Hoja Parroquial

Domingo 22 – A | Cargar la cruz

Domingo, 30 de agosto del 2026

La lección que nunca aprendieron

Mejor habría que decir: la lección que nunca quisieron aprender. Diera la impresión de que existe en nuestra mente y en nuestro espíritu como una especie de filtro de las ideas y las verdades. Hay verdades que no quisiéramos que fuesen verdades. Hay verdades que no nos interesa comprenderlas. Entonces aparece en nuestra mente una especie de filtro que impide penetren en nuestro corazón. Por algo dice el refrán: “Nada se cree tan fácilmente como aquello que se espera”.

Los discípulos nunca se sintieron a gusto escuchando a Jesús cuando éste les hablaba su final, de su pasión y de su muerte. Oían, pero no escuchaban. Oían, pero a la vez sentían un rechazo instintivo. Hay en nosotros como una especie de filtro que grita: “¡No lo permita Dios, Señor!”.

Jesús trató de hacerles toda una catequesis sobre su Pasión y Muerte, y, otras tantas veces, ellos cerraron sus mentes. No quisieron escucharle. No quisieron creer que fuese verdad. Con frecuencia, nos imaginamos que por el hecho de rechazar la verdad, ya deja de serlo. Podemos rechazar la verdad, pero sigue siendo verdad.

Esta resistencia a ser educados, formados e instruidos en la Pasión y Muerte tuvo luego sus consecuencias. Llegado el momento se sintieron desbordados. Los acontecimientos fueron más allá de sus resistencias.  Llegado el momento no estaban preparados para aceptar la realidad, y menos aún para comprenderla y superarla.

Los dos de Emaús son un claro ejemplo. Por eso Jesús, se dedicó por el camino, a repetir la lección. Volvió a explicarles, demostrándoles que todo estaba predicho en las Escrituras y que negarse a aceptar la realidad era cerrarse a la sabiduría de las Escrituras. Fue preciso que tropezasen con la realidad de la Pasión y Muerte para que se les abriese la inteligencia.

La desorientación de los discípulos durante la Pasión se debe a que no estaban preparados para afrontarla. Y no lo estaban porque nunca la quisieron aceptar en sus mentes y en sus corazones. En la Pasión pudieron descubrir que Dios no hace las cosas porque nos gustan, sino porque hay que hacerlas. Dios no hace las cosas porque son de nuestro agrado, hace lo que tiene que hacer, incluso si nos escandalizamos. Podremos escandalizarnos de Dios y hasta negarlo, pero Dios no cambiará ni modificará sus planes salvíficos. Y ese es nuestro eterno problema: “Pensamos como los hombres, pero no pensamos como Dios”. Mientras no convirtamos nuestros pensamientos a los pensamientos de Dios, estaremos en constante lío y conflicto con Él, no nos entenderemos nunca.

No deformemos la Cruz de Jesús

Nos hemos acostumbrado a llamar “cruz” a cualquier cosa y con ello hemos deformado mucho la verdadera cruz del cristiano.

Me duelen las muelas. Es tu cruz para este día. Y es la voluntad de Dios.

Me duele la cabeza. Es tu cruz. La cruz que te manda Dios hoy.

He tenido un accidente. Es tu cruz. Es la voluntad de Dios.

¿Son estas las cruces de las que habla Jesús? ¿Son esas las cruces que tenemos que cargarnos y seguirle a Él? Ciertamente que no. La verdadera cruz del seguidor de Jesús es la misma cruz de Jesús. No es otro distinta. Lleva la misma madera, el mismo peso y la misma hechura. Jesús nunca llamó cruz a la enfermedad, ni al dolor de muelas, ni al dolor de estómago. Ni dijo nunca que esa era la voluntad de Dios.

La cruz de Jesús es consecuencia de una vida. Es consecuencia de lo que decía, de lo que hacía. Era la cruz de la fidelidad a la voluntad de Dios. La cruz de la fidelidad a la obra de salvación. Digámoslo así: la cruz del seguidor de Jesús es la que nos viene como consecuencia de nuestra fe, como consecuencia de nuestra fidelidad. Tengo que ser fiel a mi matrimonio en una indisolubilidad hasta el final de mi vida. He sido abandonado, me he quedado solo/a, humanamente tendría derecho a ser feliz con alguien, pero prefiero ser fiel al sacramento, aunque me quede como un aburrido. Esa es la cruz de mi fidelidad al ideal evangélico del matrimonio. Difícil de entender ¿verdad? Pero es mi verdadera cruz cristiana. No la enfermedad ni el dolor, sino el dolor consecuencia de ser fiel hasta el final.

Por eso la cruz no vale por lo que duele, sino por lo que tiene de fidelidad a Dios, al bautismo, al matrimonio, es decir, al Evangelio. Jesús no murió por amor al dolor, sino porque amó su obediencia al Padre en fidelidad hasta el extremo de su amor.

Epifanía de comunión

La Eucaristía en modo alguno pretende un intimismo individualista. No podemos olvidar que la Eucaristía es “el cuerpo y la sangre de Cristo”. Pero, no es el único.

La Iglesia es también “el cuerpo de Cristo”.

La “comunidad eclesial” es también el Cuerpo de Cristo.

Al comulgar no podemos separar el “cuerpo eucarístico” de Jesús del “cuerpo eclesial”.

Cuando comulgamos, comulgamos el “cuerpo del pan eucarístico”, pero también tenemos que comulgar el “cuerpo de Cristo que es la Iglesia”. Además, tenemos que comulgar “el cuerpo eclesial de la comunidad en que estamos”.

Jesús es el mismo del “cuerpo pan y vino” y el del “cuerpo Iglesia” y el “cuerpo comunidad eclesial”.

No puedo comulgar el “cuerpo-pan”, si no comulgo el “cuerpo-Iglesia”.

No puedo comulgar el “cuerpo-pan”, si no comulgo el “cuerpo-comunidad”.

Las sacramentalidades pueden ser distintas, pero uno es el Señor, un mismo Cristo.

El mismo Cristo de la Eucaristía es el mismo Cristo-Iglesia.

El mismo Cristo de la Eucaristía es el mismo Cristo-comunidad.

De ahí que la “Eucaristía-Comunión” es a la vez comunión con Cristo y comunión con la Iglesia y comunión con la comunidad eclesial. La comunión eclesial es como la epifanía de la comunión eucarística. La comunión eucarística es como la epifanía comunión eclesial. No puedo dividir en mi experiencia de fe en el Cristo de la Eucaristía y en el  Cristo de la Iglesia y de la comunidad. Por eso comulgar es hacer experiencia de Cristo y experiencia a la vez de la Iglesia y de los hermanos. Comulgo a Cristo y comulgo a la Iglesia y comulgo a mi comunidad. La Iglesia se expresa en la Eucaristía y la Eucaristía expresa la naturaleza íntima de la Iglesia. Resulta interesante la actitud de los dos de Emaús: tan pronto como reconocieron que era el Señor, se pusieron en camino de regreso a la comunidad de Jerusalén.

Diez peticiones de un niño a sus padres

  1. Mis manos son pequeñas. Por favor, no esperes perfección cuando me mandas coger algo. Y mis piernas son pequeñas y débiles, ¿podías caminar un poco más lento para que pueda seguirte?
  2. Mis ojos todavía no han visto el mundo como tú lo has visto. Por favor, déjame explorarlo. No me limites innecesariamente.
  3. El trabajo siempre estará ahí. Yo seré pequeño sólo por un corto tiempo. Tómate un tiempo para explicarme las cosas maravillosas de este mundo y hazlo con alegría.
  4. Mis sentimientos son frágiles. ¿Podías estar más atento a mis necesidades? Puede que para ti no tengan importancia, para mí son importantísimas.
  5. Soy un regalo especial de Dios. ¿Podrías atesorarme como Dios lo hace? Respeta lo que hago. Dame principios y valores para mí. No gritos. Esos solo asustan y no enseñan.
  6. Para crecer necesito de tus críticas, pero mucho más el que me enseñes a que yo mismo aprenda a criticarme. Es posible que no estés de acuerdo con todo lo que hago, pero eso no te da derecho a hacerme sentir poca cosa.
  7. Ya sé que todavía no he madurado. Pero déjame tomar mis propias decisiones. Déjame equivocarme, para que aprenda de mis errores. Algún día estaré mejor preparado.
  8. Y eso sí, no lo hagas todo por mí. Deja que yo haga lo que puedo hacer. Eso me hará sentirme más importante, y más útil. Me ayudará a tener más fe en mí.
  9. No tengas miedo en alejarte algún tiempo de mí. Los hijos necesitamos también de nuestro tiempo y tenemos derecho a unas vacaciones de los padres. También ustedes necesitan unas vacaciones sin nosotros.
  10. Ah, no te olvides de mostrarme el camino para que también descubra a Dios. No me des el tuyo. Deja que yo haga mi propia experiencia de fe. Tú muéstrame el camino, el resto lo haré yo.  (Autor desconocido y modificado Clemente Sobrado)

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