Hoja Parroquial

Pascua 3 – A | Los discípulos de Emaús

Domingo, 19 de abril del 2026

“¿No ardía nuestro corazón?”

Cada vez que hablamos del relato de Emaús nos solemos quedar todos con la tristeza que los embargaba y la desilusión que había invadido sus vidas. Sencillamente como unos ilusos frustrados que se retiran del grupo y regresan a su pasado.

Pero muy pocas veces nos fijamos en el detalle que ellos mismos confiesan de cómo “ardía su corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras”. Pareciera que nos encanta regodearnos con la tristeza de la gente, con la desilusión y con la sensación del fracaso. En vez de sentir la alegría de un camino que sí comenzó con la tristeza en el alma, pero que al sentir la presencia de ese “tercero anónimo”, el corazón comienza a calentarse y el alma comienza a despertarse, hasta terminar  con ese abrírseles los ojos, sentir la alegría de reconocerle y ponerse de nuevo en el camino del retorno, para volver a comenzar de nuevo.

¿No tendría que ser este relato un poco el símbolo de lo que tendría que ser la Iglesia y lo que tendríamos que ser todos y cada uno de los cristianos? Porque, con frecuencia, sentimos que la Iglesia, en vez de ser el Jesús que “hace arder los corazones” de los hombres, prefiere ser una Iglesia triste con una sensación de miedo, de inseguridad, de seriedad que, más que invitar al reconocimiento de Resucitado, pareciera una invitación a la resignación y al cansancio, a la seriedad y a la tristeza del corazón.

La Iglesia es hoy el “Sacramento del Resucitado” que está llamada a ponerse en el camino de los hombres para anunciarles la buena noticia pascual. Es el sacramento del que está vivo y, por tanto, tendría que ser la Iglesia del anuncio gozoso, la Iglesia que primero calienta los corazones tristes y resignados, para luego ayudarles a abrir los ojos y que cada hombre pueda reconocer que a su lado camino Jesús resucitado.

No dudamos de que la Iglesia tenga que predicar y anunciar una moral, pero la moral de qué nos sirve si no brota de la gozosa experiencia de Jesús resucitado. La moral no puede ser algo que se impone, sino algo que brota del corazón fruto de la alegría de habernos encontrando con el que había muerto pero ahora está vivo.

Es necesaria una predicación y un anuncio del Evangelio que, en vez de aburrirnos y cansarnos, nos despierte el alma y caliente nuestros corazones, para que luego nuestros ojos puedan abrirse y reconocerle.

¿Cristianos desilusionados?

Un periodista, medio disfrazado, se puso en la puerta de una Iglesia, quería ver qué cara ponían los cristianos al entrar y al salir de la Iglesia. Un amigo suyo le había hablado mucho de que tenía que convertirse y cambiar de vida regresando al Evangelio.

Al final del día sintió una gran desilusión. “Vi que la gente entraba demasiado seria y que a los tres cuartos de hora salía con la misma cara con que habían entrado. Tenía una cara de haber cumplido con algo pero no percibí en ellos la alegría de haberse encontrado con Alguien”. “Mi amigo me había hablado de que la Misa era una fiesta para los cristianos y yo me imaginaba que la gente acudiría como se va a una fiesta y que saldría como se sale de una fiesta. Pero, la verdad, me decepcioné. Ni les vi cara de fiesta al entrar ni tampoco al salir”.

¿Será esta la impresión que damos los cristianos? ¿Será esta la impresión que ofrece la Iglesia a los hombres y mujeres de hoy? ¿No tendríamos que ser una Iglesia del Resucitado que caminamos por la vida anunciando la vida y anunciando la alegría de la Pascua?

¿Seremos cristianos resignados caminando hacia Emaús o seremos cristianos de regreso de Emaús cargados con la buena noticia de haberle reconocido? Cristianos camino de Emaús son cristianos tristes y desilusionados de su fe o que al menos no la sienten. Mientras que cristianos de regreso de Emaús son cristianos llenos de alegría que no son capaces de dormir de gozo y tienen prisa para volver a darles la buena noticia a sus hermanos. Lo lindo es que cuando llegan, también el resto de discípulos está celebrando la misma fiesta: “Se nos ha aparecido”. “Nosotros lo hemos reconocido”.

Emaús, una Misa Pascual

Si nos fijamos un poco en el texto, el relato de Emaús pareciera como una catequesis sobre la Eucaristía. En ella se dan los siguientes pasos:

De camino a casa. Un poco como la gente que, cargada de problemas y situaciones difíciles, decide ir a la casa del Señor.

La Homilía. En el camino Jesús les ayuda a iluminar sus vidas con la explicación de las Escrituras. Lo hace uniéndose a ellos y compartiendo con ellos sus desilusiones y fracasos. Sus palabras van encendiendo sus corazones.

La Comunión. Luego ya en casa, Jesús pasa a la consagración del pan y se los da en comunión. Es entonces que se les abren los ojos y lo reconocen.

Veámoslo ahora desde nosotros mismos. Cada uno va a Misa con su propia vida. Cada uno con sus propios problemas y dificultades. A veces incluso con corazón lleno de dudas y de desilusiones.

La Palabra de Dios no es ninguna explicación teórica, es la palabra que trata de iluminar esos estados de ánimo, iluminar sus problemas y sus crisis. No es una clase de teología, es un leer la Palabra de Dios desde la realidad de la gente. No dice el texto que desde entonces sabían más, dice que su corazón “ardía”. Es decir, la palabra de Dios tiene que llegar al corazón, porque sólo así estarán preparados para compartir el pan.

Pero tampoco es suficiente la Palabra. Se necesita el encuentro personal en la comunión del pan. Una comunión que tiene que ser una experiencia de Jesús, un sentirlo resucitado y un reconocerlo. Luego, debemos levantarnos, volver a nuestras familias y hogares con una experiencia nueva que nos ha cambiado y con deseos de llevar al resto la buena noticia de que Jesús está vivo. “Lo hemos visto”, “lo hemos reconocido”. No salimos de Misa sabiendo más teología. Salimos de Misa con más experiencia pascual en nuestro corazón y con más ansias de compartirlo y anunciarlo a los demás. ¿Serán así nuestras Misas?

Emaús y los novios

El Emaús de Lucas tiene un “pre Emaús”. La Resurrección de Jesús está marcada por la desilusión y la sensación de fracaso a consecuencia de la muerte de Jesús. Diera la impresión de que la muerte de Jesús fue para ellos como un final, una historia incompleta: “Nosotros esperábamos…”. Por eso les resulta tan difícil reconocer el hecho de la resurrección.

Es que no se puede entender ni la Muerte ni la Resurrección cuando no se ha querido escuchar previamente las explicaciones que Jesús les dio. Por tres veces les dijo que “el Hijo de hombre tenía que padecer y que lo matarían, pero que resucitaría”. Pero ellos, metidos en su propia mentalidad no quisieron aceptar esta realidad. Por eso, cuando las cosas se dieron, ellos no estaban preparados, no habían entrado en la mentalidad de Jesús, y por eso no lograban entender la muerte y tampoco lograban entender la resurrección.

¿No es esto lo que en el fondo les sucede también a los enamorados y novios? Se les dice que tienen que prepararse para ser esposos, que deben hacer un curso, pero ellos se creen que lo saben todo. Y el tiempo del noviazgo resulta prácticamente un tiempo inútil. Una simple espera de la boda sin saber las consecuencias.

Y luego, cuando se casan resulta que los sueños dejan de ser sueños, y se comienza a vivir la realidad. Ahí comienzan los problemas: “No nos conocíamos”, “no somos compatibles”, “incompatibilidad de caracteres”. Y eso que han estado un montón de años de enamorados y novios…

Los de Emaús demuestran no entender nada. El resto tampoco entiende nada. Por eso todo les parece un fracaso y un imposible. Si le hubiesen escuchado antes, ahora todo les sería más claro. Si hubiese una mejor preparación, el matrimonio hubiese sido también más fácil.

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