Domingo, 12 de abril del 2026
Jesús abre todas las puertas

Este Segundo Domingo de Pascua nos relata los dones pascuales de Jesús a sus discípulos. Es la primera vez que se les aparece y la primera vez que lo ven resucitado. Es la primera vez que Jesús resucitado irrumpe en la primera comunidad eclesial. ¿Y cómo los encuentra?
Con un corazón cargado de miedo y con las puertas cerradas.
¿Qué hace Jesús? Lo primero, abrir las puertas. Jesús no quiere una Iglesia con las puertas cerradas, sino una Iglesia con las puertas abiertas a todos. Jesús no quiere una Iglesia recluida sobre sí misma, sino abierta a todos los hombres, a todas las razas y a todos los colores.
Tal vez, sea esta la primera lección del resucitado a sus discípulos, a su pequeña Iglesia. Por eso mismo, les regala con el don de su Espíritu y les confiere la misión, el continuar con su propia misión.
Miedo a los demás. Es el primer problema de la Iglesia. Una Iglesia con miedos y no con la valentía de abrirse a todo y a todos, es una Iglesia que todavía no ha descubierto que Él está vivo y está resucitado.
Puertas cerradas. Nosotros solos, los buenos, los que creemos en Él, con las puertas cerradas a los otros, a los que no son de nosotros, a los que no son de los nuestros, a los que no son de nuestra mentalidad.
Miedo al cambio que es la Pascua, “paso de”. Una Iglesia que no quiere pasar de lo viejo a lo nuevo. Una Iglesia que no quiere arriesgarse a la novedad del Espíritu de la Pascua. Esa no es la Iglesia de Jesús. Esa no es la Iglesia de la resurrección. Una Iglesia que cierra las puertas mediante una serie de exigencias y de reglas y de leyes, esa no es la Iglesia pascual que Jesús quiere.
Nuestra Iglesia, ¿es realmente una Iglesia pascual o una iglesia pre pascual? Una Iglesia que en vez de abrirse a los nuevos aires del Espíritu persiste en conservar lo de siempre, por miedo a lo nuevo.
La Resurrección de Jesús comienza por romper las puertas, por atravesarlas. Creer en la Resurrección de Jesús es vivir abiertos y sin miedos a nada ni a nadie, es vivir abiertos al soplo del Espíritu y es abrir las puertas a todos, a los buenos y a los malos, a los que piensan de manera diferente a nosotros. Los que van por delante abriendo caminos.
La Resurrección es el comienzo de lo nuevo, de lo diferente, de lo distinto. Una Iglesia pascual tiene que ser también una Iglesia abierta a lo nuevo, a lo diferente, a lo distinto.
La Comunidad, testigo de la fe

El relato evangélico sobre la incredulidad pone de relieve la importancia de la comunidad como “testigo de la Resurrección”. Evidente signo de la “Iglesia como testigo pascual”.
Tomás no niega su fe en Jesús. Lo que Tomás hace, y este es su pecado, es no creer al testimonio de la comunidad. En la primera aparición “Tomás no estaba con ellos” y cuando le comunican que Jesús está vivo y que se les ha aparecido, confiesa que no les cree. “Si no meto mi dedo…”. Prefiere su experiencia personal que al testimonio de sus hermanos.
A partir a la Resurrección, la fe no nace de ver personalmente a Jesús, sino del testimonio de la comunidad, el testimonio de la Iglesia. De ahí el gran equívoco de quienes también dicen “yo creo en Jesús, pero no en la Iglesia”. La Iglesia tendrá sus defectos, como los tenía la Comunidad Pascual a la que Jesús se apareció “al atardecer del primer día”, que era una comunidad llena de miedo, con las puertas cerradas y todos ellos con el corazón y la mente metidos en el sepulcro vacío. Es a ellos a quienes Jesús hace testigos de su Resurrección.
¿Nos vamos ahora a extrañar de las debilidades de la Iglesia? Nos guste o no, con sus virtudes y sus muchos defectos, la Iglesia sigue siendo el testigo vivo de que Jesús ha resucitado, es ahí donde tendremos que encontrarlo todos. Jesús no se le apareció exclusivamente a Tomás solo, se le apareció cuando estaba en “la Comunidad”, para que aprendiese que quien quiera ver a Jesús necesita estar dentro de la Comunidad. ¿Se dan cuenta de la importancia de cada una de nuestras Comunidades e Iglesias?
La Iglesia, comunidad pascual

¿Cómo ha de ser la Iglesia como Comunidad Pascual?
Una Iglesia reunida.
Una Iglesia que comparte sus dudas y sus miedos.
Una Iglesia que siente la presencia del Resucitado.
Una Iglesia que anuncia a los demás su experiencia del Resucitado.
Una Iglesia que sigue anunciando, aunque alguien no le crea.
Una Iglesia de hombres nuevos “recreados”.
Una Iglesia de hombres que han recibido al Espíritu Santo.
Una Iglesia que ha de continuar la misión de Jesús.
Una Iglesia de la misericordia y el perdón.
Una Iglesia que mira constantemente las llagas del Crucificado.
Una Iglesia que vive la alegría del Resucitado.
Una Iglesia que celebra al Resucitado cada domingo.
Una Iglesia que se reúne cada domingo en torno al Resucitado.
Una Iglesia que no excluye a nadie porque es para todos.
Este es el sentido del domingo.
Esta es la misión de quienes “lo han oído, visto” y lo anuncian a los que no han venido.
Una Iglesia que ha perdido el miedo al mundo.
Una Iglesia que sale luego con la conciencia de tener una misión que cumplir.
Para la Iglesia el Domingo es un día pascual.
Cada domingo celebra, vive, canta que Jesús sigue vivo entre nosotros.
Quise meter mis dedos…

En tus llagas y toqué las heridas del que sufre.
En tus llagas y terminé tocando las manos vacías del pobre.
Quería meter mis dedos en tus llagas,
y terminamos los dos dándonos un apretón de manos.
Quería meter mis dedos en tus llagas,
y las encontré duras y encallecidas.
Quería meter mis dedos en tus llagas,
y sentí que me dolían las mías.
Quería meter mi mano en tu costado,
y me encontré con muchos corazones que sufren.
Quería meter mi mano en tu costado,
y me encontré con muchos corazones solitarios.
Quería meter mi mano en tu costado,
y me encontré con muchos corazones decepcionados.
Quería meter mi mano en tu costado,
y me encontré con muchos corazones heridos.
Quería meter mi mano en tu costado,
y acaricié el corazón de un anciano.
Quería meter mi mano en tu costado,
y me encontré con un niño que lloraba.
Quería meter mi mano en tu costado,
y encontré un corazón vacío.
Quería meter mi mano en tu costado,
y me encontré con un corazón que latía de amor.
Ahora que miro estas mis manos,
descubro en ellas el dolor de las tuyas.
Ahora que miro mis manos,
siento latir tu corazón en ellas.



