Hoja Parroquial

Cuaresma 1 – A | Tentaciones de Jesús

Domingo, 22 de febrero del 2026

La tentación de deformar la imagen de Dios

Solemos dar mucha importancia a esas tentaciones de malos pensamientos y malos deseos. Habrá que darles la importancia que tienen. Pero hay una tentación que me parece mucho más peligrosa, la de deformar la imagen de Dios. Esa fue sin duda la tentación de Jesús en el desierto. Las tres tentaciones le fueron presentadas a Jesús como expresiones de la voluntad de Dios; pero, a poco que nos fijemos, las tres eran otras tantas deformaciones de la verdad de Dios, las que pudiéramos llamar sencillamente: tentaciones de utilizar a Dios para nuestros intereses personales.

La tentación de que Dios nos haga milagros para comer gratis.
La tentación de que Dios nos haga dueños del mundo y nos dé poder sobre los demás.
La tentación de que Dios nos haga quedar bien delante de los demás.

Es posible que nuestras tentaciones no sean tan burdas, pero suelen ser bastante parecidas.

¿Por qué Dios no me consigue un trabajo si se lo estoy pidiendo todos los días?
¿Por qué Dios no me sana de mi enfermedad si tanto he orado por ello?
¿Por qué Dios no me ha hecho entrar a la universidad entre los miles de postulantes?

Es decir, la tentación de convertir a Dios en una pequeña oficina de empleos o en un médico especialista, o sencillamente en un injusto que me hace ingresar a la universidad cuando delante de mí hay muchísimos que han sacado mejores notas.

Y bueno, no digamos que le pedimos que nuestro equipo sea el que gane aunque juegue peor… Pues hasta eso llegamos. Si Dios es quien va a jugar por nosotros, ¿para qué gastar tanto en contratar jugadores de categoría? No me digan que esta tentación es rara, es mucho más frecuente de lo que pensamos. Esa es la tentación de caricaturizar a Dios.

Tentaciones de la Iglesia

¿Cómo? ¿También la Iglesia tiene tentaciones? La Iglesia, que está compuesta de hombres y mujeres como nosotros, tiene nuestras mismas tentaciones y como institución tiene las tentaciones de toda institución:

La tentación de preocuparse más de ella misma que de presentar el verdadero rostro de Dios.
La tentación de creerse dueña de la verdad y no escuchar lo que el Espíritu dice también a cada uno de sus fieles.
La tentación del poder en confrontación con los poderes de la sociedad.
La tentación de creer que sólo ella puede pensar y solo ella escucha la voluntad de Dios.
La tentación de pensar que Dios habló en el pasado, pero que ahora está mudo o en silencio.
La tentación de creer que solo los sacerdotes o dotados del ministerio somos los responsables de la salvación del mundo.
La tentación de no escuchar a los laicos.
La tentación de no delegar muchas de sus funciones en los laicos.

Por algo el Concilio Vaticano II habla de una Iglesia siempre “en renovación”. La Iglesia necesita vivir en constante estado de conversión al Evangelio porque, al fin y al cabo, no está el Evangelio en función de la Iglesia, sino la Iglesia en función del Evangelio. No está el Evangelio para que brille la Iglesia, sino para que la Iglesia haga brillar el Evangelio.

Una tentación muy peligrosa

Muy peligrosa y muy sutil es la tentación que yo llamo “mirar siempre atrás”. Si prefieres, la tentación de “tener miedo a mirar hacia delante”. Esta tentación la pasó el Pueblo de Dios en el desierto. Hubo momentos en los que en vez de los caminos de la libertad y del futuro, prefirió recordar un pasado de ajos y cebollas en la esclavitud.

Hoy esa tentación tampoco nos es ajena:
La tentación de creer que basta ser buenos y que podemos renunciar libremente a la santidad.
La tentación de quedarnos en el pasado y no atrevernos a mirar la novedad de Dios hoy en la historia.
La tentación de pensar que todo pasado fue mejor y que lo nuevo es malo o es un peligro.
La tentación de anquilosarnos en el ayer e impedir que Dios siga siendo novedad para el hombre de hoy.
La tentación del miedo a la novedad del riesgo.
La tentación muy común: “Yo prefiero rezar solito, porque la comunidad me distrae.” “Yo prefiero mi misa durante la semana a la misa del domingo. El Domingo hay mucha gente.”

Claro, la gente a esto no le llama tentación. Nadie dice “he sido tentado de no querer ser santo”. ¿Alguien se acusa de ello? No, preferimos acusarnos de que tuvimos un mal humor y nos enfadamos.

Ayunar, ¿para qué?

Todos tenemos la idea que “ayunamos” para hacer penitencia.
Ayunamos para privarnos de algo.
El ayuno tiene mucho de penitencia. Es la penitencia que castiga al cuerpo.

¿Será ésa la verdadera penitencia que el Señor espera de nosotros?
¿No será más bien que, ayunamos para compartir con los demás? ¿Para que aquello de lo que nosotros nos privamos, se lo demos a los demás?

Me privo de algo para compartirlo contigo.
Me privo de algo para dártelo a ti.
Me privo de algo no para ahorrarlo, que sería egoísmo, para ser solidario con los otros.

El verdadero sentido del ayuno no ni el ahorro, ni castigar al cuerpo.
El verdadero ayuno debe estar marcado por la caridad, la solidaridad.

No es el castigo el que me hace mejor cristiano.
Lo que me hace auténtico cristiano es el amor, la caridad, el compartir.

Si ayunas, lo que dejas de comer, dáselo para que otro lo coma.
Si ayunas, aquello de que se priva tu estómago, que pueda saciar el estómago del otro.
Si ayunas, que sea con sentido de caridad.
Si ayunas, que sea con verdadero amor al hermano.
Si ayunas, que no ponga tu cara de ceniza, sino que ponga tu corazón del rojo del amor.

Privarnos de algo, para que mi hermano tenga algo.
Privarnos de algo, para que el que no tiene tenga algo.

La verdad del ayuno no se mide por lo que hace sufrir, sino por lo que expresa de amor.

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