“Dichosos”
Proclamamos el Santo Evangelio según san Mateo 5,1-12a:
En aquel tiempo, al ver Jesús la muchedumbre, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles:
“Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos lo que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Dichosos ustedes cuando los insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Estén alegres y contentos, porque se recompensa será grande en el cielo”.
PALABRA DE DIOS
Palabras de Clemente:
En una ocasión, un amigo mío me pidió que escribiese sobre la felicidad. “Has escrito sobre mucho temas, me decía, ¿por qué no escribes algo sobre la felicidad que es el gran problema de la gente?”. Debo confesar que todavía no he satisfecho los deseos de mi amigo, ¿saben por qué? Porque la primera pregunta que me hago a mí mismo es en qué consiste la felicidad. ¿Qué es realmente la felicidad? Se que todos buscamos la felicidad, pero ¿qué buscamos en realidad cuando buscamos la felicidad?
Porque yo me pregunto si la felicidad estará en el placer, en el tener mucho, en que no me falte nada, en tener buena salud, en que todo me salga bien.
¿Acaso alguno de ustedes me lo podía explicar? ¿Algunos de ustedes se siente realmente feliz? ¿Me podían decir cómo ha llegado a serlo?
Porque tengo la impresión de que llamamos felicidad a cualquier cosa. Llamamos felicidad al placer. Llamamos felicidad a la comodidad económica. Llamamos felicidad a triunfar en la vida. ¿Será realmente todo eso la felicidad a la que estamos llamados?
Porque luego abro el Evangelio y leo las ocho bienaventuranzas de Jesús y descubro que la cosa no va por ahí, por donde nosotros creíamos.
Jesús me dice que para ser felices hay que tener un espíritu de pobreza.
Que para ser felices hay que compartir los problemas de los demás.
Que para ser felices hay que comprometerse con la justicia.
Que para ser felices hay que ser agentes de paz, de armonía y fraternidad.
Que para ser felices hay que ser comprensivos y misericordiosos con todos.
Que para ser felices, y esto ya me parece el colmo, tengo que ser perseguido por la causa del Evangelio.
Díganme ustedes que también quieren ser felices, ¿coincide nuestra mentalidad con la del Evangelio? ¿Coincide nuestra felicidad con la que nos propone el Evangelio? ¿Lograremos ser felices por nuestros caminos o por los caminos del Evangelio?

1.- Yo pensé que la cosa era más sencilla y simple, pero ahora usted me ha puesto en grandes dudas.
RESPUESTA: Si tú no tienes por qué fijarte en lo que yo he dicho. Mejor escuchas a tu propio corazón. ¿Qué te dice? ¿Eres realmente feliz? ¿Qué cosas son las que te hacen feliz?
2.- Lo que sucede es que, con frecuencia, confundimos la verdadera felicidad con esos pedacitos de felicidad que vamos encontrando por el camino.
RESPUESTA: Esa suele ser nuestra gran verdad. Confundimos las migajas con el pan. Dios no quiere que vivamos de migajas, sino que comamos el pan en abundancia. Pero aún así, tú eres testigo de que las migajitas de felicidad, nunca llenan, ni el estómago y menos todavía el alma.
3.- Resulta curioso. Todos somos diferentes, pero hay algo en lo que todos nos parecemos mucho: todos queremos ser felices.
RESPUESTA: El caso es que no sólo nosotros queremos ser felices, también Dios nos quiere felices. Dios no nos ha dado la vida para que la arrastremos, sino para que la llevemos con gozo, con alegría, felices de vivir. El mismo Jesús nos dijo en la Ultima Cena: “Para que vuestro gozo sea completo”.
4.- ¿Usted cree de verdad en la felicidad plena?
RESPUESTA: Aquí abajo nuestra felicidad nunca será plena porque sólo seremos plenamente felices cuando logremos contemplar a Dios que es nuestra última meta. Pero, aún aquí, podemos ser felices. Eso ya depende de nosotros. Depende donde la buscamos y cómo la buscamos. A veces las cosas más simples y sencillas son las que más alegría aportan a nuestro corazón.
5.- Usted está pensando en lo de San Agustín: “Mi corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.
RESPUESTA: Es que, aunque te parezca mentira, nuestro corazón no es tan pequeño como a veces pensamos. Nuestro corazón tiene las mismas medidas que el corazón de Dios.
6.- Bueno, tampoco exagere usted. ¿Cómo va a tener nuestro corazón las medidas del corazón de Dios?
RESPUESTA: Pues muy sencillo sólo Él nos podrá llenar plenamente, todo lo demás son migajas. ¿No nos ha hecho a su imagen y semejanza? Pues entonces nuestro corazón tiene que ser semejante al Dios.
7.- ¿Usted ha sentido alguna vez plenamente satisfecho su corazón?
RESPUESTA: Nunca, porque sé que sólo estará satisfecho cuando Dios lo llene plenamente. Tristemente sé que también yo lo quiero llenar de pequeñas cosillas, pero espero que algún día pueda sentirme a rebosar.
8.- ¿Cree que las bienaventuranzas pueden hacerle plenamente feliz?
RESPUESTA: Las bienaventuranzas no son un elenco de cosas para que seamos felices, son unos ideales que si logramos vivir seremos mucho más felices de lo que somos. Recuerdo lo que me decía un amigo mío que lo había experimentado todo. “Mira, a estas alturas del partido, siento un enorme vacío. Todo lo que he gozado de placer, me ha dejado siempre con un vacío mayor. Recién ahora que comienzo a entender a Dios, comienzo a ser feliz de verdad”.
9.- Dígame con sinceridad, ¿la pobreza puede hacer a uno feliz y bienaventurado?
RESPUESTA: La pobreza como tal no. Al contrario, la pobreza nos crea situaciones difíciles y nos crea grandes problemas. ¿Cómo voy a ser feliz si mis hijos me piden pan y no tengo pan para darles? La pobreza es siempre una carencia.
10.- ¿Por qué entonces la primera bienaventuranza nos dice “Bienaventurados los pobres en el espíritu”?
RESPUESTA: Piensa bien en lo que has dicho. No dice que la pobreza nos hará dichosos, dice que seremos bienaventurados cuando tengamos un corazón desprendido de todo y que cada día deseemos menos de lo que tenemos. Es la actitud del corazón, no la pobreza en sí misma.

11.- Bueno, eso de desear menos de lo que tenemos es fácil para quien tiene mucho. ¿Pero quien no tiene nada?
RESPUESTA: Quien no tiene nada tiene derecho a desear lo necesario para vivir, pero no vive con la angustia de tener más. Aquí lo que se nos pide es algo que realmente afecta al corazón. ¿Tú crees que los que tienen mucho son más ricos que yo que no poseo nada y que para venir a la radio tengo que pedir unos soles para el taxi? Yo me siento libre y no pierdo el sueño con las pérdidas de la Bolsa. Es más, escucho que la Bolsa ha subido o ha bajado y a mí me resbala.
12.- Entonces esta bienaventuranza me parece un cuento porque si se trata de no apetecer más, los que tienen mucho que se queden con lo que tienen y el que no tiene nada pues que se aguante.
RESPUESTA: Tampoco la cosa es así. Aquí se trata de la libertad de espíritu, de no sentirnos esclavos de lo que tenemos y, además, de sentirnos libres para compartir lo que tenemos. Dios no nos prohíbe tener cosas, lo que nos pide es que las cosas no se nos apeguen tanto al corazón que no lo dejen latir con libertad. Conozco pobres que viven desesperados por tener y conozco ricos que viven con mucha libertad de espíritu compartiendo gustosos lo que tienen.
13.- ¿Usted cree realmente que el compartir, el llorar con los que lloran puede ser fuente de felicidad?
RESPUESTA: Es la felicidad de Dios. La verdadera felicidad de Dios es poder dar, compartir y compartirse con los demás. Eso de llorar con los que lloran, es una manera de sentir como nuestros los problemas de los demás. Eso, te lo digo por experiencia, hace sufrir mucho, pero también hace gozar mucho.
14.- ¿Quiere decir que usted ha llorado mucho?
RESPUESTA: Te puedo hacer una confesión. Creo que nunca he llorado por mí o mis problemas, pero sí he llorado mucho compartiendo el dolor y el sufrimiento de los demás porque esa es la vida del sacerdote. No es cuestión de escuchar, es sentir en ti el problema de los demás.
15.- ¿Y eso le ha hecho sufrir mucho en sus largos años de sacerdote?
RESPUESTA: Mucho. Eso me ha afectado demasiado hasta que aprendí solidarizarme, pero a la vez sabiendo protegerme un poco para que no me afecten tanto los problemas. Como te decía, esto te da también una gran satisfacción.
16.- ¿Ha habido muchas alegrías en su sacerdocio?
RESPUESTA: Infinidad. Ha habido días en los que diría que he sido el hombre más feliz de la vida. Sentir que a alguien le devuelves la alegría, le devuelves la vida, le ayudas a salir de su pozo es una satisfacción que solo se entiende cuando la vives.
17.- ¿Algunos le han visto llorar?
RESPUESTA: Con frecuencia llora más el corazón que los ojos, pero aún así más de uno ha sentido mis lágrimas. Es ahí donde la gente se siente valorada porque siente que alguien se interesa de verdad por ellos, sobre todo hoy, que cada uno vive su vida y que el resto allá él…
18.- Lo que no logro entender es eso de bienaventurados, felices los que luchan por la justicia.
RESPUESTA: Son muchos los que hoy se juegan el tipo luchando por los derechos de los demás, muchos incluso lo han tenido que pagar con su propia vida. A Mons. Romero por qué lo mataron, sencillamente, porque predicaba y hablaba de los derechos de los pobres y contra los atropellos de los poderosos.
19.- Bueno, hasta donde llegan mis conocimientos, esa fue la bienaventuranza también de Jesús.
RESPUESTA: Jesús vivió las ocho bienaventuranzas a full. Pero, en realidad, su opción por los pequeños, los débiles, los marginados, los pecadores, los enfermos los desheredados de la fortuna, fueron siempre causa de grandes tensiones con las autoridades de su tiempo. En el fondo, esta fue una de las causas también de que lo condenasen a muerte y eso, con todo lo doloroso que, es también una fuente de gozo y de alegría.
20.- Por eso se atreve también a proponer como bienaventuranza el ser perseguidos por su Nombre y por el Evangelio.
RESPUESTA: Es que Jesús no nos propone nada que Él mismo no haya experimentado y vivido. Él fue el primer incomprendido, el primer perseguido y el primer juzgado, condenado y crucificado por la causa del Evangelio que es la causa de Dios en el mundo.

21.- No entiendo cómo la persecución puede ser causa de alegría y felicidad.
RESPUESTA: ¿Qué decimos cuando alguien arriesga su vida por una gran causa? Todo el mundo le admira. ¿Hay causa mayor que la de dar la vida por el Evangelio? Además, ¿hay mayor felicidad que ser fiel a Dios y al Evangelio, incluso al precio de la propia vida? No es la persecución que nos hace felices, sino nuestra fidelidad y constancia a pesar de la persecución.
22.- Padre, ¿son las bienaventuranzas un código de preceptos o son ideales que tenemos que perseguir?
RESPUESTA: La Antigua Alianza estuvo sellada por el Decálogo o Diez Mandamientos; la Nueva y Eterna Alianza está sellada y marcada no con leyes, sino con ideales y metas que se convierten en exigencias del corazón. Los mandamientos se grabaron en piedra, estos ideales del Evangelio y de la Alianza Nueva se escriben en el corazón.
23.- Es decir, no son leyes que empujan y obligan desde fuera, sino que nos fuerzan desde dentro.
RESPUESTA: No hay ley más fuerte que un gran ideal. Nadie muere por cumplir una ley. Todos somos capaces de dar nuestra vida por los grandes ideales. Por eso decimos que el “ideal vale más que la vida”. La vida está al servicio de los grandes ideales.
24.- Y claro, mientras la ley la vemos como una imposición, los ideales se convierten en una especie de fuente de energía interior.
RESPUESTA: Esa es la verdadera ley de Dios, la escrita en el corazón, y lo que nace del corazón no lo vemos como algo que se nos impone, sino como algo que brota y nace y sale de nosotros. Esa es la gracia y es el Espíritu, es gracia que brota de la libertad del Espíritu.
DESPEDIDA: Bueno amigos, ¿dónde buscáis cada uno vuestra felicidad? ¿La habéis encontrado? ¿Por qué no hacemos la prueba de estrenar las Bienaventuranzas de Jesús?




