Hoja Parroquial

Domingo 15 – B | Misión y envío

Domingo, 14 de julio del 2024

“Si en un lugar no os reciben…”

Cuando Jesús envía a sus discípulos a predicar el Evangelio del Reino no les garantiza grandes éxitos. Ellos son testigos del rechazo que Él mismo ha sufrido y sigue sufriendo de las autoridades del pueblo. Que no se hagan ilusiones, no siempre la gente tendrá ganas de escucharles, no siempre la gente estará dispuesta a abrirse a la Buena Noticia. El corazón humano tiene demasiadas resistencias a las invitaciones de Dios, pero todo eso no debe ser un obstáculo a la predicación y al anuncio. Los hombres podrán decir no al sí de Dios, pero Dios siempre les dará la oportunidad de creer.

Cuando se dice que hoy no es fácil predicar el Evangelio, no estamos diciendo nada nuevo porque eso ya lo decía el mismo Jesús. No sé por qué hoy damos tanta importancia a los rechazos del mundo cuando es algo inherente al Evangelio mismo. La mejor prueba la tenemos en que Jesús terminó colgado de una Cruz y no precisamente por ser un político corrupto, o por ser un manipulador de la noticia; sino, sencillamente, porque anunció la novedad de Dios.

Claro que antes les marca algunas exigencias para poder hacer el anuncio. Para anunciar el Evangelio hay que anunciarlo evangélicamente, es decir, anunciarlo llevándolo escrito primero en sus propias vidas, antes que en sus palabras. “No llevar nada para el camino…”. No ir por los pueblos y aldeas como grandes maestros repartidores de grandes ideas. No con signos de superioridad. No con signos de poder. No con signos de gran sabiduría.

El Evangelio hay que anunciarlo con una gran alegría, por algo es Buena Noticia de Dios, y las buenas noticias no se pueden anunciar con cara de enfadado, ni amargado, ni ofendido, sino con humildad, con sencillez, con bondad en el corazón y en las palabras, como invitación y no como imposición. Las buenas noticias las tenemos que anunciar como quien vive de ellas. Por tanto, quien vive con la alegría de haberse dejado transformar por ellas.

Anunciar el Evangelio con gritos de enfadado no es anunciar buenas noticias. Quien lo anuncia con gritos de enfado, no sabemos si está enfadado consigo mismo o con aquellos a quienes les hace el anuncio. En todo caso, su predicación contradice lo que anuncia. Las verdades no necesitan ni de gritos ni de enfados, basta anunciarlas, y anunciarlas con gozo, con alegría, como Buena Noticia.

“Y aunque os rechacen…”

Pues si en un lugar no quieren recibir el mensaje del Evangelio “marchaos de allí”. Haced un gesto profético “limpiándoos el polvo de las sandalias” para hacerles sentir que Dios les envió la oportunidad profética, pero que ellos se negaron a recibirla.

Pero, eso sí, no irse ofendiendo a los que quedan porque, si les ofendes, ya no puedes regresar más. Es que Dios no se cansa de volver. Ofender y acusar a los que se resisten a la Buena Noticia de Dios es cerrarles más el camino.

El que anuncia a Dios lo anuncia con libertad de espíritu, pero respetando también la libertad de los que lo escuchan. Si uno es libre de anunciar, los demás también son libres de no escuchar. Dios será el que juzgue luego a unos y a otros.

La Iglesia está llamada a ser signo de amor, “sacramento de la caridad”, y este amor y esta caridad la tiene que expresar también anunciando el Evangelio. “La caridad en la verdad y la verdad con caridad”.

Creo que hemos condenado demasiado. Es que resulta más fácil ser testigos del mal humor y de la falta de comprensión que testigos del amor, de la caridad y de la esperanza, que Dios nunca pierde en el corazón de los hombres.

“Dios no envió a su Hijo a condenar al mundo, sino a salvarlo”. Tampoco nosotros estamos enviados a condenar a los hombres, sino a salvarlos. Tal vez tengamos que pasar por las dificultades del camino, pero es parte del anuncio. Más anunciaremos el Evangelio de Jesús con un gran amor que con nuestros gritos y condenas y acusaciones. La acusación y la condena nunca serán “Buena Noticia”. Buena Noticia es “el amor que Dios tiene a todos”. Buena Noticia es la Salvación.

La palabra y sus signos

Cuando los discípulos fueron enviados a anunciar el Reino dice Marcos que: “Predicaban la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban”.

Digámoslo así, el anuncio iba acompañado de señales. La palabra era acompañada de signos. La palabra sola no es suficiente. Por eso la misma estructura de la Iglesia está basada en “la palabra y el sacramento”. Ni el sacramento sin palabra, ni la palabra sin sacramento.

Nosotros hablamos mucho y, posiblemente, menos de cuanto debiéramos hablar. Acaso, ¿no nos estaremos olvidando de esos signos que el mismo Jesús nos recomendó antes de marcharse al cielo? Dos de estos signos son echar malos espíritus y sanar enfermos. Tal vez, la fidelidad a la palabra nos esté haciendo olvidar unos signos que expresan precisamente lo que quiere decir y expresar la palabra.

¿No sería bueno recuperar más los signos de “imponer las manos a los niños, ancianos, enfermos, y también a los grandes y a los sanos”?
¿No sería bueno recuperar más ese signo de “imponer las manos a los enfermos, ungirlos con el aceite, orar sobre ellos” implorando su sanación?
¿No estaremos padeciendo de un cierto estreñimiento en cuanto a estos signos y señales del Reino?

La misma Palabra ¿no encontrará mucha mejor acogida cuando va acompañada de ciertas señales en vez de presentarla siempre como un discurso ex cátedra? Jesús “echaba demonios y curaba a los enfermos que le traían”, dice con frecuencia el Evangelio. ¿Tendremos nosotros suficiente fe para creer que la Palabra que anunciamos es capaz de sanar a los enfermos hoy?

Catecismo de la Iglesia Católica

El Catecismo de la Iglesia Católica es todo un compendio de la doctrina de nuestra fe. ¿Ya lo conocías? ¿Hay en tu casa un ejemplar del mismo?

El Catecismo no es el Evangelio, pero quiere ser como una expresión del mismo, sistematizado en una conjunto de verdades. Por tanto, el Catecismo de la Iglesia Católica es como la Guía y el mapa para poder caminar por la vida como creyentes en Cristo.

Es cierto que se trata de un gran volumen y que no siempre resulta demasiado asequible para la mayoría de la gente. Es por ello que cuando se cumplieron los diez años de su publicación, en 2003, San Juan Pablo II le dirigió una carta a quien sería su sucesor el Cardenal Ratzinger, Benedicto XVI, a fin de que nombre una comisión de expertos que puedan elaborar, en base al volumen que se publicó inicialmente, un Catecismo más breve “que refleje fielmente el Catecismo de la Iglesia Católica, en los aspectos esenciales de la fe y de la moral cristiana”.

Los Catecismos son fundamentales en nuestras vidas, nos ofrecen los conocimientos esenciales y fundamentales. En cada familia debiera existir el Catecismo grande, como punto de referencia, y a su lado el Catecismo Breve. Los dos son la mejor ayuda para conocer nuestra fe y también de gran servicio para los padres de familia en la educación religiosa de sus hijos.

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