Domingo, 11 de octubre del 2026
Invitaciones y evasiones

A Dios pudiéramos llamarlo de una manera muy simple: Dios es invitación. Dios es “llamada”.
Y al hombre pudiéramos calificarlo de: “evasión”, “fuga”, “huida”. El hombre vive sintiendo las llamadas e invitaciones de Dios, pero termina siendo un constante “huir de Dios”. El hombre tiene miedo a Dios. Pudiera parecer algo extraño; sin embargo, el hombre vive en constante “evasión” a las llamadas que recibe de Dios. Alguien dijo que el “beso de Dios es mortal”. Porque es un beso que es la invitación a la entrega total y el hombre tiene miedo a esa totalidad. Prefiere vivir de migajas.
Dios es amor. Por eso Dios se pasa la vida celebrando bodas. Es la boda eterna del Hijo y es la constante boda con cada uno de los hombres. Pero los hombres huyen de esta boda. Saben que es una boda que compromete hasta el fondo y compromete para siempre.
El hombre prefiere esas otras bodas que se pueden romper al día siguiente. Prefiere esas bodas solemnes que pueden terminar en un divorcio de mutuo consenso. Sin más razones válidas que la propia voluntad.
“Uno se marchó a sus tierras”. “Otro se marchó a sus negocios”. Y “otros prefirieron matar a los portadores de la invitación”. Cada uno metido en lo suyo. Cada uno encerrado en su pequeño mundo. Pero todos rehuyendo el compromiso con Dios.
A estos M. Weber los calificaba con cierta dureza: “Son hombres que “carecen de oído para lo religioso”. Hombres que escuchan la llamada de sus ocupaciones y de sus quehaceres, pero sordos a las llamadas de Dios.
Los hombres se pasan la vida escuchando llamadas. Basta observar cómo todos andamos ahora con el celular en la oreja. Basta que suene para que inmediatamente le prestemos nuestros oídos y respondamos.
Pero nos llama Dios y nuestros teléfonos están siempre ocupados o colgados. Nadie escucha porque nadie quiere escuchar. Muchos creen que Dios ya no llama, que ha enmudecido, y la verdad es que Dios sigue siendo Palabra, llamada, invitación. ¿No seremos nosotros los que estamos perdiendo el oído de lo religioso? Lo escuchamos todo, escuchamos a todos, menos a Él.
En cambio, San Juan de la Cruz escribirá: “Señor, Dios mío, tú no eres extraño a quien no se extraña contigo. ¿Cómo dicen que te ausentas tú?”.
Excluidos del banquete

Hoy son muchos, demasiados, los que están excluidos de la mesa de los invitados. Las cifras están ahí. No se inventan.
850 millones de personas en el mundo sufren hambre.
100 millones son latinoamericanos.
1.600 millones de personas están en peores condiciones que hace 15 años.
200 millones de niños menores de 5 años están desnutridos.
11 millones de niños mueren cada año por desnutrición.
Otros datos que hablan por sí solos:
1 de cada 2 personas vive con menos de 2 dólares al día.]1 de cada 3 personas no tiene acceso a la electricidad.
1 de cada 5 personas vive con menos de 1 dólar al día.
1 de cada 5 personas no tiene acceso al agua potable.
1 adulto de cada 7 personas es analfabeto.
1 niño de cada 3 sufre desnutrición.
6 millones de niños mueren cada año por enfermedades curables.
141 millones de niños no reciben enseñanza primaria.
La lista es mucho más larga. La lista de los excluidos de la mesa es larga y dolorosa. Hay mucho dolor en esas colas de espera por un pedazo de pan. Esas son realidades que están ahí. El desarrollo ¿para quienes es? ¿La solidaridad humana dónde está? El dolor que está lejos no duele. Aunque tampoco tendríamos que ir tan lejos para encontrarnos con él. Todo esto ¿nos dice realmente algo? No se trata de provocar a nadie, se trata de tomar conciencia. “Id por todos los caminos e invitad a todos a mi banquete”. ¿Y éstos cuándo serán invitados?
Dios nunca fracasa

“La sala del banquete se llenó de comensales”. Puede que sean muchos los que se hacen sordos a las invitaciones y llamadas de Dios, pero no por eso fracasará el banquete de Dios.
Puede que los invitados primeros se nieguen a participar.
Puede que los invitados preferenciales renuncien a ser comensales.
Pero aún queda mucha gente en los caminos: “Id ahora al cruce de los caminos y todos los que encontréis, convidadlos a la boda”. Ellos “reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos”.
Es el misterio de la gracia. Con frecuencia, los preferidos dicen no a Dios. Los primeros llamados, dicen no. Pero aún quedan muchos más por ahí por los caminos. Los que nadie invita. No siempre los primeros son primeros. Con frecuencia, no siempre los que nosotros consideramos buenos, son los primeros. En el misterio de la gracia nos llevamos demasiadas sorpresas. En el banquete de Dios puede que falten muchos invitados personalmente, pero siempre hay otros disponibles, aquellos a quienes nadie invita. Quienes tienen invitaciones todos los días, posiblemente, no sienten interés por las invitaciones de Dios. En cambio, aquellos a quienes no invita nadie, esos se sienten sorprendidos por la llamada y dicen que sí. Mi ausencia no dejará la sala vacía, Dios tiene quien me supla.
Mi ausencia, será una descortesía con Dios, pero mi asiento lo ocupará otro. Dios no fracasará. El salón estará siempre lleno.
El ruido de un chelín

Cuentan que uno iba por la calle. Había ruido, todo el mundo caminaba hablando. De repente, alguien se detuvo y miró y con los ojos buscaba algo en el suelo. “Aquí está”. Era un simple chelín que alguien había perdido.
El compañero le preguntó: “¿Cómo era posible que sintiese el ruido del chelín en la calle, en medio de aquel ruido?”. Él, muy sereno respondió: “Cada uno escucha lo que lleva en su corazón”.
Una gran verdad. Cada uno escucha más con el corazón que con las orejas y oídos. Cada uno escucha ruidos diferentes a los otros.
Quien vive con el corazón metido en el mundo del dinero, escucha hasta el ruido de un chelín caído en la calle.
Quien vive con el corazón lleno de mundo, sólo escucha las voces del mundo.
Quien vive con el corazón lleno de Dios, escucha las voces de Dios.
Es decir, escuchamos lo que llevamos en el corazón.
Escuchamos aquello que amamos con el corazón.
Escuchamos al hombre, cuando amamos a los hombres.
Escuchamos a Dios, cuando amamos a Dios.
Escuchamos lo que amamos.
Muchos se quejan de no escuchar a Dios. Y no lo escuchan porque Dios pasa desapercibido en su corazón. No escuchan a Dios porque Dios es algo intrascendente en su corazón. No es que Dios se haya callado. Dios sigue siendo Palabra y sigue llamando.
El silencio de Dios está más en el corazón que en Dios. Es posible que un chelín rodando por la calle saque más ruido que Dios hablándote. Por eso mismo, cada uno escucha cosas distintas. Por eso, mientras unos escuchan a Dios, otros solo sienten su silencio.



