Hoja Parroquial

Domingo 20 – A | Eucaristía y María

Domingo, 16 de agosto del 2026

María, la mujer de la Eucaristía

En este año de la Eucaristía, quisiéramos presentar, hoy que celebramos la fiesta de su Asunción al Cielo, a María como la mujer de la Eucaristía.

En su seno se celebró la primera Eucaristía. La Eucaristía de la encarnación. Ella fue la primera en llevar en el cáliz de su seno, el primer pan eucarístico que era el Jesús encarnado, humanado, hecho hombre como nosotros.

Se puede decir que el seno de María fue el primer Sagrario que llevó la “Eucaristía de la Encarnación”. Es posible que fuesen pocos los que se acercasen a ese Sagrario para visitarle, pero ella y José fueron los grandes adoradores de ese misterio encarnado y guardado en el seno virginal. Y ella fue la primera en regalarnos en comunión el cuerpo de Jesús en el nacimiento de Belén.

Cuando, en la Ultima Cena, María escuchó las misteriosas palabras de “tomad y comed porque este es mi Cuerpo que será entregado”, debió sentir estremecerse de nuevo sus entrañas. En su corazón volvieron a sonar las Palabras del Ángel: “Concebirás y darás a luz un Hijo…”.

En aquel entonces era Dios que se hacía carne en su vientre de virgen. Ahora es Jesús que se hace Pan de Eucaristía en una mesa compartida. 

En aquel entonces se le decía que “le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo”. Y ahora escucha que esta nueva encarnación en el pan y en el vino también tenía un nombre “Eucaristía”, “pan-cuerpo, vino-sangre” que serán entregados y serán derramados para el perdón de los pecados.

La gran pregunta de María fue “cómo es posible todo esto”. La pregunta de María y de toda la Iglesia ante el misterio del pan y del vino es también, “cómo es posible”, “¿qué significa todo este misterio de amor?”

En cada celebración de la Eucaristía, María debió revivir el misterio de la encarnación. Ella le dio la carne humana, ahora Jesús, rebajándose aún más, se encarna en el pan y en el vino, sacramento del misterio pascual y sacramento de la comunión entre Dios y los hombres. Cada Comunión nuestra es también una especie de encarnación de Jesús hoy, pero esta vez en la pobreza del pan y del vino y en la pobreza de nuestro corazón no siempre tan virginal.

Eucaristía y Asunción de María

La Asunción es el misterio por el cual Dios eleva a María al cielo en cuerpo y alma. Y ¿qué es la Eucaristía sino la promesa de Jesús de la nueva vida divina en el cielo? “El que come mi carne y bebe mi sangre tendrá la vida eterna”.

Comulgar es sembrar semillas de eternidad en nuestras vidas. De tal modo que la eternidad no es algo que tengamos que esperar, sino algo que ya ha comenzado en nosotros. Una eternidad que todavía no ha florecido, pero una eternidad que ya está en semilla en nuestro corazón. Una eternidad que solo espera que el grano se corrompa en la tierra para que brote en tallo y frutos de eternidad.

María llevaba la eternidad en su corazón porque la máxima comunión que ha tenido lugar en la historia ha sido el sí de la encarnación. Si el pan de la Eucaristía es ya semilla de eternidad, el Jesús encarnado en su seno es ya la eternidad misma.

El cristiano no está condenado a la muerte, sino condenado a la vida. El cristiano vive en el tiempo, pero sentenciado a la eternidad. La eternidad ya está creciendo dentro de nosotros hasta la eclosión definitiva en eso que llamamos muerte y que Dios llama “dormirse” o como dice la liturgia “llamada”.

Esperar la muerte es para el cristiano estar esperando el despertarse o, mejor aún, para el cristiano la muerte es estar esperando la llamada.

La Adoración Eucarística

San Juan Pablo II en su Carta Apostólica “Quédate con nosotros”, en los números 17 y 18, insiste en una serie de detalles prácticos, en sugerencias de cómo celebrar la misa, cómo sentirnos delante del Señor Sacramenta. Creo sería bueno recordar algunas de estas indicaciones prácticas.

Los sacerdotes deben celebrar la Eucaristía expresando en su actitud y en sus palabras y en sus gestos, el misterio que tienen entre manos.

Los pastores deben dedicarse a la catequesis “mistagógica”, que ayude a descubrir el sentido de los gestos y de la palabras de la Liturgia, orientando a los fieles a pasar  de los signos al misterio y a centrar en él toda su vida. No se piden grandes lecturas teológicas, se piden catequesis vivas que provoquen el tránsito de los signos que se ven al misterio que se adora.

El pueblo fiel, debe ser motivado en varias direcciones: “La conciencia viva de la presencia real de Cristo”. Todo ello debe expresarse en el tono de voz, los movimientos y todo el comportamiento.

El silencio… Ante el misterio no sirve de mucho la razón. Ante el misterio la actitud es de adoración, de admiración, de contemplación. Y todo ello requiere la actitud del silencio. Es el silencio de quien se pone a la escucha de lo inaudible y lo invisible.

La Adoración Eucarística fuera de la misa. Esto debe ser durante este año un compromiso para las comunidades religiosas y parroquiales. “Postrémonos largo rato ante Jesús presente en la Eucaristía, reparando con nuestra fe y nuestro amor los descuidos, los olvidos e incluso los ultrajes que nuestro Salvador padece en tantas partes del mundo”.

No se trata aquí de devociones piadosas, se trata de recuperar la presencia eucarística de Jesús en la comunidad, se trata de avivar en la comunidad la conciencia de que es verdad: “Él está en medio de nosotros”.

Hombres invisibles

¿Recuerdas la película de James Whale, “El Hombre invisible”? El científico Jack Griffin había logrado una droga que permitía lograr la invisibilidad de las personas. Pues ahora no se trata de una película, se trata de algo muy real a decir de Mons. Stanislaw Rylko, delegado al Congreso de Laicos de Madrid, y que definió al cristiano de hoy: “Identidad clara y firme”, para hacer frente a “quienes quieren hacernos invisibles porque somos incómodos”, “tener la audacia de una presencia visible e incisiva en la sociedad”, “tener un sentido de pertenencia eclesial”.

Tres características importantes. Tal vez la primera sea la fundamental.

La sociedad quiere hacer “invisible” hoy a la Iglesia. Quiere hacer “invisible” al seglar hoy. Quiere hacer “invisible” al sacerdote y al religioso hoy.

Y la mejor manera de hacernos invisibles es que renunciemos a “nuestra identidad”, que seamos como todos, que no tengamos luz propia. Hasta los colores se distinguen por su propia luz. La blanca no es la luz negra, ni la luz de verde es la luz del rojo.

Cuando todos tenemos la misma luz todos somos iguales.

Cuando todos estamos metidos en la oscuridad no vemos a nadie.

Cuando todos somos igualitos tampoco se distingue a las personas.

Lo importante es tener luz propia, pero la luz propia nos viene de la propia identidad.  Donde todos somos como todos “nadie” es “alguien”. Comenzamos a incomodar, a molestar en la sociedad cuando somos cada uno lo que somos. Entonces se nos ve, se nos identifica. Comenzamos a no molestar a nadie cuando todos somos como todos.

Tener la audacia de una presencia. Tener el coraje y la audacia de que los demás me identifiquen. Tener la audacia de identificarme a mí mismo en medio de los hombres. No esconderme, mostrarme.

Que me vean y que sepan que estoy. Que sepan que tengo algo nuevo que decir. Que sepan que tengo algo distinto que hacer.

A la vez, sentir mi pertenencia eclesial. No soy un disgregado, soy un agregado. No soy un independiente, sino alguien que pertenece a alguien. Nuestro punto de referencia será siempre la Iglesia. Ella es y nosotros somos en ella y con ella.  (C.S.)

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