Hoja Parroquial

Santísima Trinidad – A | Lo que Dios dice

Domingo, 31 de mayo del 2026

¿Qué dice Dios de sí mismo?

Recuerdo una de las catequesis de Juan Pablo 1, el Papa de la sonrisa y la anécdota. Hay, decía él, tres tipos de Juan. El Juan que es en realidad, el Juan que él cree ser y el Juan que ven y piensan los demás. Aplicando la imagen a Dios, pudiéramos decir también: “El Dios que es en sí mismo”, “El Dios que nosotros nos imaginamos” y “El Dios que nosotros predicamos”. Si queremos conocer la verdad de Dios no podemos partir de nuestras pobres ideas sobre Él, sino de lo que Él mismo nos ha dicho de sí mismo. Porque es posible que, con frecuencia, ese Dios del que tanto hablamos sea una pobre caricatura de Dios. De Dios solo sabemos aquello que Él nos ha revelado de sí mismo.

Muchos quieren buscar a Dios en los libros y es posible que los libros revelen más nuestra idea sobre Dios que la verdad de Dios mismo. Dios se nos ha revelado en la Sagrada Escritura. Sólo leyendo su Palabra podremos conocerle un poco, y decimos un poco porque cuando Dios se nos revela lo tiene que hacer de una manera inteligible para nosotros, entonces se expresa en nuestro pobre lenguaje. La verdad de Dios trasciende nuestra inteligencia y nuestras ideas y palabras. La mejor expresión de Dios es sin duda Jesús, que es el Dios encarnado.

¿Y qué dice Dios de sí mismo? Lo dice todo y no dice nada. Dios se define a sí mismo como el Dios-Amor. Como el Amor. Pero luego somos nosotros los que volvemos a limitarlo y empobrecerlo porque pensamos en nuestro amor que es bien pobre y limitado. Por eso mismo, como Dios es Amor, Dios se manifiesta como Padre, como misericordia, como comprensión, como perdón, como salvación, como bondad, como amabilidad.

Toda la historia de la Revelación es la historia del amor de Dios para con los hombres y llega a expresarse, no con esos términos teológicos difíciles de entender, como Trinidad, sino con términos como “padre, como esposo, como novio”, que son las expresiones humanas que mejor expresan para nosotros el amor.

Si queremos saber algo de Dios tenemos que escucharle a Él. No conozcas a Dios por lo que otros te dicen de Él, eres tú mismo quien tiene que hacer la experiencia personal, eres tú mismo quien tienes que escucharle, eres tú mismo quien tienes que sentirlo en tu corazón. No se conoce el amor en los libros sino amando. No se conoce el corazón sino sintiendo sus propios latidos. Dios no cabe en tu cabeza, pero Dios sí puede caber en tu corazón. Por eso Dios no habita tanto en nuestra cabeza cuanto en nuestro corazón. Si quieres saber algo de Él, mejor lo escuchas dentro ti, en tu propio corazón. “Señor, habla, que tu siervo escucha”.

¿Por dónde se comienza a ser cristiano?

Ya sé que muchos dirán: “Por el Bautismo”. Hay en ello algo de verdad, pero no es toda la verdad. No todos los bautizados son realmente cristianos en su vida. El Papa Benedicto XVI nos dijo algo que pudiera ayudarnos a iluminar esta realidad.

“Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4,16). Estas palabras de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, Juan nos ofrece, por así decirlo, una formulación sintética de la existencia cristiana: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él”.

“Así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Dios es Caridad n.1).

Ser cristiano implica, por tanto, reconocer a Dios como amor, creer en el amor. Descubrir nuestra verdad de hombres y mujeres desde esta experiencia de un Dios amor. No somos cristianos porque cambiamos simplemente de conducta, ni porque tenemos grandes ideas sobre Dios. Somos cristianos cuando llegamos a un encuentro personal con Dios amor. El filósofo es el que cree en sus propias ideas. El cristiano es el que cree en el amor de Dios y en un Dios amor. Luego surge la pregunta: ¿Soy realmente cristiano?

El Dios de los brazos largos

Cuentan que una profesora mandó a los niños que pintasen a Dios. Cosa difícil, ciertamente. Pero los niños tienen sus intuiciones y uno de ellos pintó un hombre con los brazos largos hasta el suelo. Preguntado qué significaba aquello, el niño respondió: “Le he puesto los brazos largos que llegan hasta el suelo porque los brazos de Dios son tan grandes que abrazan a todos los hombres”.

¿Usted cómo lo pintaría? Es posible que la pintura no fuera de gran valor artístico, pero ciertamente será de un enorme valor espiritual y de fe.

El Dios de los brazos largos.
El Dios que tiene que abrazar a todos los hombres.
Nada de ese Dios barbudo tipo patriarca, sino un Dios amor, bondad y perdón.
El Dios del abrazo.
¿Hay mejor definición de Dios?

En vez de esa presentación de Dios que nos puede castigar y condenar si nos portamos mal, debiéramos presentar a un Dios amor que quiere que todos los hombres sean hermanos y que todos los hombres se salven. Nos han enseñado un rostro de Dios que inspira más seriedad que confianza. Y lo peor es que nosotros damos más importancia a la “seriedad” que a la “confianza”. También los discípulos se fastidiaban de lo confianzudos que eran los niños con Jesús. Sin embargo, Jesús defendió la informalidad y travesuras de los niños que la seriedad de los discípulos. Estoy seguro de que Dios tiene en el cielo la pintura del niño y la ha puesto en un marco dorado con el título “El Dios de los brazos largos”, tan largos como grande es su corazón.

El día que soñé…

Un día soñé que Dios no existía
y comencé a sentir miedo.
Un día soñé que Dios había muerto
y comencé a tener miedo a los hombres.
Un día soñé que Dios no existía
y sentí que mi vida ya carecía de sentido.
Un día soñé que Dios había muerto
y contemplé cómo los hombres se mataban.
Un día soñé que Dios no existía
y sentí que el amor se moría en el mundo.
Un día soñé que Dios había muerto
y sentí que la tristeza invadía mi espíritu.
Un día soñé que Dios no existía
y todo me parecía una larga y oscura noche.
Un día soñé que Dios sí existía
y sentí como un amanecer en mi vida.

Un día soñé que Dios era amor
y sentí que mi corazón comenzaba a latir.
Un día soñé que Dios era amor
y miré a los hombres como hermanos.
Un día soñé que Dios era amor
y sentí que la gente comenzaba a amarme.
Un día soñé que Dios era amor
y me desperté cantando.
Un día soñé que Dios era amor
y mi vida se hizo canción.

Un día soñé que Dios me amaba
y mi corazón comenzó a amar a todos.
Un día soñé que Dios me amaba
y grité: ¡Estoy vivo!

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