Hoja Parroquial

Corpus Christi – A | Comunidad y Eucaristía

Domingo, 7 de junio del 2026

No deformar la Eucaristía

La Eucaristía es uno de los mayores milagros del amor de Dios. Por tanto, debiera ser también una de las experiencias más maravillosas de los hombres. Sin embargo, uno siente cierta sensación de insatisfacción. ¿No la habremos devaluado demasiado? No porque no comulguemos, sino porque es posible que no le demos el verdadero sentido.

Dios ha buscado un camino fácil de encuentro con nosotros, pero a nosotros pareciera que lo fácil no nos va, como que preferimos lo complicado y difícil. Una de las maneras de deformar la Eucaristía es no vivir lo que en realidad significa. En la segunda lectura Pablo nos dice: “El pan es uno y, así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo porque comemos todos del mismo pan”.

Somos muchos y somos diferentes. Somos muchos y pensamos distinto. Sin embargo, todos juntos formamos un solo cuerpo, una sola Comunidad, una sola Iglesia, una sola familia. ¿Por qué? Sencillamente porque “todos comemos del mismo pan”. Por tanto, comulgar significa unidad, sentirnos un mismo cuerpo, una misma familia. De modo que no podemos comulgar “del mismo pan” y salir luego de la Iglesia tan divididos como entramos.

No olvidemos que la Eucaristía es mucho más que un acto piadoso individualista. La Eucaristía es el sacramento de la Iglesia, es el sacramento del amor de Dios que nos ama a todos, es el sacramento de la unidad, donde por encima de nuestras diferencias, todos nos sentimos miembros de un mismo cuerpo que es Jesús, que es la Iglesia.

Pablo habla desde su experiencia. Las primeras divisiones en la Iglesia nacieron de la Celebración de la Eucaristía. Todos participaban en la misma celebración, pero mientras unos comían bien, los otros pasaban hambre. Pablo les dice enérgicamente: “Esto no es celebrar la Cena del Señor”.

Si Pablo participase de nuestras Misas y Eucaristías qué nos diría. ¿Diría que realmente celebramos la Cena del Señor o que celebramos unos ritos vacíos de contenido? No se puede comulgar a Cristo si a la vez no comulgo con mi hermano. No se puede recibir el pan de la unidad, si vivimos divididos. Por eso decimos que “la Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace a la Iglesia”. “Aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque todos comemos del mismo pan.” El fruto de nuestras Eucaristías tendría que ser “la espiritualidad de unidad y de la comunión fraterna”.

“El que come mi carne…”

Jesús nos anuncia el Misterio de la Eucaristía como una comida. Por tanto, como toda comida, celebrar la Eucaristía significa comer juntos, comer compartiendo, comer con alegría. Se puede comer en solitario, pero la comida no es solo llenar el estómago es también una experiencia de familia. La familia se reúne en torno a la mesa, comparte el mismo pan, charla de mil y una cosas, se ríe y hasta se celebra. Por eso, cuando queremos invitar a alguien le invitamos a comer.

¿No habremos perdido el sentido de “comida”, “de mesa”, “de familia” en nuestras celebraciones? Se trata, como dice Jesús, de “verdadera comida”, por tanto, de un verdadero encuentro familiar. Toda la familia cristiana reunida en torno a una misma mesa, que incluso solemos llamar “la mesa del altar”.

Celebrar la Eucaristía no es llevar cada uno su lonchera y comer cada uno por donde le viene en gana, es sentarnos todos en torno a la misma mesa, compartir todos el mismo pan como en familia. Es posible que una de las causas de la desintegración familiar hoy en día sea el hecho de que estamos perdiendo el sentido de “la mesa”. Cada uno come cuando puede, esto hace que la familia no tenga tiempo para encontrarse reunida. La comida tiene solo un sentido estomacal y está perdiendo el sentido humano de familia, de unidad, de encuentro, de compartir. Hemos reemplazado la mesa por la “lonchera”. Nadie tiene la culpa. Es la realidad de la vida que nos impone ese ritmo, pero tampoco podemos negar que eso nos afecta. Las comidas han perdido calor.

La familia cristiana debiera ver la manera de que, al menos los domingos, pudiéramos reunirnos todos, para juntos “compartir la misma mesa de la Eucaristía” y la “misma mesa del hogar”.

Hay que recuperar el sentido familiar de ambas mesas, la del altar y la de casa.

La Eucaristía nos hace importantes

Que Dios nos invite a su casa, a compartir su mesa, ¿no es un signo de distinción y de hacernos importantes? Que el sacerdote dedique su vida a celebrar la Eucaristía es una señal de que considera a sus fieles importantes, dignos.

Una bella imagen de la Eucaristía y el matrimonio y la familia. Hacernos sentir que todos somos importantes, que él es importante. que ella es importante, que los hijos son importantes.

Pero hacer importante al otro no solo es sentarlo con nosotros a la mesa, sino escucharle, hacerle sentir que tenemos mucho que aprender de él y que nos interesa lo que nos dice. A nadie se le invita para echarle un discurso, sino para escuchalo y escucharnos. Este escucharnos nos hace, de alguna manera también iguales. En la Misa pareciera que el único importante es el sacerdote, pero ¿qué es el sacerdote sin los fieles?  En casa no hay un esposo importante y una esposa devaluada, los son se complementan.

De igual manera, compartir juntos la misma mesa es también una manera de pensar juntos, reflexionar juntos, discutir juntos. Esto bien vale para los esposos. Amar no es pensar como el otro, sino pensar juntos. Otro tanto pudiera decirse de la Iglesia. “Amar al pueblo no es solo pensar en el pueblo, sino pensar con el pueblo. El amor es auténtico cuando es el encuentro de dos subjetividades que se respetan y se encienden la una con la otra” (B. Borsato).

¿Y los que faltan a la mesa?

En familia uno siente pena cuando alguien no llega a tiempo para la comida. Todos preguntamos dónde está papá, o el hermano o la mamá. Una silla vacía crea un vacío en familia. ¿Hemos pensado alguna vez en los que no están a la mesa de la familia de Dios, la mesa de la Eucaristía? ¿Sentimos la ausencia de los que no comulgan? ¿Acaso nos resulta indiferente que muchos estén pasando hambre de Dios y viven ausentes y alejados de la mesa de la Eucaristía?

Está bien que nos alegremos por los que cada domingo compartimos el mismo pan de la vida, pero debiéramos sentir el vacío de los que no están, de los que no vienen. Porque también ellos son hermanos nuestros y también ellos están invitados a compartir el mismo pan. Estoy seguro de que mientras falte alguno de sus hijos, Dios no puede sentirse a gusto porque envió a su Hijo al mundo para que “todos tengamos vida y vida abundante”.

Cada domingo estamos llamados a vivir la Fiesta Pascual de Jesús, pero debiéramos preguntarnos por los que no están, por los que faltan porque, si nos preocupa el hombre que hay en el mundo, fruto de la pobreza, ¿no nos tienen que preocupar igualmente tantos hermanos nuestros que tampoco tienen el pan de la Eucaristía? El hambre en el mundo se explica porque no compartimos nuestro pan. Pero ese otro hambre no tiene explicación porque Dios lo quiere compartir con todos. Aquí no hay excusas de que falta el pan.

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