Domingo, 15 de marzo del 2026
“¿Quién tiene la culpa?”

El problema de siempre. ¿Quién es el culpable? Frente al pobre ciego de nacimiento, los mismos discípulos preguntan: “¿Quién pecó, éste o sus padres?”. No les interesaba tanto la realidad del ciego, ni le dicen “Señor, Tú puedes hacer que vea”. No, lo importante es saber quién es el culpable.
De ordinario, nadie se siente culpable y tampoco se hace crítico para ver qué responsabilidad le toca. Lo normal es hacer responsables y culpables de todo a los demás.
¿Por qué hay todavía tantos que no conocen el Evangelio?
La culpa no es mía, es de la Iglesia, del Papa, los obispos o los sacerdotes.
¿Por qué hay tantos cristianos que abandonan la Iglesia?
La culpa no es de ellos, tampoco es mía, es de la Iglesia.
¿Por qué tenemos tantos contagiados con el Sida?
La culpa la tiene el Ministerio de Salud o la sociedad, pero yo soy inocente.
¿Por qué hay tanto niño abandonado en la calle durmiendo bajo los puentes en cualquier rincón que los proteja del frío?
Yo por supuesto no soy culpable, esa es culpa del Gobierno.
¿Por qué la gran masa de cristianos no asiste a misa?
Yo por supuesto que no tengo la culpa, es de ellos.
En todo caso, es de los sacerdotes que son aburridos en sus prédicas.
Desde que el comunismo y el psicoanálisis nos han despersonalizado a todos, ahora ya no existe responsabilidad personal. Ahora los responsables son siempre los otros. Sobre todo, eso sí, los padres. Hasta tu fracaso matrimonial se debe a tus padres que fueron esto o lo otro y tú no haces sino repetir su historia.
Lo bueno sí es cosa mía, pero ante lo malo yo soy inocente. Con estos criterios la conciencia personal se ha despersonalizado y se ha colectivizado. Hoy prevalece la conciencia colectiva por encima de la conciencia personal, prevalece la conciencia de la institución por encima de la conciencia de la persona. Por eso mismo, ahora ya no pecamos nosotros, ahora pecan los otros por nosotros, peca la sociedad, no las personas. Esto es viejo. Hasta Adán le echó la culpa a la mujer y la mujer que no quiere ser menos, le echó la culpa a la serpiente. Menos mal que la serpiente no habla sino… ¿A quién se la echaría?.
Señor, yo quiero ver

Quiero ver de otra manera.
Quiero ver como tú ves.
Quiero ver con tus propios ojos.
Que ven lo que otros no vemos.
Quiero ver con tus propios ojos.
Que ven aun la oscuridad.
Ver más allá de la piel.
Ver más allá de las apariencias.
Ver aunque mis ojos lloren de tristeza.
Ver aunque mi corazón gima de dolor.
Ver aunque los demás no vean.
Ver aunque los demás me diga loco.
Ver aunque a veces tropiece.
Quiero ver tus caminos.
Quiero ver tu voluntad.
Quiero ver tus planes sobre mí.
Quiero ver mi presente y mi futuro.
Quiero ver más allá de la muerte.
Quiero ver desde ya las luces de eternidad.
¡Señor, préstame tus ojos, para ver!
Sé tú la luz de mi camino.
Sé tú la luz de mi vida.
Actuar en nombre de Dios

Somos muy fáciles en decir que “actuamos en nombre de Dios”. Sin embargo, “actuando en nombre de Dios” estamos actuando contra Dios. Las autoridades religiosas jamás hubieran devuelto la vista al ciego en día de sábado. La ley lo prohibía. La ley expresaba para ellos la voluntad de Dios. A pesar de ello, Cristo prefirió como voluntad de Dios, la visión del ciego a la ley.
La ley prohíbe hacer el bien algunos días. Por ejemplo, el sábado, digamos hoy, domingo.
Y Dios hace el bien al hombre todos los días, incluidos sábados y domingos. Por algo Jesús fue llamado “pecador”. Y Jesús prefiere “el pecado de hacer el bien a pesar de la ley”, que dejar de hacerlo por cumplir la ley.
Quienes administran la ley, se creen sus dueños, no pueden quedarse en la ley. Han de hacer un constante discernimiento. Porque la mejor expresión de la voluntad y sabiduría de Dios no es ciertamente la ley, sino el hombre y el bien del hombre. Al menos, eso fue lo que hizo Jesús.
El hombre está por encima de la ley porque la ley ha de tener como meta el bien del hombre. Las leyes que impiden la realización plena del hombre, no pueden llamarse “voluntad de Dios”. Las leyes son necesarias, pero no absolutas. Lo absoluto, para Dios es el bien del hombre.
La actitud de Jesús es clara: aquel que fue excluido de la comunidad por la ley, como voluntad de Dios, terminó siendo buscado, abrazado y aceptado por Jesús. Jesús lo sacó la comunidad de la ley, a la comunidad del espíritu. No es fácil actuar en nombre de Dios, aún más: “No deformemos a Dios siendo esclavos de la ley”.
Ábreme los ojos

Ábreme los ojos, Señor: para ver el camino.
Ábreme los ojos, Señor: para ver en la noche.
Ábreme los ojos, Señor: para ver en el día.
Ábreme los ojos, Señor: para verte a ti.
Ábreme los ojos, Señor: para verme a mí.
Ábreme los ojos, Señor: para ver a mis hermanos.
Ábreme los ojos, Señor: para ver de donde vengo.
Ábreme los ojos, Señor: para ver a donde voy.
Ábreme los ojos, Señor: para ver a los que no ven.
Ábreme los ojos, Señor: para ver lo que me desvía.
Ábreme los ojos, Señor: para ver los huecos del camino.
Ábreme los ojos, Señor: para ver la luz que arde dentro de mí.
Ábreme los ojos, Señor: para ver mis tinieblas.
Ábreme los ojos, Señor: para que no tropiece.
Ábreme los ojos, Señor: para ver a los que caminan por delante.
Ábreme los ojos, Señor: para ver a los que se quedan.
Sé tú la luz de mis ojos.
Sé tú la luz de mi camino.
Sé tú la luz que me señala la meta.
Sé tú la luz que me dice por dónde.
Sé tú la luz que alumbra mis errores.
Sé tú la luz que me hace ser luz para los otros.



