Domingo, 17 de mayo del 2026
Guardemos el secreto

Hoy celebramos la Fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos. A partir de hoy comienza algo nuevo en medio de nosotros. Es realmente curiosa la despedida de Jesús, por una parte, nos dice que se va y, a la vez, nos dice que se queda. Y que conste que no dice que “volverá”, sino que dice claramente: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.
Este es el gran secreto de la vida cristiana. Jesús se fue, pero a la vez “sigue estando”. ¿Cómo es eso de que se va, pero sigue estando? Nosotros no estamos solos, la Iglesia no está sola, lo tenemos a Él, que sigue en medio de nosotros. No lo veremos como antes, pero tiene una nueva presencia, un nuevo modo de estar. Los cristianos, la Iglesia, tenemos un secreto que guardar: que no estamos solos porque Él está con nosotros, no de visita para tomarse un café algún día de fiesta. Está con nosotros “todos los días”, es decir, siempre. No está como uno cualquiera sino como alguien que sigue animándonos, alguien que sigue dándonos vida.
Con frecuencia, vemos a la Iglesia desde afuera, desde la periferia, y no la vemos por dentro. Es posible que no siempre la Iglesia expresa la belleza de su vida. Pero aún así, por dentro lleva una vida que la sostiene y la mantiene viva a pesar de todas sus flaquezas.
Nuestra fe en la Iglesia no es solo fe en los hombres de la Iglesia, sino la fe en una Iglesia que lleva dentro el misterio de la presencia de Jesús. Este debiera ser el gran secreto de los cristianos. Nos pueden ver como a los demás hombres, pueden ver a la Iglesia como a cualquier institución; sin embargo, para quienes tenemos fe, por dentro, llevamos una fuerza que nos hace ser más que nuestras propias debilidades. La Iglesia depende del Papa, de los Obispos y del Pueblo de Dios, pero la Iglesia depende mucho más de alguien que la habita y que la anima, que es el Señor.
No somos un grupo de amigos, ni siquiera somos un grupo de hermanos en una misma fe, somos un grupo animado desde dentro por la presencia de Jesús. Él es el corazón, la garantía de la Iglesia y fuerza de la Iglesia. Este es el misterio de la Ascensión: el final de un modo de ser y de estar de Jesús, por un nuevo modo de ser y estar invisible, pero real.
Él está ahora de nuevo junto al Padre de donde vino a nosotros por la Encarnación, pero está junto al Padre sin dejar de estar “con nosotros”, no solo en los momentos buenos, sino también en los momentos difíciles e incluso de oscuridad. Si alguien nos pregunta dónde está la fuerza del cristiano y la fuerza de la Iglesia, conservemos el secreto porque alguien invisible está con nosotros. Él es nuestra garantía.
“Id…”

La Ascensión es el regreso de Jesús al Padre,
pero es también la fiesta del “envío”.
Los envió al mundo
y a todo el mundo.
Los envió a los hombres
y a todos los hombres.
Los envió a anunciar el Evangelio, a “hacer discípulos”.
Jesús no los llamó
para que formasen
un grupo de amigos y de gente buena.
Los llamó para enviarlos.
Los retuvo consigo tres años,
pero ahora los envía a los caminos del mundo.
No les dice vayan aquí o allí. Los envía al mundo. La casa de los discípulos de Jesús no tiene salas de estar, ni televisor con sofás para ver películas. La casa de los discípulos de Jesús es el mundo. Una casa sin puertas ni paredes ni ventanas, sólo con caminos.
Esta es la casa de la Iglesia. Esta es la casa de cada uno de los que hemos recibido el anuncio del Evangelio. Jesús no nos llamó para decirnos: “Sentaos y ved televisión”, sino “Id y anunciad… Id y haced discípulos”. Ese es su mandato. ¿Será por eso que al final de cada misa, luego de escucharle a Él y comulgar su cuerpo, se nos dice: “Esto ha terminado, id en paz”? La misa termina también con un envío.
¿Te vas sin dejarnos?

Te vas, pero no nos dejas.
Te vas, pero sigues con nosotros.
Te vas y nosotros seguimos dudando de Ti,
pero Tú sigues creyendo en nosotros.
Te vas pero sin irte.
Igualito que cuando viniste a nosotros.
Estabas con el Padre y estabas con nosotros.
Ahora vuelves al Padre, pero sin dejarnos.
Nos encomiendas la gran misión del Reino, pero
¿no te das cuenta de que estamos aún verdes?
¿no te das cuenta de que seguimos inmaduros?
Pero Tú sigues terco en tus trece:
“Id y haced discípulos míos”.
Pero ¿no te das cuenta que seguimos aún como discípulos?
Y Tú nos quieres hacer maestros.
Sabes que nuestra fe aún es débil,
pero Tú insistes en que la compartamos.
Sabes que seguimos vacilando,
pero Tú insistes en que vayamos a hacer creyentes.
Tú sabes que no estamos preparados,
pero Tú nos prefieres así
porque Tú no buscas maestros.
Buscas hombres como los demás,
Débiles como los demás.
Prefieres los testigos a los maestros.
Prefieres a los débiles más que a los fuertes.
¿Qué es un laico?

El Documento de Puebla dio una definición maravillosa del seglar o del laico: “Hombres de la Iglesia en el corazón del mundo, y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia” (DP 786).
En primer lugar, los laicos son hombres de Iglesia, pero que no se quedan metidos en la sacristía de la Iglesia. Son hombres que se meten en el corazón del mundo. Alguien ordenó que en su tumba pusieran como epitafio: “Aquí yace un creyente que vivió amando profundamente al mundo”.
Jesús nunca nos pidió que para ser discípulos suyos debiéramos salirnos al mundo. ¿Adónde iríamos? Lo que sí nos dijo es que nos preservasen de la mentalidad del mundo porque uno es el mundo y otra cosa la mentalidad mundana. Por eso el cristiano tiene que amar al mundo, que nadie nos tilde de enemigos del mundo.
Por eso somos también “hombres del mundo”, pero en el corazón de la Iglesia. Llevamos la Iglesia al mundo y llevamos el mundo al corazón de la Iglesia. La Iglesia está en el mundo y está para el mundo. La Iglesia ilumina al mundo. Además, la Iglesia también se siente cuestionada por el mundo.
El seglar está llamado a vivir estas dos realidades. No solo vivirlas, sino unirlas en un mismo corazón. Poner corazón al mundo y ponerle corazón a la Iglesia. El seglar es el puente entre la Iglesia y el mundo y viceversa.



