Domingo, 8 de febrero del 2026
“Vosotros sois la luz del mundo”

Los niños suelen tener miedo a la oscuridad, los mayores también. Los fantasmas aparecen en la oscuridad. En la oscuridad nadie sabe con qué se puede encontrar. La oscuridad anula uno de nuestros principales sentidos: los ojos. Los ojos solo ven cuando hay luz, pero son inútiles en la oscuridad. En la oscuridad vamos todos a tientas.
Jesús no nos llamó para ser noche oscura, sino para ser día luminoso.
Jesús no nos llamó para que los demás tengan que andar a tientas, con miedo a tropezar o a encontrarse con algo desagradable.
Jesús nos llamó para que seamos “luz del mundo”. No nos dijo que “tenemos que ser luz”. No dijo “vosotros sois luz”. Si no somos luz, ¿para qué servimos en el mundo? Hace un rato me he quejado en la comunidad de que nuestra Iglesia está demasiado oscura y me he fijado de que, de las cuatro arañas centrales, todas tienen cantidad de bombillos fundidos. Para mí, cada bombillo es símbolo de cada uno de nosotros. Nos vamos apagando y la Iglesia se va quedando a oscuras. El caso es que el resto de compañeros me decía que había luz suficiente. Es que hasta nos habituamos a la oscuridad. Y una Iglesia que no alumbra al mundo ¿para qué la queremos y para qué sirve?
El Espíritu Santo es el electricista encargado de mantener todas las lámparas y todas las arañas con los bombillos encendidos. A mí, personalmente, me gusta la luz, pero los hay que son tan “ahorradores” que dejan que las lámparas se vayan fundiendo y vaya bajando el tono de luz, que siempre ven luz suficiente.
¿No le estará sucediendo también esto a la Iglesia? El Concilio la tituló “luz de las gentes”, pero yo siento que en el mundo hay muy poca luz, que en el mundo hay demasiada oscuridad. ¿No será que nosotros que estamos llamados a ser “luz del mundo” vamos dejando que nuestra luz se vaya apagando? Me preocupa una Iglesia que no alumbra. Igualmente me preocupa cada cristiano que lleva las pilas de la fe gastadas y no alumbra en torno suyo.
Jesús no nos hizo luz para que seamos tinieblas. Jesús no nos hizo luz del mundo, para que el mundo camine en tinieblas. Jesús no nos hizo luz del mundo, para que el mundo tenga luz. Si el mundo anda a oscuras la culpa será nuestra y no del mundo. Si en la noche hay oscuridad la culpa es que las lámparas están apagadas.
Siempre hay una segunda oportunidad

Paulo Coelho tiene una frase linda: “Dios siempre me dio una segunda oportunidad en la vida”. Para Dios siempre hay una nueva oportunidad. Esa es la diferencia. Porque nosotros apenas damos una sola y cuando más, decimos “a la tercera va la vencida”.
Tenemos la idea de que tres veces ya es la cifra máxima.
Nos disculpamos hasta tres veces.
Nos perdonamos hasta tres veces. Pedro fue un poco más generoso, “hasta siete”. Y a Cristo se le pasó la mano: “Hasta setenta veces siete”.
Es que para Dios siempre hay una segunda y una infinidad de oportunidades.
Al fin y al cabo, todos vivir de oportunidades. Lo importante es si las aprovechamos.
Por eso para Dios nunca podemos decir que es la última vez que te amo. Ni la última vez que te perdono.
¿Cuántas oportunidades damos nosotros a nuestros hermanos?
¿Cuántas oportunidades das a tu esposo?
¿Cuántas oportunidades das a tu esposa?
¿Cuántas oportunidades das a tus hijos?
No neguemos nunca una oportunidad a nadie y menos al que ha caído.
Que vean vuestras buenas obras

Superemos esa falsa humildad de creernos menos de lo que somos.
Superemos esa falsa humildad de que los demás no vean lo bueno que hacemos.
La luz no se enciende para esconderla, sino para ponerla sobre el candelero.
Si Dios ha encendido la luz en tu vida no es para que la escondas.
No se trata de hacer exhibicionismos, sí de manifestarnos en lo que somos.
Si soy practicante no tengo por qué hacerlo a escondidas.
Si voy a Misa no tengo por qué avergonzarme ante los que no van.
Si soy creyente no tengo por qué avergonzarme delante de los ateos.
¿No te das cuenta de cómo los ateos no se avergüenzan de declararse tales en público?
¿Y por qué voy avergonzarme yo de ser creyente?
¿Por qué voy a sentirme menos declarándome creyente?
Yo respetaré al que no cree, pero igual derecho tengo a que se respete mi fe.
No se trata de sentirme más que ellos, pero tampoco de acomplejarme ante ellos.
Si tengo que hablar del Evangelio ¿por qué avergonzarme?
Cuando yo anuncio el Evangelio no lo impongo a nadie, simplemente lo ofrezco.
Si hago el bien a los demás no tengo por qué hacerlo en secreto.
No se trata de aprovecharlo para que me consideren más.
¿Se avergüenza el sol de brillar en el firmamento?
¿Se avergüenzan las luces de la calle por alumbrar de noche?
¿Y por qué me he de avergonzar yo de que creo en Dios, en Jesús, en el Evangelio?
Atrévete a creer

- Atrévete a creer. Atrévete a fiarte de Dios aunque te falle el piso entero bajo tus pies. Tu mayor acto de fe lo harás el día en que no tengas nada en qué apoyarte y te agarres única y exclusivamente de las manos de Dios, sin miedo a que te suelte. ¿Te atreves a creer así?
- Atrévete a creer. Atrévete a renunciar a tu manera de pensar y ver las cosas y arriésgate a verlas siempre desde Dios y de cómo las ve Dios. Cuando sea noche total en tu vida, tú sigue adelante sin más luz que tu confianza en que Dios no te engaña. ¿Te atreves a creer así?
- Atrévete a creer. No sólo con la cabeza. Es muy fácil creer con la cabeza. La verdadera fe es creer con la vida. Que tu misma vida sea una confesión clara y nítida de fe. Quien cree con la vida vive de la fe y la fe se hace vida y la vida se hace fe. ¿Te atreves a creer así?
- Atrévete a creer. No sólo cuando todos creen. Esa sería posiblemente una fe social. Tú estás llamado a creer precisamente cuando los demás se cierran a la fe y aún te dicen que creer es una tontería. Llamado a creer, aunque por ahí te cuenten el cuento de que la fe te da la respuesta a todo. ¿Te atreves a creer así?
- Atrévete a creer. No cuando todos te aplauden, sino cuando todos te critican y aún se ríen de ti. Ahí es donde Dios está necesitando testigos. Dios no necesita tanto de testigos entre los que ya tienen fe, sino precisamente allí donde no hay fe. ¿Te atreves a creer así?
- Atrévete a creer. Incluso cuando tengas que confesar tu fe con el testimonio de tu propia vida. Los mártires murieron por su fe. Su único delito fue creer. Cuando tu fe sea rubricada con tu propia vida, sentirás que valió la pena creer de verdad. ¿Te atreves a creer así?
- Atrévete a creer. Que tu fe llegue a fastidiar a los dormidos, a los que viven anestesiados. El mejor signo de tu fe es que donde tú estás los demás se sienten incómodos. Esa es la señal de que estás emitiendo mensajes que cuestionan sus vidas. Y una fe que cuestiona a otros es verdadera. ¿Te atreves a creer así?



