Domingo, 1° de marzo del 2026
Hablar o escuchar

Nuestras relaciones fundamentales con Dios comienzan por la actitud de “escucharle”. Ser cristiano es “escuchar a Dios” y “escuchar a Dios en la voz de su Hijo amado, Jesús”.
Escuchar es ponernos en relación con los demás. Escuchar es prestar atención a los demás. Escuchar es abrirnos a los demás. Lo que significa que “escuchar a Jesús” es ponernos en relación con Dios, es prestar atención a Dios, es abrirnos a Dios. Sin embargo, nos damos cuenta de que nuestra tentación suele ser más la de “hablar” que la de “escuchar”.
Cuando el hablar prevalece sobre el escuchar, significa que lo importante es lo que nosotros decimos y no lo que dicen los otros. Cuando el escuchar prevalece sobre el hablar indica que lo que los otros dicen es importante para nosotros.
De ordinario, preferimos hablar a escuchar, esto nos sucede en el plano de lo humano y también en lo religioso. Preferimos hablar con Dios a escuchar a Dios. Preferimos que sea Él quien nos escuche a que seamos nosotros quienes le escuchemos. Algo así como si fuésemos nosotros quienes tenemos más cosas que decirle a Dios que Dios a nosotros. En realidad, no somos nosotros quienes tenemos que decirle cosas a Él, es Él quien tiene muchas cosas que decirnos.
Nuestra misma oración es mucho más un espacio para hablarle nosotros a Él, que un espacio tranquilo donde nosotros nos pongamos a la escucha de Dios. Dios ya conoce de sobra lo que necesitamos, no hace falta que le estemos recordando constantemente nuestras necesidades. En cambio, somos nosotros los que necesitamos escucharle para conocer de verdad cuál es su voluntad sobre nosotros, qué espera de nosotros. Y no solo eso, de Dios solo vamos a conocer lo que Él quiera decirnos de sí mismo. Más conocemos el misterio de Dios escuchándole que no hablándole.
Por eso nuestra oración es mucho más una oración de petición que no una oración de silencio, de meditación, de contemplación. Una oración de simple escucha.
Escuchamos a los hombres, pero escuchamos poco a Dios. La misma Iglesia, con frecuencia, nos pide que la escuchemos, cuando la Iglesia también tiene que callar, hablar menos y escuchar más lo que Dios pide de ella hoy.
¿Cómo saber qué es lo que Dios quiere del cristiano hoy? ¿Cómo saber qué espera Dios de la Iglesia hoy? Sólo escuchándole a Él.
Quien habla de Dios sin escuchar a Dios dirá muchas cosas, pero no hablará en nombre de Dios. Los Profetas solían decir: “Esto dice el Señor”, no decían: “Esto os digo yo”.
¿Vivir sin profetas?

Los profetas suelen ser molestos. Ellos irrumpen en nuestras conciencias tratando de desinstalarnos. Ellos avivan la presencia de Dios en medio de nosotros. Ellos se hacen grito de Dios en medio del silencio que nosotros le imponemos a Dios. El gran peligro de cada uno de nosotros y de la sociedad y aún de la Iglesia es acallar a Dios, dejarle sin voz. Suplantar a Dios con nuestras voces.
Pero Dios no se resigna ni a callar ni a estar en silencio. Dios es capaz de hablar incluso en el silencio. Hay silencios que son gritos de Dios. Hay silencios que nos hacen gritar: ¿Y dónde está Dios?
Una sociedad sin profetas es una sociedad que no sabrá mirar hacia delante.
Una Iglesia sin profetas es una Iglesia sin futuro.
Una historia sin profetas es una historia que se hace memoria de un pasado, sin futuro.
Y cuando nos quedamos sin profetas tampoco sabemos caminar, porque los caminos se borran y el futuro se oscurece.
Y cuando nos quedamos sin profetas, entonces nos quedan los adivinos, las brujitas, las cartas y el tarot.
Es que cuando nos quedamos sin caminos, entonces tenemos que dibujarlos. Pero ¿alguien anda caminos por encima de un dibujo?
Necesitamos profetas que nos despierten, nos incomoden, nos fastidien e inquieten. Necesitamos profetas que nos enderecen la cabeza para que miremos hacia delante, Hacia el futuro y no nos quedemos petrificados mirando al pasado. Mirar hacia atrás es convertirse en estatua de sal, símbolo de la infecundidad.
Iglesia escucha a tus fieles

No todo se puede decidir allá arriba en las cumbres eclesiales. El Espíritu también habla en el llano, en el corazón de los fieles. En teología hablamos del “sensus fidelium”: el sentido de los fieles. Es que la Iglesia somos todos.
¿Acaso la cabeza no escucha el dolor del pie cuando se golpea y se hiere?
¿Acaso la cabeza no escucha el dolor del estómago o del hígado y se va inmediatamente a consultar al médico?
¿Acaso la cabeza no escucha a las manos?
Pues todos somos miembros de la misma Iglesia. Cada uno ocupa un lugar distinto, pero todos estamos intercomunicados. Los fieles tenemos que escuchar a nuestros pastores, pero también los pastores tienen que escuchar a sus fieles. La razón es bien simple, el Espíritu no habla solo a los pastores, habla también a los fieles. Una Iglesia que no escuche a sus fieles sería como una especie de tren, una locomotora tirando de infinidad de vagones. Tal vez porque escuchamos poco al Pueblo de Dios hay demasiados vagones en la Iglesia, lo cual significa una gran carga y un gran esfuerzo.
No es que se trate de hacer encuestas y decidir según los resultados numéricos. Se trata más bien de que todos se sientan responsables, que todos se sientan importantes. Dios habla en las alturas, pero también habla abajo desde el llano. Resulta siempre difícil querer escuchar a quien nunca me escucha. Si quieres ser escuchado, comienza por escuchar tú a los demás.
Escúchate a ti mismo

No puedes vivir como un desconocido de ti mismo.
Tú llevas un mundo dentro de ti.
Tú llevas unos sentimientos dentro de ti.
Tú llevas unas llamadas dentro de ti.
Pero si no te escuchas a ti mismo
terminas siendo un desconocido para ti mismo.
Escucha tu pasado en ti.
Escucha tu presente en ti.
Escucha tu futuro en ti.
Escucha tu corazón.
Escucha a Dios que habla dentro de ti.
Escucha al Espíritu que te anima desde dentro.
Escucha tus luchas interiores.
Escucha tu verdad y tu mentira.
No olvides que por dentro no llevas un cántaro vacío, sino un mundo de sonidos, de llamadas, de esperanzas y de ilusiones. Dentro de ti hay muchas voces que sólo tú puedes escuchar. Dentro de ti hay muchas ilusiones que sólo tú eres capaz de escuchar.
Quien no se escucha a si mismo tampoco escuchará a los demás y tampoco escuchará las voces de Dios. La mejor manera de escuchar a los demás es escucharse a sí mismo.



