Hoja Parroquial

Pentecostés – B | La Iglesia del Espíritu Santo | IQC2021

Domingo, 23 de mayo del 2021

La Iglesia del Espíritu Santo

Iglesia santa

Decimos Iglesia de Jesús. Y es cierto. Pero también hay que decir, “Iglesia del Espíritu Santo”. El Espíritu Santo es el que garantiza la presencia de Jesús en la Iglesia, es el que garantiza la verdad y la misión de la Iglesia.

Cuando formamos cualquier tipo de grupo, lo primero en que pensamos es en elaborar un Reglamento, que regule al grupo. El grupo se rige y se gobierna desde las normas de dicho Reglamento. El Reglamento es un punto de referencia del grupo.

Cuando pensamos en la Iglesia, las cosas cambian. Lo primero no es el Reglamento, lo primero es el Espíritu que le da vida por dentro. La Iglesia necesita de una estructuración externa, como fenómeno social, pero no es esta estructuración sociológica la que hace a la Iglesia. Lo que realmente constituye a la Iglesia es el Espíritu Santo que la habita. La verdad de la Iglesia no podemos verla desde algo exterior a la Iglesia, sino desde su verdad interior, desde su vida interior.

La misión del Espíritu Santo en la Iglesia es igualmente esencial.

Lo primero, es el cambio y la conversión de los corazones a las exigencias y verdades del Evangelio. Sin esta transformación de los corazones en “corazones eclesiales”, no tenemos Iglesia.

Lo segundo, el Espíritu es el que empuja, anima y guía a la Iglesia en su fidelidad al Evangelio y a Jesús y en su fidelidad a los hombres de todos los tiempos.

Lo tercero, el Espíritu Santo actúa en todos en la Iglesia, no sólo en unos cuantos. Es el Espíritu de la comunidad. Es cierto que a la comunidad la dota de una serie de servicios y carismas, pero la verdad de la Iglesia es “todo el pueblo de Dios” y no un grupo especializado dentro del Pueblo de Dios.

Por eso mismo, el Espíritu guía y gobierna a la Iglesia regalando los dones necesarios a cada uno, según la misión que cada uno tenemos dentro de la comunidad. Tenemos que decir, que el Espíritu Santo guía a la Iglesia desde las cabezas que la gobiernan, pero también desde la vida y la fidelidad de cada uno de nosotros. El primer don del Espíritu a su Iglesia, es el don de la comunión. El sentirnos uno, en la unidad de la mente y del corazón. La unidad en la verdad y en la caridad. Donde no hay verdad del Evangelio no está el Espíritu. Donde no hay comunión y comunidad fraterna, tampoco está el Espíritu. Por eso, la ruptura en la verdad, lo llamamos “herejía” y a la ruptura en la comunión y unidad, le llamamos “cisma”.

Los dones del Espíritu Santo

7 dones del Espíritu Santo

Para muchos, el viejo Catecismo del Padre Astete ya nos queda lejos. El nuevo Catecismo, no estoy muy seguro de que lo hayamos leído. ¿Me equivoco? Por eso me temo que ya no recordemos los famosos siete dones que el Espíritu Santo nos regala y que son otros tantos dinamismos de nuestra fe. ¿Los recordamos?

El Don de Sabiduría. Es el don que nos capacita para descubrir el misterio insondable de Dios y de Cristo, relativizando o poniendo en su verdadero lugar, las cosas y a las personas.

El Don de Inteligencia.  Nos hace comprender las riquezas y maravillas de la fe. Nos descubre la importancia de la fe en nosotros.

El Don de Ciencia. Los ayuda a ver la verdad de las cosas, a valorarlas adecuadamente, y a situarnos en la libertad de Hijos de Dios frente a las cosas.

El Don de Consejo. Nos muestra los verdaderos caminos de Dios, los caminos de la santidad. Sobre todo, nos ayuda a discernir con sentido de fe en los casos en que debemos tomar decisiones.

El Don de Fortaleza. Nos hace capaces de enfrentar las dificultades y los momentos difíciles de nuestra fe. Es el don que nos hace fuertes en las tentaciones.

El Don de Piedad. Es el don de la filiación divina. Nos revela el misterio de la paternidad divina y nuestra condición de hijos. Marca nuestras relaciones filiales con Dios Padre.

El Don de Temor de Dios. No es el temor servil, sino el temor amoroso de hijos. Nos da fuerza para no ceder a la tentación y evitar todo aquello que pudiera apartarnos de Dios.

Como ves, el Espíritu Santo nos equipa de todo un mundo de dinamismos que hacen posible nuestra fidelidad a nuestra vocación cristiana.

El Espíritu Santo, alma de la Iglesia

Espíritu Santo e Iglesia

El Espíritu Santo fue el alma que constantemente animaba a Jesús y es también ahora el alma llamada a animar constantemente a la Iglesia. Los Evangelios hablan de que “el Espíritu empujó a Jesús”, o “empujado por el Espíritu Santo”. Es el Espíritu de Dios y es el Espíritu de Jesús.

Y es, claro está, el “Espíritu de la Iglesia”. Los hombres gobiernan la Iglesia en la escucha del Espíritu Santo. Los hombres, ocupen los puestos que ocupen, nunca serán el Espíritu de la Iglesia. Los hombres no pueden suplir al Espíritu Santo. Las ideas personales de cada uno no pueden suplir al Espíritu. Los hombres viven en la Iglesia y guían y conducen a la Iglesia, en la medida en la que son dóciles al Espíritu Santo. La verdadera alma de la Iglesia es Él, el Espíritu Santo.

Vivir la verdad de la Iglesia es vivir escuchando lo que el “Espíritu quiere decir a la Iglesia”. El Espíritu no siempre gobierna la Iglesia manteniéndola en orden. Con frecuencia, el Espíritu alborota a la Iglesia. Con frecuencia, el Espíritu altera esa armonía de la Iglesia que se llama “pasividad”. Cuando San Juan XXIII declaró el Concilio Vaticano II, todos los que le rodeaban se sintieron inquietos, preocupados, como si al Papa le comenzase a fallar la cabeza. Hasta que unos días más tarde, les anunció a todos que sí, que era verdad, que se tenía que celebrar el Concilio. El Papa confiesa que se sintió inspirado por el Espíritu y no quiso dar marcha atrás.

Vivir como Iglesia es vivir bajo la inspiración, la moción, y los dinamismos del Espíritu, aunque muchas veces perturben nuestra tranquilidad y quietud.

Pensamientos para tiempos de ocio

meditando en tiempos de ocio

“Cuando amáis, no debéis decir, “Dios está en mi corazón”, sino “estoy en el corazón de Dios”. (Khalil Gibran)                       

“Antes de ponerte a buscar el sentido de la vida, ámala. Si amas la vida, te hace un ser viviente”. (Dostoievski)

“No soy más que un mero buscador de la verdad. Tengo la pretensión de haber hallado un camino que conduce a ella, e intento poner cuantos medios están a mi alcance para llegar a la meta. Pero confieso que aún no he llegado”. (Gandhi)

“Lo que me impresionado en Jesús, es su consigna de avanzar siempre. De manera que podría decirse que el elemento permanente del cristianismo es la orden de no detenerse nunca”. (Henri Bergson)

“No basta poseer el sol si no somos capaces de darlo”. (Paul Claudel)

“Orar es aceptar ser amado”. (G. Marcel)

Orar es algo más que hablarle a Dios.  Es sobre todo escuchar a Dios. (C.S.)

La oración es la respiración del alma. Cuando dejamos de respirar, nos morimos. Cuando dejamos de orar, también. (C.S.)

Uno es grande cuando sus pensamientos, sus ideales y su espíritu son grandes. (C.S.)

Los niños son grandes, no porque ya lo sean, sino porque quieren serlo. (C.S.)

Los niños no suelen tener muchas respuestas. Todo en ellos es pregunta. (C.S.)

Comenzamos a ser viejos, no cuando se nos cae el pelo, sino cuando ya nos faltan ideales. (C.S.)

Las flores no hablan. Pero calladas, dicen muchas más cosas que nosotros hablando. (C.S) Es curioso. El pasado, en algún momento, fue futuro. Y, en algún momento, el futuro será pasado. (C.S.)

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