Hoja Parroquial

Domingo 15 – B | Envío y misión | IQC2021

Domigo 11 de julio del 2021

Cómo ser enviado hoy

misión y envío

Jesús habla evidentemente dentro de un contexto concreto y un marco geográfico igualmente concreto: el de Palestina, la Palestina de aquel entonces. Cuando envía a los suyos a las primeras experiencias del anuncio del Evangelio les da unas normas igualmente concretas para aquel entonces: “Un bastón. Sin pan. Sin alforjas. Sin el suelto para el colectivo. Como sandalias, las puestas. Como túnica, la puesta”.

Evidentemente refleja el ambiente rural de pobreza. ¿Tendrían que ser hoy éstas las señales del que anuncia el Evangelio? En una cultura de la limpieza, no cambiarse la ropa, no sé hasta dónde pudiera ser signo de caridad y de Evangelio. Oler a sudor no es la mejor invitación a que se nos acerque la gente a escucharnos. Subirnos a un micro y pretender que nos lleven sin pagar, tampoco creo revele el sentido de justicia para con el conductor. Subirnos a un taxi y pagarle solo con “muchas gracias, y que Dios le bendiga”, me sospecho que el taxista me lleva a la primera Comisaría. ¿Cuáles serían los verdaderos signos hoy para anunciar el Evangelio?

Una gran libertad de espíritu. Que no vean en nosotros interés alguno. Que simplemente les ofrecemos el don de Dios y que luego respetamos su propia conciencia. Que descubran que nos sentimos libres para anunciar el Evangelio a unos y a otros, a todos, ricos y pobres, buenos y malos, los que nos quieren y los que nos quieren ver lejos.

Una gran caridad. Que la gente descubra el amor de nuestro corazón y ni siquiera nuestro proselitismo. Que les anunciamos porque los amamos y porque Dios los ama.

Un espíritu de pobreza. Demostrando que nuestra mayor riqueza es el Evangelio mismo. Que nuestra mayor riqueza es el mismo Dios que le anunciamos. Cuando el Evangelio huele a plata, deja de ser Evangelio.

Un espíritu que se adapta a cada uno. Que más que hablarles desde nuestras ideas, les hablamos desde la realidad de sus propias vidas. Que la medicina que les ofrecemos cura realmente sus propias llagas. Que nos adaptamos, con nuestra paciencia, a la pobreza de sus ideas y de su capacidad de entender las cosas.

Un espíritu de testigos. La gente hoy no nos pide grandes ideas, pero sí nos reclama grandes testimonios. El mejor Evangelio no es el que anunciamos con discursos, sino el que hablamos con nuestras propias vidas. Que más que hablarles de la santidad, descubran en nosotros los verdaderos santos. Que más que darles charlas sobre la conversión, nos vean a nosotros convertidos a Dios y su Evangelio. Que vean y descubran el Evangelio traducido en nuestra propia vida.

El Evangelio necesita signos

el Evangelio y los signos

Muchos se imaginan un Evangelio de corte espiritualista: el alma. Como si el Evangelio no tuviera nada que ver con el cuerpo. El envío de Jesús de los Doce, nos habla de otra cosa.

“Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban”. La conversión del corazón sí. Pero, ¿cómo expresamos que realmente nos hemos convertido a Dios? Si cambiamos o convertimos nuestro corazón, indudablemente tenemos que cambiar nuestras actitudes y comportamientos con los demás.

Decir que convierto mi corazón, pero sigo sin perdonar a mi hermano que me ofendió, ¿qué conversión es esa?

Decir que convierto mi corazón, pero sigo siendo indiferente al dolor de mis hermanos, ¿a qué me he convertido realmente?

Decir que convierto mi corazón, pero dejo que mis hermanos sigan hundidos en su sufrimiento y dolor, ¿habla de cambio de corazón?

Decir que convierto mi corazón, pero sigo cerrándote mis extrañas y te excluyo de mis relaciones, ¿es éso conversión?

El Evangelio hay que anunciarlo primero con la palabra, pero luego con los signos que hacen creíble la palabra. La palabra sin signos queda en el vacío. Es por eso mismo que el Evangelio, implica el cambio del corazón, pero también el compromiso con el mundo que no está según los planes de Dios.

Los tres grandes oficios de Dios

Dios

Es verdad, Dios tiene muchos oficios.
Y ha querido que nosotros los aprendiésemos,
para que pudiésemos tomar parte activa en su obra.

A nosotros nos ha enseñado a conservar la creación.
A nosotros nos ha enseñado a transformar la creación.
A nosotros nos ha enseñado que la completemos.

Dios ha creado al hombre: A nosotros nos ha enseñado a respetarlo.
A nosotros nos ha enseñado el perfeccionarlo.
A nosotros nos ha pedido colaboración.
A nosotros nos ha pedido nos dejamos salvar.
A nosotros nos ha pedido se lo anunciemos.

Dios ha perdonado al hombre.
A nosotros nos ha pedido que también perdonemos.
A nosotros nos ha pedido seamos testigos del perdón.

Creador. Salvador. Perdón.
Los tres grandes oficios de Dios.

A mí el que más me gusta es el oficio de perdonar.
Es el oficio que más practica Dios.
En el que más tiempo invierte Dios.
Si yo pudiese crear, nadie vería en mí a Dios.
Dirían qué poder tengo.
Si yo pudiese crear, es posible que la gente se alejase de mí.
Pero si mi oficio es perdonar, todos reconocerían a Dios en mí.
Si mi oficio es perdonar, todos me querrían y amarían.
Si mi oficio es perdonar, todos serían mis amigos.

Dios no me pide que sea creador como Él.
Pero sí me pide que “perdone” como Él.
Sabe que para creador no sirvo.
Pero sabe que sí puedo perdonar como Él.

El dinero no basta para ser feliz

El dinero no basta

El 18 de noviembre del 2005 corrió el mundo entero una triste noticia. Lee-Yoon-hyung, heredera de la familia que controla la empresa Samsung Group, se había suicidado a los 26 años de edad en su apartamento de Nueva York, ahorcándose con un cable eléctrico. Como una especie de ironía de la vida, la noticia periodística añade que “la joven tenía acciones por unos 171.9 millones de dólares”. Joven, rica, pero algo debía faltar en aquella vida.

Los millones no son garantía de felicidad. Los millones no son garantía de éxito en la vida. Los millones dan bienestar, pero parece que no dan vida. Los millones dan prestigio, pero demuestran que no dan ilusiones en la vida.

Las notas periodísticas dicían: “Se sospecha que podría estar sufriendo una depresión”. Ni los ciento setenta y tantos millones son capaces de sacar a uno de una depresión. ¿Cuántos millones se necesitan para levantar el espíritu? ¿Para no sentir la depresión?

Es posible que un pobre se sintiese feliz, si solo tuviese con qué comprar hoy las medicinas para curar la gripe de sus hijos. Se sintiese feliz, si sólo tuviese con qué comprar el pan de cada día para sus hijos. Se sintiese feliz hoy, si tuviese con qué comprar unas ropitas decentes para sus hijos.

La realidad de la vida, nos está diciendo que el corazón humano es algo más que “tener millones”, “tener cosas”. Que las cosas se necesitan para vivir, pero no son capaces de llenar el corazón. Que ahí dentro llevamos un pozo muy profundo que no se puede llenar con acciones millonarias. La realidad diaria nos lo va descubriendo en su propia y cruda verdad. 

Los millones pueden proporcionar muchas satisfacciones, pero se ve que no son capaces de darnos el verdadero y profundo sentido de la vida. Y que, al final, terminamos renunciando a ellos privándonos de la vida. ¡Qué cosa más extraña la del corazón! No pretendemos dar un juicio la joven, tratamos tan solo de interpretar una realidad que está ahí. Las verdaderas razones del corazón, es posible que ni ella las conociese. “Compartía con su padre, dice la nota, la pasión por los coches veloces”. ¿Tal vez la velocidad para huir de la realidad que camina muy lenta? ¿La velocidad como fuga de uno mismo envuelto en el vértigo y no enterarse de nada?

Como persona, la joven, me merece todo respeto. Pero el hecho está ahí, para que cada uno pueda cuestionar su propio corazón. No se trata de ver llover afuera. La lluvia también suele oscurecer los cristales de nuestras ventanas y de nuestras gafas.

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