Hoja Parroquial

Cuaresma 3 – A | Don de Dios

Domingo, 8 de marzo del 2026

“Si conocieras el don de Dios”

La gran pregunta que inquieta a la mujer samaritana es: “Si conocieras el don de Dios…” La acusa de no aceptar a Dios. No la acusa de tener en su corazón tantos dioses. Simplemente le hace sentir que aún no ha descubierto a Dios como don, como regalo.

Es el problema de cada uno de nosotros. Hoy, con suma facilidad, excluimos a Dios de nuestras vidas. Preferimos vivir sin Él o al margen de Él. Como que no lo necesitamos o, incluso, como si Dios fuese un estorbo en nuestras vidas.

¿Será porque somos malos? Yo no lo creo. Más bien me atrevo a decir que nuestro problema es que no conocemos a Dios como “don”, como el gran “regalo de nuestras vidas”.

Para muchos, Dios resulta algo intrascendente. Se puede vivir tranquilamente sin Él.

Para otros, Dios suele ser un estorbo que nos impide vivir y siempre nos está poniendo cortapisas.

Para otros, Dios termina siendo un fastidio porque nos impide disfrutar de aquello que a nosotros nos interesa y nos gusta.

No. Yo no creo que haya mala voluntad en nuestros corazones. Sencillamente, no hemos descubierto a Dios como el gran bien de nuestras vidas, como el único que puede apagar nuestra sed y el único que puede llenarnos y dar sentido a nuestras vidas. Tal vez la culpa no esté en la gente, sino en quienes hemos presentado un Dios, por una parte complicado y fastidioso y, por otra, un Dios inútil sin el cual se puede vivir tranquilamente y sin mayores conflictos y problemas.

No hemos descubierto a Dios como nuestro gran “don”, como el gran regalo que se nos hace. Ese era el problema de la samaritana que llena su vida de maridos y no lograba apagar su sed. Llenaba su vida de hombres y su corazón seguía vacío. Cada día tenía que cargar con su cubo y venir al pozo a buscar agua porque la que tenía en casa se agotaba cada día.

Descubrir a Dios como “don” es reconocerlo como un regalo, como el que es capaz de darnos sentido, de hacernos felices, de apagar nuestra sed de felicidad, de apagar nuestras ansias y anhelos de las cosas.  En realidad, nuestras vidas podrán tener momentos de alegría y de placer y hasta pasar los días inútilmente, aunque sólo Él es capaz de llenarnos y darnos plenitud. Esto no se logra con simples ideas, sino sólo cuando le abrimos nuestro corazón y dejamos que Él lo llene. Conocer a Dios como don no es cuestión de ideas, es problema de experiencias, de experimentarlo y vivirlo. Hay que hacer la prueba.

Dios no discute, dialoga

Es curioso el encuentro de Jesús con la mujer de Samaria. No discute con ella. No discute de religión. No discute sobre sus dioses. No discute sobre tantos maridos. Es que discutir es poner al otro en autos para comenzar a defenderse. Dios prefiere que bajemos la guardia y vayamos abriéndole nuestro corazón. Jesús sencillamente dialoga y lo hace de la manera más sencilla. Es por ese camino que va entrando en ella como el aceite sobre la madera, se va metiendo en su corazón casi sin que ella se entere.

Jesús dialoga sin ofenderse. La mujer comienza muy tiesa, retadora: “¿Cómo tú siendo judío me pides a mí de beber?” Jesús no responde al reto, sencillamente desvía la conversación y la va envolviendo en el misterio de la sed y de la gracia. Tampoco le echa discursos vacíos, sencillamente se mete por las pocas rendijillas que ella deja abiertas. Comienza por la sed, sigue con el agua, la lleva a un agua nueva, a un sed nueva hasta que termina dentro de su secreto, sus maridos. Cuando uno se siente tocado por dentro, comienza a abrirse. Se ve en el diálogo, primero Jesús es un judío, un enemigo, luego pasa a ser “Señor”, luego ya lo ve como un “profeta” y termina reconociéndole como el Mesías.

¿Por qué discutiremos tanto y tan inútilmente? Discutir es distanciarnos más y aferrarnos más a nuestras seguridades.

¿Por qué no dialogaremos más? Dialogar no sobre ideas, sino hablar desde el otro, desde lo que al otro le duele, desde lo que el otro lleva dentro. Entrar dentro del otro sin herirlo, sino con amabilidad, con bondad, con respeto y deseos de responder a sus inquietudes. Ese es el verdadero diálogo, ese es el diálogo que nos lleva al encuentro, a bajar cada uno las armas y abrirnos mutuamente el corazón. ¿No podrían dialogar así los maridos y esposas? ¿No podrían dialogar así los padres y los hijos? ¿No podríamos dialogar así los pastores con nuestros fieles?

“Nosotros mismos lo hemos visto”

Hay un rasgo en esta historia de Jesús y la Samaritana que nos marca el camino hacia Dios. En primer lugar, una vez que la mujer reconoce a Jesús como el Mesías, se olvida del pozo y del balde, y va corriendo al pueblo a contarlo a todos.

En segundo lugar, el pueblo acude en masa a ver lo que decía la mujer y cuando se han encontrado con Jesús dicen: “Ahora creemos, no porque tú nos lo has dicho, sino porque nosotros mismos lo hemos visto”.

En tercer lugar, han visto, pero han visto porque alguien que vio primero fue a comunicarlo. Tampoco es suficiente conocer a Dios por las simples referencias de otros. La referencia de terceros puede ser el primer paso, pero luego es preciso que cada uno llegue a ver personalmente. La verdadera fe sólo se da cuando uno mismo hace la experiencia de Dios. De lo contrario, la fe se convierte en simple noticia. La fe necesita la noticia, pero tiene que avanzar de la noticia, del simple conocimiento, a la experiencia. Creemos también, no porque los demás nos lo han dicho, creemos porque lo que nos dijeron nosotros lo hemos podido sentir, ver y experimentar.

Este es el proceso de la fe. Los padres dan la noticia de Dios a los hijos, pero no pueden darles la fe. La fe comienza cuando los hijos comienzan a sentir a Dios dentro de sus corazones. Este suele ser, con mucha frecuencia, nuestro problema. Nos quedamos con aprender el Catecismo, pero luego no establecemos relaciones personales con Él. Nos quedamos con una fe de cabeza, pero sin la fe del corazón.

No desperdicies agua

Por fin, nos estamos dando cuenta de la importancia del agua.

Dicen que el agua es un recurso en peligro, dicen que hay que economizarla, no perderla. La que tú y yo desperdiciamos otros la necesitan, pero hay muchas clases de agua.

El agua del seno materno. Nuestra primera piscina, en la cual aprendimos a nadar antes de nacer.

El agua del Bautismo. No fue mucha la que nos echaron, pero suficiente para tener siempre vivas las raíces de nuestra fe y de nuestra vida de hijos de Dios.

El agua que bebemos cuando tenemos sed. Es el agua que apaga la sed de nuestra sangre.

El agua que Dios nos regala en la lluvia. Moja, pero refresca el ambiente y da vida a los campos.

El agua que corre por los ríos. Siempre deja una estela de verde, como un camino en la estepa.

El agua que brota de los pozos. Es el símbolo del espíritu que mana dentro de nosotros y es el símbolo del agua de la vida que nos ofrece Jesús.

El agua con la que nos lavamos cada mañana. Nos permite tener limpio el cuerpo.

El agua con la que regamos las plantas. Agua que se hace tallo y flor.

El agua que brotó del corazón de Cristo en la Cruz. Símbolo de la nueva comunidad.

El agua que brotó de la roca. Símbolo del poder de Dios y su atención y cuidado del pueblo.

El agua que se hizo vino en Caná. Primer signo de la presencia del Evangelio entre nosotros.

El agua que el Sacerdote mezcla al vino en la Eucaristía. Recuerdo del misterio de la cruz y de las raíces de la Iglesia.

Ya ves, hay muchas clases de agua y también muchas clases de sedientos.

Con el agua damos las bendiciones y Dios nos bendice con el agua.

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