Domingo, 15 de febrero del 2026
“Cristianos del antes y del después”

El Evangelio de hoy nos habla de los cristianos “del antes se dijo” y de los “cristianos del “yo os digo”. Dicho de otra manera, de los cristianos de “la ley” y de los cristianos “del amor”. Son maneras de ver la vida. Dos maneras de vivir la vida.
La ley trata de los “mínimos”, en tanto que el amor trata de “los máximos”. Puedo cumplir con la ley y no dar la talla de cristiano. Solo con el amor puedo llegar a mi verdadera medida porque la ley sencillamente me marca unas normas, de ordinario, mínimas y simples. En tanto que el amor nos sitúa en el plano de la gratuidad y generosidad. La ley tiene un horizonte limitado. La generosidad y el amor nos abren horizontes nuevos y amplios.
El Antiguo Testamento estaba marcado por las exigencias de la ley, de lo mínimo.
El Nuevo Testamento está marcado por las exigencias del amor y la gratuidad.
No es que Jesús niegue la ley, lo mínimo. Jesús amplía las exigencias de la ley y la lleva a su plenitud en el amor. Cuando San Agustín escribió “ama y haz lo que quieras”, no está rechazando la ley. Lo que está diciendo es que quien ama vive lo mínimo, pero no se queda en él, sino que lo estira hasta darle plenitud.
Nuestro peligro es convertir la ley en el criterio de nuestro vida. De todos es conocida la frase de muchos cristianos que dicen: “Soy buen cristiano, no robo ni mato”. Cristianos achatados en el “no”, pero cristianos realizados en el “sí”. Por eso Jesús marca una diferencia entre el “antes” y el “después”, en el “se digo”, pero “yo os digo”.
La medida del “yo os digo” es su propia vida, de ahí el gran principio de “amaos como yo os he amado”. La verdadera medida es Jesús mismo. La verdadera medida de nuestra vida es la vida misma de Jesús. El cristiano “no roba”, pero no es suficiente. Se es cristiano cuando “comparto de lo mío”. El cristiano, claro que no puede “matar”, pero para ser buen cristiano hay que tener la generosidad de ayudar a vivir en plenitud a los demás. Es claro que el cristiano no puede ser de los que no jura para ser creído. El cristiano es el que es honesto y fiel a su palabra y es creído no por sus juramentos, sino por la sinceridad y la responsabilidad y compromiso de su palabra.
Tenemos una llamada a pasar de “antes” al “ahora”, de la mentalidad de la ley que juega a lo mínimo, a la nueva mentalidad del cambio al estilo y la palabra de Jesús.
Almas con marcapasos

Hoy son muchos los que necesitan llevar un marcapasos que regule las funciones de nuestros corazones debilitados. Gracias a ellos, la gente puede seguir viviendo y trabajando.
José Luís Martín Descalzo tiene un lindo artículo sobre el marcapasos que le pusieron, “porque ya su corazón parecía que ya no podía con su alma” y, con el humor que le caracterizaba, añadía: “Ahí tengo en mi corazón dos muletas que le van indicando cuándo y cómo debe latir. Por eso ahora llevo dos corazones”.
Él mismo se pregunta si no sería bueno que los hombres llevásemos un “marcapasos del alma”. “A mi marcapasos le han ordenado que haga marchar a mi corazón a 72.9 pulsaciones por minuto. Y lo consigue: 72.9 exactas. Oh, Dios, deja que mi alma no se amodorre: que marche con tu ayuda, con dos muletas, a 72.9 actos de amor por minuto”.
Físicamente el corazón se nos puede cansar y espiritualmente también el alma se nos cansa, se nos duerme. Nuestro corazón se toma demasiadas siestas y se olvida de amar y hasta cambia de ritmo. Nos imaginamos que llevando nuestra ofrenda al altar ya hemos cumplido, pero el Señor nos dice lo contrario, nos pone un marcapasos y nos dice que si nos “acordamos de que nuestro hermano tiene quejas contra nosotros, dejemos allí mismo la ofrenda delante del altar, y vayamos primero a reconciliarnos con él y solo entonces volvamos a presentar nuestra ofrenda”.
Todos estamos necesitados de ese marcapasos del alma que se llama perdón, reconciliación y amor porque sólo así nuestro culto y nuestra ofrenda será grata al Señor, que si no llegamos a hacer 72.9 actos de amor, al menos pudiéramos hacer uno. El amor es el mejor marcapasos del cristiano porque nos marca el ritmo de nuestro amor fraterno, incluso de reconciliarnos con el hermano que tiene quejas contra nosotros. ¿Alguien ha dejado su ofrenda delante del altar y ha regresado a hacer las paces con su hermano? La comunión es el marcapasos que Dios pone en nuestro corazón para que amemos todo el día y todos los días.
¡No cambies!

La gran tentación que todos llevamos dentro es la de “no cambiar”, seguir con lo que siempre se ha hecho. Con este criterio de poco sirve lo que nos dice Jesús: “Antes”, “ahora”, “se os dijo”, “yo os digo”.
No cambiemos a la Iglesia.
Sigamos con la Iglesia de siempre.
Con la Iglesia de siempre sí, ¿pero de la misma manera?
También podemos decir: “Sé el de siempre, pero… ¿cómo siempre?”
Entonces dime:
¿Como el niño que fuiste?
¿Quieres que te digan que no cambies y sigas aniñado?
¿Cómo el adolescente que fuiste?
¿Quieres que te digan que no cambies ni madures?
¿Cómo el joven que fuiste?
¿Cómo el adulto que fuiste?
¿Cómo el anciano que eres?
Fíjate que el anciano de hoy es el niño de hace años. Eres el mismo, sí. Pero, ¿eres del mismo modo y de la misma forma? Cuando al Papa Francisco nos hablaba de una Iglesia nueva no estaba renunciando a la Iglesia de siempre, sino a lo que la hace crecer, ser actual, hacer que responda a la realidad de hoy. Los árboles son los mismos durante toda su vida, pero la mayoría de ellos cambian varias veces en su vida e incluso cada año y no dejan de ser los mismos.
Renunciar al “pero yo os digo” es renunciar a crecer y perfeccionarse y madurar. Cambiar es seguir siendo lo que tenemos que ser, pero rejuvenecidos en el presente. De lo contrario, nos quedamos en nuestro pasado.
¿Dios es grande o pequeño?

Me llegó un cuentecito lindo que es pequeño, pero dice mucho.
Un niño le preguntó a su padre: “Papi, ¿Dios es grande o pequeño?”
El papá le mostró un avión que volaba alto y le pregunta: “¿Aquel avión es grande o pequeño?” A lo que el niño respondió: “Bien pequeñito, casi no se ve”.
Luego lo llevó al aeropuerto y le mostró el mismo avión. “¿Qué te parece, es grande o pequeño?” “Enorme”, contestó el niño.
Así es Dios.
Depende desde donde lo ves.
Si lo ves de lejos, Dios es pequeño, pero si lo ves de cerca Dios es muy grande.
A muchos nos pasa lo que al niño. Miramos a Dios desde lejos y nos parece pequeño, insignificante para nosotros. Pero cuando nos acercamos a Él, Dios es capaz de llenar el corazón.
Desde lejos Dios no nos dice nada, pero cuando logramos intimar con Él, sentirlo en nuestro corazón, Dios se agranda hasta llenarnos por dentro.
Conocer y ver a Dios a través de lo que nos dicen de Él, Dios nos dice poco. Para que Dios adquiera su verdadero tamaño es preciso experimentarlo desde cerca en nuestro corazón.
¿Hablas con Él? Dios es grande.
¿Lo visitas en el Sagrario? Dios es grande.
¿Lo comulgas con frecuencia? Dios es grande.
Las cosas dependen cómo se ven.
Tu esposa depende cómo la ves.
Tu marido depende de cómo lo ves.
Tus hijos dependen de a qué distancia los ves.
Tus ancianos dependen a qué distancia los ves.
Tus vecinos dependen de a qué distancia los ves.



