Domingo, 9 de agosto del 2026
“Estoy con ustedes todos los días”

Personalmente confieso que nunca he sentido miedo por los fantasmas. Siempre me pareció todo eso una tremenda tontería. Recuerdo que de niño gané mi primera apuesta (una peseta, que entonces era mucho) yendo de noche al cementerio donde las viejas del pueblo comentaban que los difuntos salían de las tumbas.
Más tarde, logré convencerme de que seguía sin demasiados miedos a esos fantasmas de la imaginativa popular, pero me encontré con otros fantasmas peores. Descubrí que en mi mente había demasiados fantasmas. Y estos sí me daban miedo y, además, fui reconociendo que se trataba de fantasmas que yo mismo me iba creando.
Los discípulos asustados en la noche por las olas que zarandeaban la barca, al ver a Jesús caminando por las aguas creen “ver un fantasma”. Lo que era para ellos la gran solución a sus miedos, se convierte en un fantasma. Y no solo eso, sino que: “Se asustaron y gritaron de miedo”. Hasta lo más bello e interesante puede convertirse en fantasma en nuestras cabezas. Fantasmas que nos paralizan, nos llenan de miedo, inutilizan nuestras vidas y hasta nos hacen gritar.
No. No me asustan los fantasmas, pero sí les tengo miedo a los creados por mi mismo. Porque esos “mis” fantasmas son capaces de inutilizar todos mis esfuerzos y todas mis energía:
Es el fantasma del “yo no puedo”. Sientes la llamada a algo grande y de inmediato surge tu fantasma: “Yo no puedo”. Y el fantasma del “no puedo” inutiliza y paraliza todas tus fuerzas y todas tus energías y hasta tus ilusiones.
Es el fantasma del “imposible”. Eso es muy bello y hermoso, pero “es imposible”. Y cuando vemos las cosas “imposibles”, ni las intentamos. Muchos de esos imposibles son posibles, pero nuestra mente los hace imposibles.
Es el fantasma del “eso no es para mí”.Claro, como no es para mí, no necesito ni intentarlo.
Hasta Dios termina siendo una especie de “fantasma”.Dios, la intimidad con Dios, la oración constante, la comunión plena con Él, eso es para gente especializada, para los santos. Preferimos verlo de lejos. Nos basta saber que existe, sentirlo como amigo de viaje, no es nuestro estilo.
¿No tendremos que sacudirnos demasiados fantasmas que sólo existen en nuestra cabeza, pero que nos neutralizan?
“Estoy con ustedes todos los días”

La Eucaristía pone a prueba nuestra fe. El creer sin ver. La Eucaristía ha sido vista siempre en la tradición de la Iglesia como el “sacramento de la presencia real de Jesús”. Al decir “presencia real” no estamos excluyendo la realidad de las demás presencias. El Concilio Vaticano habla de las distintas presencias de Jesús en la Iglesia: la presencia real en la Eucaristía, la presencia en su Palabra y la presencia mística en medio de la comunidad.
Se trata de una misma presencia a través de distintas manifestaciones.
La presencia eucarística: en las especies del pan y del vino: “Esto es mi cuerpo y esta es mi sangre”.
La presencia en su Palabra: La Escritura que proclamamos es su palabra, es Palabra de Dios hablando hoy a su pueblo.
La presencia mística: “Donde dos o tres estuviesen reunidos en medio de ellos estoy yo”.
Todo lo cual nos revela toda una serie de experiencias fundamentales para la comunidad cristiana.
En primer lugar, la insistencia de que “no nos deja solos”, de que no estamos abandonados a nuestra suerte, sino que Él sigue vivo y activo en medio de nosotros.
En segundo lugar, nos habla de que las presencias de Jesús se hacen mediante expresiones y manifestaciones distintas. Y entre estas realidades que expresan que Jesús está con nosotros están el pan y el vino, la palabra y la comunidad. Todos elementos humanos, realidades humanas y todas realidades sencillas, pero que es preciso trascender desde la fe. Aquí hay poco para la razón y todo queda para la fe. Aquí hay poco para la lógica y todo queda para la sabiduría de Dios.
A través del pan: comemos al que está con nosotros.
A través de la Palabra: escuchamos al que nos habla hoy y para hoy.
A través de la comunidad: nos convertimos en testigos de la presencia visible del invisible. La comunidad cristiana es como una especie de pan eucarístico que lo siente y lo expresa..
El peligro de querer hacer de Dios

No hacemos lo que podemos hacer como hombres y mujeres, y preferimos hacer lo que sólo Dios puede hacer. En la Biblia, una de las cosas que sólo Dios puede hacer es andar sobre las aguas, es una de las señales de su identidad. Andar sobre el agua no le corresponde al hombre, a lo más el hombre puede nadar.
Cuando Pedro oye decir que es Jesús el que viene andando sobre las aguas, siente grandes resistencias interiores para creérselo y no se le ocurre cosa mejor que pedirle a Jesús que demuestre que es Él, haciendo que también Pedro pueda andar sobre las aguas.
Nos cuesta fiarnos de la Palabra de Dios y le pedimos argumentos, que nos demuestre…
Le pedimos que nosotros podamos hacer lo que sólo Él es capaz de hacer. Cuando Pedro comienza a andar sobre las aguas, de inmediato, se da cuenta de que aquello no le corresponde a Él y comienza a sentir miedo. Y el miedo empieza a hundirlo bajo las aguas.
Hagamos lo que sí podemos hacer y que es mucho. No le pidamos a Dios milagros que no nos corresponden. Si nos embarcamos en algo que sólo Dios puede hacer, terminamos sintiendo el miedo bajo nuestros pies y nos hundimos. ¿Por qué no dejamos a Dios ser Dios y nosotros tratamos de ser hombres que ya es bastante? Cada vez que hemos intentado ser como Dios, nos ha ido mal. Fue la primera tentación “seréis como Dios” y así nos lució luego el pelo.
No apagues las estrellas

“Maestro, tengo un hijo adolescente que es insoportable. ¿Qué puedo hacer con él?”.
“Si quieres que la noche no sea tan oscura, no apagues las estrellas. Al contrario, enciéndelas todas”.
“No entiendo”.
“Si quieres que tu hijo tenga luz, no apagues sus ilusiones y esperanzas. Al contrario, enciende en su mente y en su corazón todos los ideales y todas las ilusiones”.
Primero apagamos las luces y luego nos lamentamos de la oscuridad.
Primero matamos las ilusiones y luego nos quejamos de que los hijos no miren más allá de su presente inmediato.
Primero les prohibimos soñar y luego nos sentimos defraudados de que renuncien a a los grandes ideales.
Primero les decimos que no valen para nada y luego los queremos ver luchando por ser héroes.
Primero les decimos que sean como todos y luego nos duele que nuestro hijo sea uno más del montó.
Así no, amigo. Nadie podrá segar si antes no ha sembrado. Nadie pretenderá ver a su hijo feliz de sí mismo, con alegría, si antes hemos segado en él todas las ilusiones. Quien apaga las estrellas tendrá que vivir con la oscuridad de la noche. Quien mocha los grandes ideales nunca podrá esperar grandes cosas del hijo.



