Hoja Parroquial

Domingo 13 – B | Cómo acercarse a Jesús

Domingo, 30 de junio del 2024

“La mujer se acercó asustada”

Hay trozos del Evangelio que nos pasan medio desapercibidos o que no queremos darles importancia, que suele ser lo más frecuente. Todo el mundo está apretujando a Jesús, como se lo dicen los mismos discípulos; sin embargo, Jesús sintió que alguien le tocaba de verdad ya que una fuerza había salido de él. Y ésta era una mujer. ¡Curioso, sólo una mujer logró tocar verdad a Jesús y sólo esa fuerza misteriosa de Jesús logró curar a una mujer!

También las mujeres hoy están queriendo acercarse a la Iglesia. Es posible que muchos estemos en la Iglesia y nadie se entere. Hasta es posible que no seamos capaces de arrancar esa fuerza vital de la Iglesia. ¿No serán las mujeres también las que todavía tienen esa capacidad de fe y de esperanza en la vitalidad de la Iglesia?

Pero sigo teniendo miedo de que también hoy las mujeres se acerquen a la Iglesia un tanto “asustadas” temiendo el rechazo porque, por muchas y bonitas palabras que digamos sobre ellas, aún seguimos viéndolas como un tanto distantes. La verdad es que todavía la mujer no ha encontrado su verdadero lugar dentro de la Iglesia. Todavía sigue sintiéndose una cristiana de segunda categoría. Sabe que aún son muchas las cosas que se le prohíben en la Iglesia. Aceptamos que escuchen, pero aún siguen con cierta mordaza impidiéndoles hablar y decir lo que piensan y lo que sienten. ¿Y cómo pretenderemos que la mujeres nos escuchen a los hombres, si saben que los hombres no sabemos escucharlas?

En el Evangelio de hoy, es Jesús quien sana y cura a la mujer enferma. Hoy me pregunto si es la mujer o no seremos los hombres los que necesitan ser sanados y curados de ese sin fin de prejuicios contra la mujer, a la que aún no la hemos reconocido en condiciones de igualdad.

La Iglesia sigue teniendo un rostro demasiado masculino y poco femenino. ¿Cuándo lograremos una Iglesia, que es femenina, con un rostro menos masculino y más femenino? Creo que ya es hora de que eso de “igual dignidad entre hombre y mujer” sea una realidad en la Iglesia y no una utopía.

Creo que ya es hora de que escuchemos su voz y la hagamos sentir que también ella tiene mucho que hacer y mucho que decir en la Iglesia y a la Iglesia. Jesús no alabó la fe de los que le apretujaban, pero sí alabó y valoró la fe de aquella tímida mujer: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud”.

Tocar, pero sin tocar

Cada día le estamos tocando a Jesús. Lo tocamos en la comunión. Le tocamos en la oración. Le tocamos al confesarnos. Pero diera la impresión de que le tocamos como cuando vamos en el micro porque “no sale una fuerza de él” y seguimos enfermos como antes.

¿Qué nos falta? Sin duda la fe. Es como cuando la gente se toca sin amor. No basta meter al Señor en nuestro corazón si no tenemos suficiente fe para que nos lo sane de tantas heridas de resentimientos, de odios, de rencores, desamores. Por eso no entiendo cómo podemos comulgar teniendo el corazón sin amor. Aún no logro entender a esa gente que odia en su corazón y, sin embargo, se acerca fervorosa a comulgar. Eso no es comulgar con Cristo, sino querer dar la razón a sus odios, a sus enemistades y a su incapacidad de amar y perdonar.

A Cristo o le tocamos con fe o, de lo contrario, somos de los que lo “apretujamos”. Porque Jesús tiene que sentirse muy mal e incómodo en esas comuniones. La comunión no es para justificar nuestros desamores, sino para amar más, perdonar más, y sanar y curar más nuestro corazón.

Aquí sólo una mujer tocó de verdad a Jesús. Los demás lo “apretujaban” inútilmente porque de Él no salía esa virtud sanativa y curativa. Si nuestro encuentro con Jesús no nos sana y cura, ¿para qué ese encuentro? La comunión no puede ser una falsificación de nuestra piedad que nos hace aparecer como buenos. San Pablo les dice a los de Corinto que armaban cenas sin caridad: “Eso, hermanos, no es celebrar la Cena del Señor”, sino comer rico mientras otros pasan hambre de amor.

Los sacramentos son encuentros. Pero no hay encuentro entre los que no aman ni se aman. El encuentro se da tan solo en la amistad y en el perdón. No basta decir “yo me encuentro con Jesús”, cuando Él mismo dijo: “Si cuando vas a hacer tu ofrenda al altar sientes que tienes algo contra tu hermano, deja ahí tu ofrenda y vete primero a reconciliarte con tu hermano”.

“Un cierto feminismo es necesario”

Que nadie se asuste con el título porque debo confesar que no es mío y se lo debo al Cardenal Carlos María Martini. Me van a permitir le copie para que vean que no me pertenece: “Las mujeres son compañeras desde el comienzo: como varón y mujer creó Dios al ser humano. Los hombres de la Iglesia tienen que pedir perdón a las mujeres por muchas cosas, pero sobre todo deben verlas hoy en día más como compañeras. En los últimos años, las mujeres han luchado mucho: un cierto feminismo es necesario. Por eso, los hombres no deben temer ni dejarse empujar a una oposición opuesta… En lo tocante a la conducción de la Iglesia quisiera pedir paciencia. Ella descubrirá cada vez más las posibilidades de las mujeres. Muchas cosas se han movido y más aún se habrán de mover, sobre todo si nos tratamos mutuamente como iguales. Como dato para tener en cuenta quisiera agregar que las distintas Iglesias tienen ritmos diferentes en este proceso. Nuestra Iglesia es un tanto tímida”. (Conversaciones nocturnas en Jerusalén pág 1669)

Lo dice un Cardenal y de los de renombre y un gran intelectual y pastoralista. Diera la impresión de que tiene esperanza de que las cosas cambien. Primero, siente que “un cierto feminismo” es necesario para que las cosas se muevan. Que los hombres tenemos que pedirles perdón por haberlas marginado y sentirnos dueños del bollo entero. Pero les da una recomendación, que yo la resumiría así: sigan luchando, pero no tengan prisas. Muchas cosas ya han cambiado y seguirán cambiando. Además, hace una confesión que a muchos pudiera parecerles demasiado atrevida. “Nuestra Iglesia es un tanto tímida”. Y lo dice un Cardenal que ama profundamente a la Iglesia. Y hace una afirmación interesante: “que tengan paciencia”. Una paciencia que no es quedarse quietas, sino seguir luchando. Y un principio fundamental: “reafirmar el principio de igualdad”. Cuanto más vivamos el principio de igualdad, tanto más nos iremos incorporando todos en el quehacer eclesial porque el problema está en que hemos vivido una superioridad masculina injusta.

Atrévete a creer

  1. Atrévete a creer. Atrévete a fiarte de Dios, por más que te esté fallando el piso bajo tus pies. Tu mayor acto de fe lo harás el día en que no tengas nada en qué apoyarte y te agarres única y exclusivamente de las manos de Dios, sin miedo a que te suelte. ¿Te atreves a creer así?
  2. Atrévete a creer. Atrévete a renunciar a tu manera de pensar y ver las cosas y arriésgate a verlas siempre desde Dios y de cómo las ve Dios. Cuando sea noche total en tu vida, tú sigues adelante sin más luz que tu confianza en que Dios no te engaña. ¿Te atreves a creer así?
  3. Atrévete a creer. No solo con la cabeza. Es muy fácil creer con la cabeza. La verdadera fe es creer con la vida. Que tu misma vida sea una confesión clara y nítida de Dios. Quien cree con la vida vive de la fe y la fe se hace vida y la vida se hace fe. ¿Te atreves a creer así?
  4. Atrévete a creer. No sólo cuando todos creen. Esa sería posiblemente una fe social. Tú estás llamado a creer precisamente cuando los demás se cierran a la fe y aún te dicen que creer es una tontería. Llamado a creer, aunque por ahí te cuenten el cuento de que la fe te da la respuesta a todo. ¿Te atreves a creer así?
  5. Atrévete a creer. No cuando todos te aplauden, sino cuando todos te critican y aún se ríen de ti. Ahí es donde Dios está necesitando testigos. Dios no necesita tanto de testigos entre los ya tienen fe, sino precisamente allí donde no hay fe. ¿Te atreves a creer así?
  6. Atrévete a creer. Incluso cuando tengas que confesar tu fe con el testimonio de tu propia vida. Los mártires murieron por su fe, su único delito fue creer. Cuando tu fe sea rubricada con tu propia vida, sentirás que valió la pena creer de verdad. ¿Te atreves a creer así?
  7. Atrévete a creer. Que tu fe llegue a fastidiar a los dormidos, a los que viven anestesiados. El mejor signo de tu fe es que donde tú estás es que los demás se sienten incómodos. Esa es la señal de que estás emitiendo mensajes que cuestionan sus vidas. Y una fe que cuestiona a otros es verdadera. ¿Te atreves a creer así?

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