Domingo, 10 de mayo del 2026
“El Espíritu de la Verdad”

El Evangelio de hoy es corto, pero lleno de vida y, además, lleno de razones para vivir alegres.
En primer lugar, es un Evangelio de la promesa. La promesa del Espíritu Santo que nos enviará el Padre. En segundo lugar, se nos dice que el mundo no podrá conocerlo porque no lo ve, pero que nosotros lo conoceremos porque vive con nosotros y estará en nosotros. En tercer lugar, una maravillosa afirmación: “Los cristianos no somos unos huérfanos”, porque aunque Jesús nos deja volverá, también Él estará con nosotros. Finalmente, nos dice algo que a nosotros ni se nos pasaría por la mente, que estamos llamados a vivir en la comunión con Dios y con Jesús, la misma que Jesús vive con el Padre. ¡Cuántas cosas bellas si fuésemos capaces de sentirlas en nuestro corazón y vivirlas!
El Espíritu de la verdad. El hombre pasa la vida buscando la verdad. La verdad es algo esencial al hombre. Sin la verdad el hombre no es él mismo ni puede vivirse a sí mismo. Sin embargo, con frecuencia vivimos más en la mentira que en la verdad. Es que la verdad nos da miedo. La verdad nos impone un modo de ser y un modo de vivir que no siempre responde a lo que nosotros quisiéramos, de ahí nuestra manía de deformar la verdad y a crear nuestras propias verdades.
El hombre está llamado a vivir la verdad “de su creación”. Dios lo pensó con una naturaleza concreta, con una finalidad y con un modo de realizarse a sí mismo. Por eso el primer pecado se describe en el Génesis como un caer en la trampa de la mentira. Renunciar a ser hombre porque “si coméis seréis como Dios”. Ahí vino nuestra primera gran mentira.
El hombre está llamado a vivir la verdad de “la salvación”. Jesús renueva la verdad de Dios sobre nosotros, nos vuelve a poner en el camino de la verdad de Dios. Para ello, si antes nos dio una inteligencia para conocer la verdad, ahora nos regala el mismo Espíritu de Dios que es el Espíritu de la verdad de Dios y es el Espíritu de nuestra verdad.
Es el Espíritu de la verdad a diferencia del diablo al que Jesús le llama “padre de la mentira”, porque trata de desviarnos siempre de la verdad de Dios sobre nosotros. Tenemos dos caminos en la vida, o nos dejamos guiar por el Espíritu o nos dejamos guiar por el diablo. O nos dejamos guiar por el Espíritu o nos dejamos guiar por nosotros mismos y nuestras conveniencias.
“Dar razón de vuestra esperanza”

Dar razón de vuestra fe. Qué pasaría si hoy alguien te pregunta: ¿tú por qué crees, por qué tienes fe? ¿Cuál sería tu respuesta? San Pedro en su Carta nos pide “estar prontos para dar razón de nuestra esperanza a todo el que os la pidiere”.
No basta creer. Tenemos que saber por qué creemos. No es que nuestra fe se fundamente en la razón, pero la fe tampoco es irracional, es que nadie cree sin motivos para creer. Puede que en otros momentos nos bastase la fe del carbonero, hoy necesitamos una fe ilustrada, conocida, que pueda resistir a tantas objeciones que nos vienen de todas partes. Por eso, necesitamos conocerla. El Documento de La Aparecida dice, hablando de los laicos:
“Para cumplir su misión con responsabilidad personal, los laicos necesitan una sólida formación doctrinal, pastoral, espiritual y un adecuado acompañamiento para dar testimonio de Cristo y de los valores del Reino en el ámbito de la vida social, económica, política y cultural” (n. 212).
Necesitamos una sólida formación para nosotros mismos, para saber qué creemos y por qué creemos. Pero también porque vivimos en una cultura que hoy pone en cuestión nuestra fe y nos está haciendo otras ofertas como quien nos está vendiendo gato por liebre. Nosotros muy fácilmente caemos en el desconcierto, en la duda, e incluso comenzamos a coquetear con dichas ideologías hasta que terminamos por no saber qué somos en realidad. Con frecuencia, leemos más sobre otras ideologías que sobre nuestra fe. ¿Has leído el Catecismo de la Iglesia Católica? ¿Has leído el Documento de La Aparecida? ¿Qué lees sobre tu fe?
Aquí no valen las palabras

“Yo amo mucho a Dios”, solemos decir. ¿Estamos tan seguros de que le amamos? Jesús nos somete hoy a un examen de conciencia. “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él”.
Aquí las palabras están de sobra y sólo hay una respuesta: “¿Acepto el Evangelio y lo cumplo?” Jesús cuando habla de su amor al Padre siempre dice: “Yo hago lo que el Padre me manda”, “Yo digo lo que le he oído al Padre”. Es que amar es algo más que un simple sentimiento, el verdadero amor es aceptar la voluntad del otro, los deseos del otro, las esperanzas del otro. El verdadero amor es un estilo de vida, más que unos sentimientos. A veces pensamos que no amamos a Dios porque “no siento nada”. Se puede “no sentir nada”, pero vivir en fidelidad a Dios. Ese es el verdadero amor.
Un amigo mío que tenía muy buen humor, cuando alguien le venía y le decía: “Hoy siento un fervor aquí dentro, un calor”; él respondía: “Esa picazón es sarna”. Te amo mucho, pero ¿qué hago por ti? Te amo mucho, pero ¿trato de conocer tus deseos y tus ideales? Por algo el refrán popular dice: “Obras son amores, y no buenas razones”. Jesús es claro, sólo quien acepta los mandamientos del Padre y los cumple, ese le ama.
Decir que amamos a Dios y luego no voy a Misa, no amo a mi hermano, no sirvo y no me preocupo de los demás es un cuenta que a Dios no le va. “Obras son amores”, el resto es cuento.
Los billetes falsos

Hoy está de moda la falsificación de billetes e incluso de monedas. Algunas de esas falsificaciones son realmente casi perfectas. Hace un tiempo, en TV un policía especialista en el tema mostraba un billete de cien dólares y comentaba: “Es tan perfecto que hasta los medios normales para conocerles no los detectan”. Imitación perfecta, pero “billete falso”.
Así suele ser también la mentira. Hay “mentiras perfectas”. Hay mentiras, bueno, algunas hasta “piadosas”. Mentiras que parecen verdades, pero que no dejan de ser “mentiras”. Son perfectas mentiras, pero falsas verdades. Un billete falso por muy bien que esté falsificado nunca será un billete bueno, seguirá siendo falso y sin valor. Una mentira por muy bien dicha que esté, por perfecta que sea, siempre será una mentira y, por tanto, una “falsa verdad” que nunca tendrá valor de verdad.
Hay “vidas falsas”, una buena imitación, pero que seguirán siendo vidas sin valor alguno.
Hay “amores falsos”, una muy buena imitación, pero que seguirán siendo un amor sin valor alguno.
Hay “fidelidades falsas”, una estupenda imitación, pero que serán un amor mentiroso y engañoso.
No, no nos hagamos ilusiones. En el mercado no solo circulan billetes falsos, también vidas falsas, amores falsos, fidelidades falsas, piedades falsas, religiones falsas. No siempre será fácil detectarlos, pero seguirán siendo falsos y sin valor alguno. Una estupenda falsificación nunca será una pequeña verdad. La verdad aunque sea en cosas pequeñas siempre será una gran verdad. Un billete auténtico de un dólar vale realmente más que un billete de cien dólares estupendamente falsificado.



