Hoja Parroquial

Pentecostés – C | Iglesia y Espíritu Santo

Domingo, 5 de junio del 2022

Es Espíritu rejuvenece a la Iglesia

Espíritu Santo en la Iglesia

Uno de los eternos problemas de la Iglesia es el miedo al cambio. Todo cambio nos suena de ordinario a infidelidad. Si el cambio es infidelidad, entonces digámoslo claramente, el Espíritu Santo es infiel al Padre y a Jesús. Esto por una razón muy sencilla, el Concilio Vaticano II dijo del Espíritu Santo: “Hace rejuvenecer a la Iglesia, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo”. (L-G.4)

“Rejuvenecer” no es solo no dejarla envejecer, es hacerla más joven. Por tanto, el Espíritu Santo no solo no quiere que la Iglesia se haga vieja, sino que la quiere cada día más joven. Resistirse a este rejuvenecimiento de la Iglesia es no creer en el Espíritu Santo y no fiarse del Espíritu Santo en ella. Además, es considerar a la Iglesia como institución y no como organismo vivo, en constante rejuvenecerse de sus células y tejidos, también implica rejuvenecerse por dentro y por fuera. El Espíritu no quiere una Iglesia vieja por fuera y nueva por dentro.

“La renueva constantemente”. Para ello el Espíritu no es de los que hace que todo siga siempre igual. Lo más contrario al Espíritu en la Iglesia es el impedir que se renueve, que cambie. Esto no sólo de cuando en cuando. El Concilio, por más que a muchos no les guste, habla de “renovación constante”. La Iglesia no envejece cada día. La Iglesia se renueva cada día. Quienes no acepten esta renovación constante, piensan en una Iglesia hecha de una manera para siempre, y no en una Iglesia que se hace cada día, y que cada día es más Iglesia.

El problema está en que es más fácil controlar una Iglesia inmóvil que a una Iglesia dinámica, creciendo cada día, renovándose cada día, rejuveneciendo cada día. Porque esto exige que también nosotros vivamos al rimo de ese rejuvenecimiento y de esa renovación. Muchos de nosotros no vivimos esa dinámica.

“La conduce a la unión consumada”. La guía, la conduce hacia la unión plena. Es que tampoco la Iglesia ha logrado llegar a esa plenitud de unión. Tampoco la Iglesia ha llegado todavía a esa plena comunión con el Esposo. También ella vive en la tentación de otros muchos amores. De ahí que la misión del Espíritu es ayudarla a buscar y lograr la íntima comunión esponsal con Cristo. Esto es un proceso, un camino, algo que hay que andar cada día.

Resistirse al cambio es una infidelidad al rejuvenecimiento del Espíritu. Resistirse al cambio es una infidelidad a la constante renovación del Espíritu. Resistirse al cambio es una infidelidad a la íntima comunión con Cristo Esposo. La infidelidad a la Iglesia no está en aceptar el cambio, sino en resistirnos al cambio.

Secuencia

Ven Espíritu Santo

Ven, Espíritu divino,
Manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
Don, en tus dones espléndido;
Luz que penetra las almas,
Fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
Descanso de nuestro esfuerzo,
Tregua en el duro trabajo,
Brisa en las horas de fuego,
Gozo que enjuga las lágrimas
Y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
Divina luz y enriquécenos,
Mira el vacío del hombre,
Si tú le faltas por dentro;
Mira el poder del pecado,
Cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
Sana el corazón enfermo,
Lava las manchas, infunde
Calor de vida en el hielo,
Doma el espíritu indómito,
Guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
Según la fe de tus siervos;
Por tu bondad y tu gracia,
Dale al esfuerzo su mérito;
Salva al que busca salvarse,
Y danos tu gozo eterno.

Pentecostés o la irrupción del Espíritu

Iglesia y Pentecostés

Pentecostés, venida del Espíritu Santo, nacimiento oficial de la Iglesia, son solamente distintas maneras de concebir la fiesta que hoy celebramos. Lucas es el que describe el escándalo cristiano de la mañana de Pentecostés. Es el escándalo de la fe. El escándalo de los hombres nuevos. El escándalo de la irrupción de lo nuevo en el mundo.

Lucas lo describe en términos bien definidos: lenguas de fuego, hombres proclamando el Evangelio a todos los pueblos, hombres llenos de fuerza, de vigor, de confianza en su misión.

Pero no solo eso, Lucas también describe el escándalo que se produce en el pueblo que asiste y escucha a los hombres llenos del Espíritu Santo. Personifica prácticamente la universalidad de los oyentes, la universalidad del mensaje y la universalidad de los que logran entender dicho mensaje.

El Espíritu que irrumpe en aquellos hombres los transforma, los hace hombres nuevos, desconocidos. “¡No son galileos!”. El Espíritu los transforma en hombres universales.

El Espíritu inventa el nuevo lenguaje, el lenguaje de la fe, el lenguaje de la caridad y del amor, inteligible por todos. Sin necesidad de traductores, cuando el Evangelio es anunciado a impulsos del Espíritu es comprendido en todas las lenguas.

Digamos que la mañana de Pentecostés es la mañana del Espíritu, pero también la mañana de la Iglesia. Esa es la Iglesia que Jesús regala al mundo, la Iglesia que Jesús quiere para el mundo.

Una Iglesia llena del Espíritu y, a la vez, una Iglesia donde todos y cada uno están iluminados por el Espíritu. El Espíritu se da a todos los miembros de la comunidad, a los jefes y a los que no son jefes, pero se regala también a los que escuchan a la comunidad y se incorporan a la misma.

Una Iglesia sin más camiseta que la del Espíritu, sin más contornos que la universalidad y sin más armas que las de la verdad, el amor.

Si queremos conocer la verdad de la Iglesia, si la Iglesia quiere reconocerse a sí misma, si quiere buscar su propia identidad tiene que volver a la mañana de Pentecostés: allí se descubrirá, no como la Iglesia del sábado, ni la Iglesia de la ley, ni la Iglesia del poder, sino como la Iglesia del Espíritu.

Lo esencial no se ve

el don del Espíritu Santo

Así comentaba el autor del Principito. Lo esencial suele estar dentro, casi escondido. La sabia de los árboles no suele verse, está escondida bajo la corteza del árbol. El espíritu y el alma no se ven, están dentro dando vida.

Al Espíritu Santo que es lo esencial del creyente y lo esencial de la Iglesia tampoco se le ve. Nosotros lo hemos representado por una paloma. No se le ve porque lo verdaderamente esencial suele ser invisible y actuar de modo invisible.

¿Entonces cómo saber que está dentro de nosotros? ¿Cómo saber que está en la Iglesia? Al Espíritu Santo mejor lo percibimos por los efectos que produce en nosotros:

Cuando vemos a ese creyente que prefiere confesar su fe, aunque con ello ponga en juego su vida, es señal de que el Espíritu Santo actúa en él con el don de su fortaleza.

Cuando vemos a esa madre de familia que tiene un hijo con una enfermedad incurable y ella no se aparta de él y le sonríe y trata de hacerle más llevadera su enfermedad, es señal de que en ella está actuando el Espíritu Santo.

Cuando vemos a ese joven que siente el bullir de la vida en sus venas y es capaz de mantenerse firme en su fe, aunque los demás se burlen de él, el tomen el pelo, es señal de que el Espíritu Santo habita en él.

Cuando vemos a ese enfermo que, pese a su estado y condición de vida, nos sonríe, nos regala una palabra de bondad, es señal de que el Espíritu Santo está en él.

Cuando vemos a esos hombres y mujeres que, dejándolo todo entregan sus vidas al servicio de la fe en las misiones y viven alegres y felices, es señal de que el Espíritu Santo los anima.

Cuando vemos a ese hombre o a esa mujer perdonar amablemente a quien le privó de la fama, de la honra hablando mal, es señal de que el Espíritu Santo habita en él.

¿Nunca has visto al Espíritu Santo? Claro que lo has visto. Porque has visto lo que hace en gente como tú, sencilla y sin importancia.

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