Domingo, 5 de abril del 2026
Resucitó, ¿dónde está?

La mañana de Pascua está llena de luces y de sombras, está llena de vida y sigue llena de muerte. Mientras Dios convierte la mañana de Pascua en una mañana de luz y de vida, los hombres la convierten en la mañana de los sepulcros.
La mañana de Pascua está llena de luz, porque Él ha resucitado. Pero para los discípulos es una mañana demasiado cargada de sombras. Él está vivo, pero ellos siguen contemplándolo muerto. Él está libre y ellos lo siguen buscando atado en el sepulcro.
Resulta una mañana extraña. Una mañana que Dios la vive como la mañana del triunfo definitivo de la vida. Mientras tanto, los hombres la vivimos como la mañana del que está muerto y enterrado. Todos caminan al sepulcro. Todos buscan en el sepulcro. Todos quieren visitar al que está muerto.
Por eso, la verdadera Pascua sólo comienza de verdad cuando comienza a brillar en el corazón de los hombres. Jesús es la Pascua, pero el mundo se convertirá en Pascua cuando la Pascua de Jesús se haga Pascua de los hombres.
No es suficiente que Jesús haya resucitado es preciso saber dónde encontrarlo. ¿Dónde poder verlo? No es suficiente que Jesús esté vivo, es preciso que nosotros lo descubramos vivo. No es suficiente que Jesús esté a nuestro lado, hay que escuchar su voz que nos llama por nuestro nombre.
Por eso mismo, la Pascua no es una idea, es una realidad. No es algo que sabemos, sino algo que sentimos, vemos y experimentamos. La Pascua comienza de verdad cuando nosotros podemos decir: “Es cierto, nosotros lo hemos visto”.
El problema de la fe y del creyente está ahí. No en saber que Dios está vivo, ni siquiera saber que anda en medio de nosotros. El problema de la fe es experimentar al Dios vivo. Es sentirnos nosotros mismos cambiados por Él. Nuestro problema pascual hoy está también en eso, en “buscar”, pero buscar donde Él está. Es escucharle. Sentir que Dios nos llama por nuestro propio nombre. El verdadero problema de nuestra pascua es estremecernos al sentirnos llamados, al sentir que Dios dice nuestro nombre. ¿Sigues buscando en el sepulcro o has escuchado tu nombre en labios del resucitado? Si lo has escuchado, entonces vives.
Resucitó, ¿será cuento?

No faltan quienes pretenden afirmar que la Resurrección no es una realidad, sino una especie de sueño. No es la Resurrección la que despierta la fe, sino la fe religiosa la que crea la Resurrección. Un truco bien armado por los discípulos para justificar su fe en el que estaba muerto. Los relatos pascuales van por otro camino.
En primer lugar, el primer personaje no es Jesús vivo, sino los discípulos desorientados buscándole y buscándole nada menos que en el sepulcro. No tenían ni pizca de idea de que pudiera resucitar.
En segundo lugar, hasta se da la curiosa actitud de que les cuesta creer en Él resucitado. Tienen más resistencias contra la Resurrección que razones a favor de la misma. Los discípulos, aunque parezca mentira, están más a favor de que está muerto que de que está vivo.
En tercer lugar, no son ellos quienes primero lo ven y luego creen en Él. Muy por el contrario, es Él quién se les aparece primero, y aún así “dudan”. Se diría que necesitan más argumentos para reconocerlo vivo que muerto. De ahí que Jesús constantemente esté dándoles razones para demostrar que es Él y que vive. Les muestra las manos, come con ellos.
El verdadero argumento de la Resurrección no es el sepulcro vacío, ni Jesús lo utilizó nunca. El verdadero argumento es Él mismo que se les presenta, les saluda, les muestra las manos, se sienta a la mesa y comparte con ellos. No, no es un cuento. Es el acontecimiento esencial de nuestra fe.
¿Había futuro o no?

La Resurrección es el lado luminoso de los imposibles.
La Resurrección es la afirmación de un futuro que parecía imposible.
La Resurrección es el posible de Dios a los imposibles humanos.
¿Alguien podía ver futuro contemplando la cruz del Viernes Santo?
¿Alguien apostaría algo por el futuro del resucitado?
¿Alguien veía una luces al otro lado de la Cruz?
El Viernes Santo es el símbolo de nuestros imposibles y nuestras desesperanzas.
El Domingo de Pascua es el símbolo de todas nuestras esperanzas.
La Cruz era el fracaso del Proyecto divino del Reino.
La mañana de Pascua es el Sí de Dios al Reino.
La Cruz era el fracaso de una vida carente de sentido.
La Pascua es el triunfo de una vida que soñó y miró lejos.
La Cruz es la mirada del hombre a los imposibles.
La Pascua es la mirada de Dios que todo lo ve posible.
Cuando confiesas que ya nada es posible en tu vida. Estás en Viernes Santo.
Cuando confiesas que aún la noche tiene luz, ya estás amaneciendo a la Pascua.
La esperanza cristiana no se fundamenta en lo que se ve con claridad.
La esperanza cristiana se fundamenta en las posibilidades pascuales de Dios.
¿Que no ves nada? Sin embargo, al otro lado hay luz.
¿Que no ves nada? Después, al otro lado de la Cruz, está la Pascua.
Creo en la vida…

¿Creo en la vida?
Luego he resucitado.
¿No tengo miedo a la muerte?
Luego he resucitado.
¿No me derrumbo en las pruebas?
Luego he resucitado.
¿Tengo esperanza a pesar de todo?
Luego he resucitado.
¿No me desaliento en las dificultades?
Luego he resucitado.
¿Creo en los demás, a pesar de sus faltas?
Luego he resucitado.
¿Creo en la Iglesia, a pesar de sus pecados?
Luego he resucitado.
¿Creo aún cuando no veo nada?
Luego he resucitado.
¿Creo que cuando todo me sale mal, aún hay razones para esperar?
Luego he resucitado.



