Domingo, 24 de mayo del 2026
Las lenguas del Espíritu Santo

No, no se trata de una Academia de lenguas porque no es una lengua que podamos aprender en la Academia. Es la lengua que inspira el Espíritu Santo, es la lengua que todos entienden y esa lengua se llama “el lenguaje del amor”.
El día de Pentecostés, el Espíritu Santo los inundó y los llenó de su propio amor. Les regaló el don de la vida en el Espíritu. Si el Espíritu Santo es el amor que une al Padre y al Hijo en la Trinidad, también es el que nos une a todos con Dios y a todos con nosotros mismos.
Pentecostés el símbolo de lo que Dios puede hacer en el hombre cuando éste se deja iluminar e inundar del don del Espíritu Santo, es el día de los hombres nuevos, es el día en el que los hombres comienzan a cambiar la historia, porque comienzan a hablar el lenguaje del Espíritu que es el lenguaje del amor.
Pentecostés como la Pascua de la Iglesia. Así como Jesús sale del sepulcro resucitado, el nuevo hombre, así también en el día de Pentecostés los Discípulos salen por fin de su propio sepulcro. La Resurrección se activa en ellos y terminan siendo también ellos unos resucitados.
Hasta entonces eran los hombres cobardes que se escondían llenos de miedo. Hoy es el día en que salen de su escondite y, por primera vez, sienten la fuerza del Espíritu que actúa en ellos y dan comienzo al anuncio, a la misión. Hasta entonces también ellos pensaban y hablaban como los demás hombres. “Pensáis como los hombres y no como Dios”. Desde hoy comienzan a pensar como Dios y a hablar como Dios.
Hasta ahora hablaban el lenguaje de los hombres, desde ahora comienzan a hablar el lenguaje del Espíritu que es el lenguaje del amor. El lenguaje del amor es el único que no necesita de traductores ni de traducción simultánea porque lo entendemos todos en nuestras propias lenguas, porque lo entienden todos los pueblos y todas las razas. Por eso es también la lengua más universal una que bien pudiéramos llamar “la nueva lengua de la humanidad”.
El amor tiene tantas traducciones cuantos son los que se sienten amados. La palabra amor puede decirse de diferentes maneras en cada una de las lenguas, pero cuando esa palabra se hace vida, todos la entendemos. Es el sentirse amado lo que hace la verdadera traducción, por eso todos los entendían. Nos entenderán cuando nuestras vidas sean el lenguaje del amor.
Secuencia del Espíritu Santo

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo,
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido:
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
Amén.
Unidad en la diversidad

La Iglesia es una y, a la vez, es plural.
La pluralidad no es un obstáculo a la unidad, ni la unidad puede ser un obstáculo a la pluralidad.
Pablo es claro cuando nos dice:
“Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu.
Hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor.
Además, hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.
En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”.
Lo hemos leído en la segunda lectura de hoy.
Dones, ministerios, funciones son múltiples en la Iglesia, pero todos ellos son don y fruto de la acción del Espíritu Santo. Haciendo cosas diferentes; sin embargo, somos una misma Iglesia. Ocupando lugares distintos, seguimos siendo una misma Iglesia porque en el corazón de la Iglesia está el Espíritu que precisamente la fuente de todos esos dones, ministerios y funciones.
Por eso mismo cada uno somos una expresión de la Iglesia, nadie es toda la Iglesia. Nadie tiene todos los dones de la Iglesia.
Por encima de todos esos dones está el Espíritu Santo que nos une a todos en una misma meta “el bien común”. Las diferencias no nos hacen ser más que los demás porque toda diferencia ha de estar al servicio de todos. Aquí nadie es más que nadie. Aquí todos somos distintos o con servicios distintos, pero todos somos iguales en el Espíritu.
Nadie debe escandalizarse de la diversidad en la Iglesia. Nadie debe sentirse más que nadie. El único que está por encima de todos es el Espíritu Santo. Él es el alma de la Iglesia.
Evangelio y vida pública

Para nadie es un secreto que hoy se trata de impedir la presencia de la Iglesia en la vida pública. Los Obispos reunidos en la V Conferencia del CELAM dicen en su Documento final:
“Sea un viejo laicismo exacerbado, sea un relativismo ético que se propone como fundamento de la democracia, animan a fuertes poderes que pretenden rechazar toda presencia y contribución de la Iglesia en la vida pública de las naciones, y la presionan para que se repliegue en los templos y sus servicios “religiosos”. Consciente de la distinción entre comunidad política y comunidad religiosa, base de la sana laicidad, la Iglesia no dejará de preocuparse por el bien de los pueblos y, en especial, por la defensa de principios éticos no negociables porque están arraigados en la misma naturaleza humana” (Aparecida 504).
La Iglesia no se mete en política cuando defiende los valores fundamentales de la persona porque éstos no dependen de la sociedad, sino que son derechos naturales esenciales de la persona y esos “son innegociables políticamente”. Estos están incluso por encima de la política y de la Iglesia misma.



