Domingo, 26 de julio del 2026
La alegría de creer

La fe es una oferta y un don que Dios te hace. Pero, de tu parte, creer es una opción, una decisión que tienes que hacer en tu vida. Y una decisión no impuesta desde afuera, sino fruto de algo que te nace de dentro, además es una decisión gozosa. Una fe arrastrada, no es verdadera fe. Una fe que nace de una obligación, tampoco es verdadera fe. La auténtica fe tiene que brotar en ti como una especie de grito de admiración.
“Y lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo”. Porque creer es descubrir la fe como un tesoro. Es descubrir a Dios como lo más maravilloso. Es descubrir el rostro de Jesús como lo más bello. Es descubrir el Evangelio como la mejor de las noticias.
Es decir, la fe nace y brota cuando hacemos el descubrimiento de Dios. Brota no de la oscuridad y la indecisión, sino de haber descubierto algo maravilloso y estupendo en tu vida. Es encontrar un tesoro. ¡Cuántas aventuras en busca de tesoros! ¡Cuántos tesoros que no existen y que, sin embargo, han arrastrado infinidad de vidas que los buscaban!
Jesús quiere dejarnos claras dos cosas. Por una parte, la fe implica una renuncia a lo que teníamos y éramos. Pero, a la vez, Él quiere destacar que se trata de una renuncia que no duele, que no cuesta. Porque no es renunciar por nada, es renunciar a lo poco por lo mucho, es renunciar a lo pequeño por lo grande, es renunciar a lo que vale poco por lo que vale mucho.
Pero en ese proceso de fe, Jesús trata de hacernos ver que, para renunciar antes hay que descubrir. “Hay que descubrir el tesoro”. Dios no puede ser una cosa más entre las cosas, ni un valor entre los demás valores. Es necesario reconocerlo como el valor que está por encima del resto de valores, como el don que está por encima de los demás dones. De ahí que el problema de la fe no es una mentalidad moralista del “no hagas”, sino la oferta de unos valores capaces de sacarnos de nosotros mismos. Entonces, el creer no es una resignación, sino la verdadera alegría de la vida.
El proceso de evangelización y catequesis no puede ser el miedo, ni la prohibición, sino la oferta, el descubrimiento de algo más interesante. El camino de la fe no es el camino del “no”, sino el camino del “sí”. Sí a la vida. Sí a Dios. Sí al Evangelio.
¿Es el cristianismo un aguafiestas?

Tristemente muchos lo ven así. Y lo ven así porque nosotros lo hemos presentado así. Hemos presentado al cristianismo como la “religión del no”. No hagas esto. No hagas aquello. Prohibido esto. Prohibido aquello otro. Todos conocemos mejor el no que el sí de nuestra fe. Todos conocemos mejor lo que está prohibido que lo que está permitido. Todos conocemos mejor los caminos prohibidos que los caminos que nos llevan a la aventura de la fe.
La culpa no es del cristianismo, sino de los cristianos. La culpa no es de la fe, sino de los creyentes. La culpa no es del Evangelio, sino de quienes a título de Evangelio nos consideramos “maestros del no” más que los “maestros del sí”.
La fe que Jesús nos propone es la “fe del sí”. El cristianismo que Jesús nos ofrece es “el cristianismo del sí”. Somos nosotros los que tenemos “miedo al sí”. Miedo a que si anunciamos demasiado el sí, luego nos desbandemos. Lo mejor es atar a todo el mundo con el no y la prohibición.
Para Jesús la fe y el seguimiento no son un no, sino un gozoso sí a la novedad que hemos reconocido y descubierto. Fe, seguimiento, Evangelio y Jesús son “un tesoro”, son una “perla preciosa” capaces de deslumbrarnos con su belleza.
El cristianismo es preciso entenderlo como “la fiesta del encuentro”, la “fiesta de los tesoros”, la “fiesta de las perlas preciosas”, la “fiesta del campo” que hay que comprarlo a como dé lugar. Para Jesús el primer paso es “descubrir un tesoro” y el segundo paso es “vender con alegría todo, renunciar con alegría a todo”, para poder hacernos con el tesoro. Renunciamos a todo, menos al tesoro. Lo vendemos todo, pero no vendemos la “la perla preciosa”.
Descubrir cada día algo nuevo

Jesús nos habla de alguien que “encontró un tesoro en un campo”. La fe es una búsqueda y vivir de la fe es la búsqueda constante del tesoro de Dios, del tesoro del Reino. Nadie se resiste ante un tesoro o ante una perla preciosa. Cuando logramos descubrir un tesoro se nos estremece el cuerpo y el alma.
Vivir en cristiano no es vivir de las rentas de lo que ya tenemos. Ser un cristiano activo y vivo es “buscar” y “encontrar” . Y es vivir la alegría de nuestras nuevas experiencias. Y es vivir la alegría de lo nuevo de Dios.
Para vivir como cristiano es preciso que nos abran los horizontes del alma y nos abran los horizontes de lo siempre nuevo e inédito. Déjennos vivir la alegría de la gracia, no nos metan miedo en el corazón, Dios no está ahí para poner miedo en nuestra alma, sino para llenarla de alegría y de esperanza.
Hablemos más de los mártires que dieron la vida por Cristo.
Hablemos más de los santos que se enamoraron de Cristo.
Hablemos más de los que entregaron sus vidas en servicio al Evangelio.
No son los vulgares quienes nos animarán en nuestro caminar.
Serán los generosos, los que no miden el riesgo, los que lo arriesgan todo, quienes iluminarán nuestras mentes.
Que nuestras catequesis sean momentos de encuentro y de búsqueda.
Que nuestras homilías animen más a buscar que a quedarse resignados.
Que nuestra pastoral sea más de animación y de entusiasmo que de recortes desde la prudencia humana. ¡Animemos, no desanimemos!
Pedagogía de la fe

No hables tanto de Dios.
Habla de Dios como Padre.
No hables tanto de Dios todopoderoso.
Habla de Dios amor.
No hables tanto de Dios que condena.
Habla de Dios que salva.
No hables tanto de Dios que se enfada.
Habla de Dios que sonríe.
No hables tanto de Dios que castiga.
Habla de Dios que regala.
No hables tanto de Dios que se ofende.
Habla de Dios que perdona.
No hables tanto de qué puedes condenarte.
Habla más bien de Dios que te ha salvado.
No hables tanto del infierno.
Habla más de la belleza del cielo.
No hables tanto del pecado.
Habla más de la belleza de la gracia.
No hables tanto del egoísmo.
Habla más de la generosidad.
No hables tanto de los pecadores.
Habla más de los santos.
Por la sencilla razón de que sentir a Dios en ti, implica saber:
que más importante es la gracia que el pecado.
que más importante es el corazón de Dios que nuestro corazón.
que más importante es un santo que mil pecadores.
que más importante es el amor y la generosidad que el odio y la tacañería.
Es el ideal el que levanta el corazón.
Es la belleza la que despierta la admiración.
Es la gracia la que nos hace santos.



