo no sabía que las mentiras tenían color, que unas eran blancas, otras negras y otras verdes. Y eso de que no hacen daño a nadie es otra mentira, ¿será también blanca? Porque le están haciendo daño a usted. La mentira siempre es mentira. La mentira no se mide por el tamaño. Es mentira y, por tanto, es una falta de sinceridad y verdad.
Entre lo difícil y lo imposible

No confundamos lo “difícil y lo imposible”. Porque muchos, ante lo difícil lo sienten imposible. La gente declara lo difícil imposible.
Lo difícil es aquello que cuesta, que no es fácil. Pero siempre será posible. Así, el Evangelio puede que, a veces, nos ponga las cosas difíciles, pero no por ello las pone imposibles.
Vencer un vicio, puede ser difícil. Pero posible.
Pedir perdón, puede ser difícil. Pero es posible.
Perdonar, puede ser difícil. Pero es posible.
La fidelidad, puede ser difícil. Pero es posible.
El compartir lo que tenemos, puede ser difícil. Pero es posible.
El sonreír puede, a veces, ser difícil. Pero es posible.
Lo imposible es aquello que no está a nuestro alcance.
Lo imposible es aquello que supera nuestras fuerzas.
Me encantó una frase que es una especie de oración: “Házmelo difícil, pero no imposible, que el resto lo voy a poner yo”. (Agenda Pasionista 2003)
No le pidamos a Dios que nos facilite las cosas. Simplemente que no las ponga imposibles. Porque, entre lo difícil y lo posible, yo debo encargarme del resto.
Cuando pedimos que nos exijan sólo lo fácil, terminamos por verlo todo imposible.
Por eso Dios nunca nos anuncia caminos y metas fáciles. Al contrario, prefiere ponernos como horizonte el misterio de la Cruz. Y cuando uno toma como norte la Cruz, todo el resto se nos hace fácil. Y como camino el “Camino de las Bienaventuranzas”.



