Hoja Parroquial

Domingo 28 – A | Invitación de Dios

Domingo 11 de octubre del 2020

Invitaciones y evaciones

Dios nos invita

A Dios pudiéramos llamarlo de una manera muy simple: Dios es invitación. Dios es “llamada”.

Y al hombre pudiéramos calificarlo de “evasión”, “fuga”, “huida”. El hombre vive sintiendo las llamadas e invitaciones de Dios, pero termina siendo una constante “huida de Dios”. El hombre tiene miedo a Dios. Pudiera parecer algo extraño; sin embargo, el hombre vive en constante “evasión” a las llamadas que recibe de Dios. Alguien dijo que el “beso de Dios es mortal” porque es un beso que es la invitación a la entrega total. El hombre tiene miedo a esa totalidad, prefiere vivir de migajas.

Dios es amor. Por eso Dios se pasa la vida celebrando bodas. Es la boda eterna del Hijo. Es la constante boda con cada uno de los hombres. Pero los hombres huyen de esta boda. Saben que es una boda que compromete hasta el fondo y compromete para siempre.

El hombre prefiere esas otras bodas que se pueden romper al día siguiente. Prefiere esas bodas solemnes que pueden terminar en un divorcio de mutuo consenso, sin más razones válidas que la propia voluntad.

“Uno se marchó a sus tierras”. “Otro se marchó a sus negocios”. “Otros prefirieron matar a los portadores de la invitación”. Cada uno metido en lo suyo. Cada uno encerrado en su pequeño mundo. Todos rehuyendo el compromiso con Dios.

A estos M. Weber, los calificaba con cierta dureza: “son hombres que carecen de oído para lo religioso”. Hombres que escuchan la llamada de sus ocupaciones y de sus quehaceres, pero sordos a las llamadas de Dios. Hombres que se pasan la vida escuchando llamadas. Basta observar cómo todos andamos ahora con el celular en la oreja, basta que suene e inmediatamente le prestamos nuestros oídos y respondemos.

Pero nos llama Dios y nuestros teléfonos están siempre ocupados o colgados. Nadie escucha porque no quiere escuchar. Muchos creen que Dios ya no llama, que ha enmudecido. Y la verdad es que Dios sigue siendo Palabra, llamada, invitación. ¿No seremos nosotros los que estamos perdiendo el oído de lo religioso? Lo escuchamos todo. Escuchamos a todos. Menos a Él.

En cambio, San Juan de la Cruz escribirá: “Señor, Dios mío, tú no eres extraño a quien no se extraña contigo. ¿Cómo dicen que te ausentas tú?”

Dios nunca fracasa

Dios nos invita

“La sala del banquete se llenó de comensales”. Puede que sean muchos los que se hacen sordos a las invitaciones y llamadas de Dios, pero no por eso fracasará el banquete de Dios.

Puede que los invitados primeros se nieguen a participar. Puede que los invitados preferenciales renuncien a ser comensales. Pero aún queda mucha gente en los caminos: “Id ahora al cruce de los caminos y todos los que encontréis, convidadlos a la boda”. Ellos “reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos”.

Es el misterio de la gracia. Con frecuencia, los preferidos dicen no a Dios. Los primeros llamados, dicen no, pero aún quedan muchos más por ahí por los caminos, los que nadie invita. No siempre los primeros son primeros. Con frecuencia no siempre los que nosotros consideramos buenos, son los primeros. En el misterio de la gracia no llevamos demasiadas sorpresas. En el banquete de Dios puede que falten muchos invitados personalmente, pero siempre hay otros disponibles. Aquellos a quienes nadie invita. Quienes tienen invitaciones todos los días, posiblemente, no sienten interés por las invitaciones de Dios. En cambio, aquellos a quienes no invita nadie, esos se sienten sorprendidos por la llamada y dicen que sí.

Mi ausencia no dejará la sala vacía. Dios tiene quien me supla. Mi ausencia, será una descortesía con Dios, pero mi asiento lo ocupará otro. Dios no fracasará, el salón estará siempre lleno.

Los excluidos del banquete

los pobres de Dios

Hoy son muchos, demasiados, los que están excluidos de la mesa de los invitados. Las cifras están ahí. No se inventan.
850 millones de personas en el mundo sufren hambre.
100 millones son latinoamericanos.
1.600 millones de personas están en peores condiciones que hace 15 años.
200 millones de niños menores de 5 años están desnutridos.
11 millones de niños mueren cada año por desnutrición.

Otros datos que hablan por sí solos:
1 de cada 2 personas vive con menos de 2 dólares al día.
1 de cada 3 personas no tiene acceso a la electricidad.
1 de cada 5 personas vive con menos de 1 dólar al día.
1 de cada 5 personas no tiene acceso al agua potable.
1 adulto de cada 7 personas es analfabeto.
1 niño de cada 3 sufre desnutrición.
6 millones de niños mueren cada año por enfermedades curables.
141 millones de niños no reciben enseñanza primaria.

La lista es mucho más larga. La lista de los excluidos de la mesa es larga y dolorosa. Hay mucho dolor en esas colas de espera por un pedazo de pan. Esas son realidades que están ahí. El desarrollo, ¿para quienes es? ¿La solidaridad humana dónde está? El dolor que está lejos no duele. Aunque tampoco tendríamos que ir tan lejos para encontrarnos con él. Todo esto nos dice realmente algo. No se trata de provocar a nadie, se trata de tomar conciencia. “Id por todos los caminos e invitad a todos a mi banquete”. ¿Estos cuándo serán invitados?

Me invitó a mí

Dios nos invita

Me invitó a mí
y dije que no.
Otro ocupará mi lugar.

Me llamó a mí
y no le escuché.
Otro le escuchó en mi lugar.

Me invitó a mí
Y yo no tenía hambre.
Otro sí tenía ganas de comer.

Me invitó a mí
y me hice el desentendido.
Otro respondió a la primera.

Me invitó a mí
y yo tenía otros intereses.
Otro que no tenía nada que hacer, dijo que sí.

Alguien me invita y siempre estoy dispuesto.
Me invita Dios, y me falta interés.

Mi verdadero problema con Dios.
“Mi falta de sensibilidad por Dios”,
“Mi falta de apetito por Dios”.
“Mi falta de gusto por Dios”.

El problema no es Dios.
El problema soy: “Yo”.

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