Domingo, 28 de junio del 2026
El que dé de beber…

Hay un principio en circulación que, aparte de peligroso, es sumamente empobrecedor. “Nadie se enriquece dando”. Lo cual vendría a decirnos que para enriquecernos es preciso “no dar” o, dicho de otra manera, “el egoísmo enriquece, mientras que la generosidad empobrece”. Con esta mentalidad ciertamente vamos a tener demasiados ricos y muy pocos pobres.
¿Será esta la lógica del Evangelio? Por lo que pueda suceder hoy leemos que Cristo nos dijo algo un tanto diferente: “El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca… no perderá su paga, os lo aseguro”. Es decir, la verdadera riqueza no viene “del no dar”, sino “del dar”. Y hasta resulta curioso, cuando se trata de dar siempre pensamos en dar cosas grandes. Lo cual implica una mentalidad igualmente egoísta. El egoísta no cree que el dar “algo”, aunque sea “vaso de agua” es importante. Como el egoísta piensa siempre en enriquecerse a sí mismo, cree que el que da poco no da nada y que de dar hay que dar algo grande para que la retribución también sea grande.
En cambio, el Evangelio no mide el dar por la cantidad de lo que se da. Un simple vaso de agua, eso es todo. Porque el problema del dar no es tanto la “cantidad”, sino la actitud del que da.
Creemos que celebrar la misa y entrar en la dinámica del dar caminan por el mismo camino porque, al fin y al cabo, la Eucaristía es el Sacramento de “dar y del darse”. Está centrada en el “cuerpo que será entregado”, y en la “sangre que será derramada”.
Participar en la misa no es simplemente un acto de piedad cristiana. Es meterse uno mismo en el misterio de la “entrega que hace de sí mismo Jesús a todos los hombres”. Comulgar con él, es sentirse en comunión con esa entrega de sí mismo. De tal manera que “comulgar” y quedarse encerrado en uno mismo, en el propio egoísmo, pareciera algo contradictorio. Comulgar es ponernos también nosotros en comunión con los demás, pero si no somos capaces de darnos del todo, al menos comencemos por dar cosas pequeñas: un vaso de agua, una sonrisa, una palabra de bondad, un gesto de servicio. No se nos pide que demos un “vaso de vino”, se nos dice un “vaso de agua”. No todos tendrán vino en sus casas, pero ¿un vaso de agua? ¿No valdrá una comunión un vaso de agua fresca? Dios se hace rico dándose. ¿Sólo a nosotros nos empobrecerá el dar?
Dios no mide cantidades

¿Recuerdas la ofrenda de la viuda en el Templo? Para Jesús ella dio más que todos los demás. Es que Dios no suele medir las cantidades, sino las actitudes. Dios no mira el “cuanto”, sino el “cómo”.
Lo que nos revela a nosotros mismos no es “cuánto damos”, lo que nos revela es “cómo damos”.
Unos podrán dar mucho, otros sólo podrán dar poco, pero todos podrán dar con “todo el corazón”.
Cuando das con todo el corazón nadie te puede pedir más.
Cuando damos con el corazón, cada uno dará según sus posibilidades.
Unos podrán dar cantidades, otros sólo podrán dar migajas.
Pero las migajas valen lo mismo porque lo que da valor a lo que das es el corazón.
Por eso cuando se nos dice que tenemos que dar, se nos está hablando a todos. A ricos y a pobres. Lo bello de la vida sería que “ricos y pobres” no estuviésemos enfrentados, ni acusándonos mutuamente. Lo bello de la vida es que ricos y pobres tengamos un corazón grande, tan grande como el corazón de Dios.
Resulta curioso el hecho de que, nadie se fija en lo mucho que tiene Dios. Todos nos fijamos en lo tremendamente grande que es su corazón.
Hay una canción que todos debiéramos cantar cada mañana: “Danos un corazón, grande para amar, danos un corazón fuerte para luchar”. No midas lo que reparten tus manos. Mira el corazón que se da a través de tus manos.
Enseñar a dar

Mis experiencias de niño tienen bastante de doloroso. Fueron años de mucha escasez y pobreza. Hablar de tres comidas al día era un lujo. La mayoría convertíamos el almuerzo en almuerzo y cena. Y la abuela sabía hacerlo de maravilla. Era cuestión de almorzar no al medio día, sino a las cinco o seis de la tarde. Así valía para el mediodía y valía para la cena de la noche.
Un día yo quise adueñarme del pedazo de pan más grande. La abuela, con su sabiduría de aldeana me dice: “Primero son los otros, después es uno, y si ahora sólo piensas en ti, cuando seas mayor no pensarás en nadie”. Yo no sé donde aprendió la abuela esa sabiduría, pero confieso que desde aquel día siempre me quedaba al último para agarrar el pedazo de pan que me tocase, que siempre era bien poco.
Hay cosas que no se aprenden con ideas. Hay cosas que sólo se aprenden desde la realidad de la vida. Enseñar que primero son los otros. Enseñar que primero deben comer los otros. Enseñar que primero deben beber los otros. Enseñar que los otros son tan importantes que bien merece la pena que yo coma el último.
En mis años de seminario he aprendido muchas cosas, pero la advertencia de mi abuela me quedó gravada toda la vida. Y aún hoy, más de una vez se me viene a la cabeza. Y hasta sospecho que he manipulado aquella enseñanza porque a veces prefiero sean los otros los que toman primero las cosas, porque así, por deferencia, me dejan a mi la tajada más grande. ¿Nunca te ha sucedido esto? Es que nuestro egoísmo tiene una serie de escapes fuera de serie. Nuestro egoísmo, si no estamos atentos, sabe camuflarse de bondad, pero para salir con la suya. Al menos, yo lo he sentido muchas veces.
Lo que se da

Lo que se da no se pierde.
El pan que se da no se endurece.
El agua que se da no se pudre.
El tiempo que se da no se hace aburrimiento.
El saludo que se da se conserva vivo durante el día.
La sonrisa que se da, nunca se borra de los labios.
La alegría que se da, nunca se apaga.
La vida que se da nunca muere.
El pan que no comes y no das, se endurece.
El agua que no bebes y no das, se corrompe.
La sonrisa que no das, endurece tus labios.
La alegría que no das, se muere en tu corazón.
El perdón que no das, termina envenenando tu espíritu.
Ayer me fijé en los pedazos de pan que quedaban en la mesa.
¿Adónde irán a parar?
Ayer me fijé en la cantidad de comida que sobraba.
¿Adónde irá a parar? ¿Al tacho de la basura?
¡Tanto tacho lleno y tanto estómago vacío!
Lo confieso, no me entiendo a mí mismo.



