Hoja Parroquial

Domingo 21 – B | Abandono de la Iglesia | IQC2021

Domingo, 22 de agosto del 2021

Cuando la noche se echa encima

abandono de la Iglesia

Recuerdo lo que escribía José Luis Martín Descalzo cuando él mismo se preguntaba: “¿Qué sentiría Adán la primera noche de su vida, cuando al atardecer ve que el sol se escondía y se echaba encima la noche oscura?” De seguro que se imaginó que el sol se había apagado y no volvería a encenderse. Sin embargo, para saber lo que era un atardecer y un amanecer, era preciso pasar por esa dolorosa experiencia.

Jesús pasó también por un momento doloroso y difícil en su vida y con él los doce del grupo. La culpa la tuvo él mismo. Hablar del sacramento de sus amores, la Eucaristía. Declararse él mismo “carne-pan” que es preciso comer, y “sangre-vino” que es preciso beber. Hay anuncios que difícilmente logramos comprender con nuestra maravillosa cabeza. Pedro no logró entenderlo cuando anunció su Pasión y Muerte: “Es necesario que el Hijo del Hombre sea apresado, juzgado. Lo crucifiquen y resucite al tercer día”.

Ahora tampoco le entienden cuando anuncia el sacramento memorial de esa Pasión y de esa Muerte y Resurrección. Es que hay cosas que uno lo logra entender si no las vive y experimenta. No podremos entender la muerte de Jesús si no es desde su Resurrección. En esto sí le damos la razón a Hermann Hesse cuando escribe: “En verdad, nadie es sabio sin conocer la oscuridad”.

A veces es preciso pasar por esa oscuridad de la razón, para darnos cuenta de la belleza de la fe. Es preciso pasar por esa noche oscura de los sentidos, para entrar en la experiencia de la claridad del espíritu. Sólo se entiende la Muerte desde la Pascua, aunque tampoco entendemos la Pascua, sino desde la Muerte.

Los judíos que seguían a Jesús se sienten sorprendidos por los anuncios que Jesús hace en Cafarnaún. “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”. Jesús aprovecha el momento en que todo el mundo le abandona, da marcha atrás y deja de seguirle. “También vosotros queréis marcharos?”. Jesús es consciente de que tampoco ellos entienden nada y les pone en una situación crítica de opción en la fe: ¿Queréis iros? ¡Estáis a tiempo! Es posiblemente el momento más crítico de la vida de Jesús y los suyos. No ceder suavizando las exigencias y tener que decidir sin comprender, fiándose simplemente de su palabra.

Pan sí, pan no

pan y vida

Discusiones por el pan. Que Jesús nos regale el pan, totalmente de acuerdo, pero que Él sea nuestro pan, ni pensar. Que multiplique nuestros pocos panes, sí, pero que Él quiera dársenos como pan, ciertamente no.

Nosotros queremos nuestro pan y no aceptamos que nos cambien de pan. Tenemos hambre y queremos pan, pero preferimos seguir hambrientos a comerle a Él como pan. En el fondo de todas las discusiones entre Jesús y los judíos estaba el pan y Él como pan. Que nos dé pan, pero no lo queremos a Él como pan. Que nos dé el pan que a nosotros nos gusta, pero el pan que Él quiere darnos.

No es nada fácil aceptar la verdad de Dios, cuando no logramos comprender el misterio de sus designios y de sus planes. No es fácil aceptar a Dios cuando sus caminos no son nuestros caminos, sus planes no son nuestros planes, su pan no es nuestro pan.

Sin embargo, si leemos atentamente el relato de Juan, podremos percibir la insistencia de Jesús en mantener el misterio de su vida hecha pan, hecha vida. No cae en la trampa de discutir entre pan y pan. Jesús se queda en la reafirmación de que el verdadero pan de Dios es Él. Que el pan que el Padre quiere regalar al hombre es Él. No se trata de un capricho suyo, ese es el pan que baja del cielo.

Hace una apología de este nuevo pan: “Comerlo es tener vida vosotros”. “Es tener vida eterna y la garantía de la resurrección”. Además, comer de ese pan, es la manera de que “habite en mí y yo en él” y pueda “vivir por mí” y así “vivirá para siempre”.

No es que Dios quiera entrar en competencia con las panaderías del pueblo, ni tampoco niegue el valor del pan de los hombres. Sólo que a cada pan hay que ponerlo en su propia dimensión, para vivir humanamente y morir, basta el pan de los hombres. Para vivir y vivir la vida de Dios y vivirla para siempre necesitamos del pan que es Él mismo. Es que Dios no solo busca soluciones inmediatas y para el momento. Dios quiere ofrecernos soluciones definitivas. Soluciones radicales. Dios piensa en el hambre de los estómagos, pero piensa, sobre todo, en el hambre vital y existencial del corazón humano.

Ante el abandono de la Iglesia

abandonar la Iglesia

Está de moda hoy hablar de tantos cristianos que abandonan la Iglesia para enrolarse en las sectas. No cabe duda de que es una realidad dolorosa, frente a la cual es preciso serenarse y saber leerla con un sentido de fe.

En primer lugar, esto obligará a la Iglesia a cuestionarse con seriedad si realmente estará siendo la Iglesia que Jesús quiere y la que el corazón humano necesita. Porque no siempre es culpable el que la abandona. Puede ser más culpable el que es causa del abandono. Y esta reflexión nos compete a todos. No sólo a la jerarquía, también a nosotros los fieles. Porque el rostro inmediato de la Iglesia para la mayoría de la gente, no es el Obispo, sino cada uno de los bautizados. ¿Ven en mí razones que justifiquen seguir en la Iglesia?

En segundo lugar, está la libertad de cada uno. Jesús no impuso la obligación de seguirle. El seguimiento tiene que ser fruto de una decisión libre y responsable. “Muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con Él”.

En tercer lugar, a los que aún estamos dentro, Jesús nos confronta con la verdad de nuestra fe y nos dice: “¿También vosotros queréis marcharos?”. A nadie se la obliga a seguir dentro de la Iglesia. Es una opción libre. Eso sí, quien quiera quedarse ha de hacerlo de una manera que asuma su propio compromiso con gozo y con alegría. La Iglesia no es un batallón de forzados, es una comunidad de hombres y mujeres libres, que han descubierto que, por encima de la palabrería del mundo, la única palabra de vida es la de Jesús.

Habrá que decir, con honestidad, que el abandono de la fe y del seguimiento de Jesús, no es sólo producto de la cultura moderna. Esto ya se dio en la vida misma de Jesús. ¿Escándalo por los abandonos? No, pero reflexión y autocrítica, sí.

La manzana podrida

fruto podrido

Una familia amiga me invitó a comer en su casa. Con una enorme ilusión compraron unas manzanas. A mí me pusieron una que daba pena cortarla de lo bella que era, pero cuando le metí el cuchillo, nos dimos con la sorpresa de que por dentro estaba ya bastante podrida. Mis amigos no sabían qué hacer. Noté que sentía una vergüenza que se les caía la cara. Yo no quise dar importancia a la cosa y, sencillamente, me comí otra. Ellos no tenían la culpa, al contrario, habían hecho lo imposible por tratarme bien.

¿Y cuando Dios abra nuestros corazones, qué encontrará en ellos? ¿Estarán sanos o estarán también podridos como la manzana de mis amigos?
¿Y cuando la esposa o el esposo abra el corazón del otro, qué encontrará dentro? ¿Verdad? ¿Engaño? ¿Mentira?

La verdad no se alimenta de apariencias. La verdad se basta a sí misma.
El amor no necesita de maquillajes. El amor vale por sí mismo.
La mentira es la que necesita de maquillaje, y a veces bien fino y sutil
El desamor necesita maquillarse mucho para venderse como amor.
En realidad, Jesús sólo busca de nosotros una sola cosa: la verdad.

Verdad en reconocer nuestra bondad y lo bueno que hacemos.
Verdad en reconocer nuestros errores y equivocaciones.
Verdad en nuestro arrepentimiento y que se expresa en el cambio de vida.
Verdad en nuestra oración. Dispuestos a aceptar siempre la voluntad de Dios.
Verdad en nuestros pensamientos.
Verdad en nuestros sentimientos.

Dios rechaza todo lo postizo.
Porque lo postizo termina siendo una mentira.

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