Domingo, 21 de junio del 2026
El miedo a Dios

Decimos que no. Pero, en el fondo, nuestros primeros miedos son para con Dios. Y nuestros grandes miedos se dan en la oración porque la verdadera oración es ponernos desnudos delante de Dios. Orar es escucharle a Él. Orar es dejarnos guiar por Él. Orar es ponernos en sus manos. Orar es dejarle a Dios decidir de nuestras vidas. Orar es decirle “hágase tu voluntad y no la mía”. Y esto sí es un tremendo riesgo.
Es ahí donde nosotros tenemos demasiados miedos. Tenemos miedo a que nos desinstale donde estamos. Aquí me siento bien y Dios quiere que salga de aquí. Tenemos miedo a que nos ofrezca unos retos y desafíos para los que no estamos preparados.
Incluso tenemos miedo a que nos saque de nuestro pecado. Quisiéramos salir, pero en el fondo no queremos. No queremos renunciar a algo que nos gusta y a lo que no queremos renunciar.
Tenemos miedo a que Dios nos diga nuestra verdad y nos proponga horizontes diferentes.
El joven que está haciendo proyectos para su vida, tiene miedo de que Dios lo llame y le invite a otra forma de vida, como la sacerdotal y consagrada.
El que se ha hecho su propia vida espiritual, más o menos acomodada, sin mayores definiciones, tiene miedo a que de una vez le diga: cambia, decídete, nada de verdades a medias.
En el fondo, no es que le tengamos miedo a Él, sino a sus exigencias, a sus llamadas. Miedo a que nos diga “deja todo lo que tienes y dáselo a los pobres y luego sígueme”. Miedo a que nos diga: “Deja a tu padre y a tu madre, y a tus proyectos y ven conmigo”. Miedo a que nos grite: “Deja tu vulgaridad, tus compromisos a medias y decídete”. Por eso no nos queda mejor camino que “no oírle, no escucharle”. Es la mejor manera de evitar a Dios. El miedo a las exigencias de Dios ha dejado a muchos santos en el camino.
No tener miedo a la crítica en la Iglesia

Solemos tener mucho miedo a criticar los problemas de la Iglesia y esto nos empobrece mucho. Criticar o juzgar, no es condenar. Criticar o juzgar no es dejar de amar. ¿Acaso no nos han enseñado siempre a hacer cada día nuestro examen de conciencia? Nadie examina su conciencia por maldad o porque se quiere mal. Sino precisamente porque se ama y quiere mejorar. El mismo Concilio Vaticano II confesó que la Iglesia estaba siempre “en constante conversión”. Quien está convirtiéndose cada día, quiere decir que tiene fallos, pero quiere superarlos.
Hay una doble crítica en la Iglesia: una crítica interna dentro de la misma Iglesia y una crítica externa que viene de afuera de la Iglesia. La crítica interna es siempre positiva, porque normalmente acepta a la Iglesia, pero trata de confrontar sus defectos. Mientras que la crítica externa, de ordinario juzga a la Iglesia misma. Cuestiona a la Iglesia como tal. Si juzga y critica sus defectos es para desacreditar a la Iglesia misma. Es una crítica destructiva. En tanto, cuando la crítica nace de dentro, es la vitalidad misma de la Iglesia que quiere renovarse. No está la Iglesia en cuestión sino sus deficiencias que se quieren suprimir.
Para muchos, la autocrítica de la Iglesia, pudiera sonar a falta de amor. Y la pregunta es muy sencilla ¿es falta de amor el querer renovar y convertir la Iglesia al Evangelio? Muy por el contrario, hace mucho más daño a la Iglesia quien, por un falso amor, calla, que quien porque precisamente la ama, trata de reconocer sus fallos.
Es preciso tener el coraje de reconocer nuestros fallos y deficiencias. Porque sólo así podremos cambiarlos. La mejor manera de caminar no es cerrando los ojos sino abriéndolos.
No tengáis miedo a hablar de Dios

No tengáis miedo a hablar de Dios.
No tengáis miedo a creer en Dios.
No tengáis miedo a dejaros inquietar por Dios.
No tengáis miedo a confesar a Dios.
No tengáis miedo a apostar por el Evangelio.
No tengáis miedo a renunciarlo todo por Él.
No tengáis miedo a arriesgarlo todo por Él.
No tengáis miedo a la novedad del futuro.
No tengáis miedo al mañana.
No tengáis miedo a decir sí donde otros dicen, no.
No tengáis miedo al miedo.
Vuestro único miedo sea:
Tener miedo a la gracia.
Tener miedo al impulso del Espíritu.
Tener miedo a no ser santos.
Miedo, sí: a la mentira.
No a la verdad.
Miedo, sí: al pecado.
No a la gracia.
Miedo, si: a la vulgaridad.
No a la elegancia espiritual.



