Domingo, 5 de julio del 2026
La Eucaristía, misterio de luz

San Juan Pablo II, desde la preparación para el Jubileo 2000, vivió una especie de obsesión espiritual: el misterio de Cristo como misterio de la luz. De ahí que el tema central del Jubileo era también “Contemplar el rostro de Cristo”.
En el 2005, con motivo del Año de la Eucaristía, Juan Pablo II, quiso ver la Eucaristía como el “misterio de luz”, el “sacramento de la luz”.
Él mismo se dio cuenta de que, siendo la Eucaristía, una especie de “sacramento del ocultamiento” de Jesús; sin embargo, se convierte en “misterio de luz”. Y nada mejor para explicarlo que el acontecimiento de Emaús. Las dos mesas que decía el Papa, la “mesa de la Palabra” y la “mesa del pan” están íntimamente unidas entre sí. Primero iluminamos a la comunidad con la luz de la Palabra, para luego entrar en la luz de la comunión con Jesús mismo como luz del mundo.
Así, los discípulos de Emaús reconocen que la “palabra escuchada por el camino” hacía arder el corazón. Pero fue luego, cuando sentados a la mesa, “se les abrieron los ojos”. Sus ojos que estaban cargados de tristeza y oscuridad, se abren y lo reconocen.
En sí, la Eucaristía pareciera más bien el “sacramento del ocultamiento de Jesús”. Sin embargo, es el sacramento donde le reconocemos, donde se nos abren los ojos y donde recuperamos la alegría del regreso a la comunidad.
No se trata tan solo de un fervor del corazón. Se trata de comulgar para “ver”. Se trata de comulgar para “reconocerle”. Se trata de comulgar, para descubrir el misterio pascual de Jesús. Esta es la verdadera comunión. Comulgamos para llenarnos de luz. Comulgamos para hacer de Jesús la luz de nuestra vida.
Los juegos trinitarios

Lo que nos dice hoy Jesús parece todo un juego trinitario.
Sólo el Padre conoce de verdad al Hijo.
Pero tampoco nadie conoce al Padre, sino el Hijo.
¿Y nosotros quedamos fuera de ese conocimiento del Padre y del Hijo?
Nadie conoce al Padre, sino aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
El Padre se manifiesta conociendo al Hijo.
El Hijo se revela conociendo al Padre.
Y nosotros llegamos a conocer al Padre si el Hijo nos lo revela.
Sólo Dios puede conocer a Dios.
Y sólo puede conocer a Dios aquel a quien Dios se revela.
El mejor camino del conocimiento de Dios Padre es la condición de hijo.
No por ser intelectuales, sino por ser hijos, llegamos al Padre.
Es la condición de filiación la que nos pone en actitud de descubrir al Padre.
Es la experiencia de nuestra filiación la mejor manera de que también nosotros revelemos el rostro del Hijo y del Padre.
Dios nos reconoce en nuestra condición de hijos.
Y la experiencia de hijos nos abre el camino para conocer a Dios.
La mejor manera de hablar de Dios es nuestra experiencia de filiación.
Aquí cuentan poco los intelectuales.
Pero sí cuentan los hijos.
Aquí sirven de poco las grandes inteligencias.
Pero sí nuestra verdad de hijos.
Yo no soy un gran sabio.
Pero soy hijo.
Yo no soy un gran filósofo.
Pero soy hijo.
Yo no soy un gran teólogo.
Pero soy hijo.
Yo no soy ni sabio ni entendido.
Pero tengo la ventaja de ser hijo.
Entre padres e hijos anda la cosa.
Entre padres e hijos anda el conocimiento de Dios.
La felicidad está dentro

Las cosas andan muy mal.
Pero tú puedes andar bien.
Lo que sucede en torno a ti anda mal.
Pero dentro de ti, todo puede andar bien.
Fuera de casa puede que haya una tormenta.
Pero dentro de tu casa todo está tranquilo.
La luz de la calle puede que esté apagada.
Pero dentro de tu casa hay una luz estupenda.
Los demás pueden estar intranquilos.
Pero dentro de ti puede haber serenidad.
Los demás pueden estar preocupados.
Pero tú puedes tener una gran paz.
Los demás pueden estar tristes.
Pero tú puedes tener dentro de ti mucha alegría.
Los demás puede estar enfermos.
Pero tú puedes estar muy sano.
Los demás pueden tener mucho miedo.
Y tú estar muy seguro de ti mismo.
Los demás pueden tener una conciencia sucia.
Y tú puedes tener una conciencia muy limpia.
Es que los demás son los demás.
Mientras que tú eres tú.
Una cosa es lo que les sucede a los otros.
Y otra cosa lo que te sucede a ti.
Una cosa es lo que acontece fuera en la calle.
Y otra lo que sucede en tu propia casa.
Una cosa es lo que le sucede a la pareja vecina.
Y otra lo que estáis viviendo vosotros.
La felicidad no son los otros.
La felicidad soy yo mismo.
La felicidad no está fuera.
La felicidad está dentro.
La alegría, remedio contra el estrés

Si estás triste, regálate una sonrisa. Mírate al espejo y sonríete.
Si estás cansado, levántate, mírate en el espejo, y sonríete.
Si te sientes tenso, detente, vete al espejo y habla contigo mismo.
Si estás estresado, ríete.
Comienza por una sonrisa.
Luego ríete en forma.
Termina con una sonora carcajada.
Es que la alegría es una de las mejores terapias.
Primero, tiene la capacidad de distraerte de tu preocupación.
Además, la alegría tiene la virtud de descongestionar los nervios.
La alegría pone mucho de paz en el espíritu.
La alegría es como una especie de masaje al espíritu.
La alegría puede comenzar un poco forzada.
Complétala con una sonrisa.
La serena alegría equilibra las taquicardias.
La serena alegría hace ver las cosas de otra manera.
La serena alegría te hace sentirte mejor a ti mismo.
¿Que tú no puedes sonreír?
Pues inténtalo y verás que puedes.
¿Que te cuesta sonreír?
Hazla prueba delante del espejo.
Comenzarás riéndote de ti mismo.
Comenzarás dándote cuenta de que con esa cara no puedes ir a ninguna parte.
¿No crees en nuestra receta?
¡Si no la has probado todavía!
Nunca digas no, si no has hecho la prueba.
Como es barata, comienza. ¿Y si no te da resultados?
¡Quédate con tu tristeza y verás que es mucho más cara que tu alegría!



