Hoja Parroquial

Cuaresma 4 – A | Jesús cura al ciego

Domingo, 19 de marzo del 2023

Dicen ver, pero no ven

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El cuarto domingo de Cuaresma nos presenta a Jesús como la “Luz” del mundo y como el que es capaz de hacernos ver a cuantos estamos ciegos. Siento una impresión: ¡Qué tranquilos nos sentimos como ciegos que no logran ver el sentido de su vida! Los ojos no son sólo para no tropezar con las piedras del camino. Dentro llevamos otros ojos para que descubramos el sentido de nuestra vida. Porque caminar, sin saber a dónde vamos de verdad, es caminar como un ciego.

V. Frankl escribió algo muy serio: “Un hombre que ha perdido el sentido de la vida, la razón de existir, aunque sea sano psíquicamente, está espiritualmente enfermo”. Una de las experiencias de la selva está en el peligro de perder la orientación. Todo parece igual. No existen caminos. La naturaleza nos impide ver el horizonte y uno termina perdido, sin dirección. Puede estar caminando horas y horas dando vueltas sobre sí mismo y no sabe por donde salir ni a donde salir.

Una de las primeras preguntas que hace el niño es “esto qué es” y “para qué es”. Pero luego de mayores nos sucede algo raro. Dejamos de preguntar. Sobre todo, dejamos de preguntarnos por nosotros mismos. Vivimos día tras día, pero ¿nos preguntamos para qué vivo? ¿Por qué y para qué estoy aquí? ¿Adónde voy con mi vida? ¿Cuál es mi meta y mi desafío? Hay una lista de preguntas en el corazón que nos negamos a hacerlas claramente. ¿Será porque tenemos miedo a las respuestas? ¿Será porque nos sentimos mejor viviendo sin saber exactamente para qué vivimos?

P. Tillich decía: “ser religioso significaba preguntar apasionadamente por el sentido de la vida y estar abierto a una respuesta, aún cuando nos haga vacilar profundamente”.  Jesús abre los ojos a quien jamás pudo ver, “era ciego de nacimiento”. Por tanto, alguien llamado a buscar el sentido de su vida, el camino de su vida. No se trata de mejorar nuestra visión de las cosas. Se trata de una “vida que ve”, de una vida que sabe su sentido, que sabe lo que busca. Perdidos en la selva de la vida, ¿sabemos hacia donde caminamos? Andar sin saber hacia donde anda es andar perdido. En tu corazón hay muchas preguntas que necesitan respuesta. Pero la principal, ¿sabes a dónde vas? ¿Sabes cuál es el sentido de tu vida? Dar sentido a la vida no es marearnos dando vueltas sobre nosotros mismos, sino caminar hacia algo y hacia alguien. ¿Conoces ese algo y ese alguien que son los que dan sentido y orientación a tu vida?

Lo preferimos ciego

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Al ciego del Evangelio, todos los conocían mientras era ciego. Nadie le conocía cuando comenzó a ver. Todos se sentía a gusto mientras estaba ciego. Armó un alboroto cuando empezó a ver.  Nadie le preguntaba por él mismo, en tanto era ciego. Cuando recobra la vista todo el mundo le cuestiona.

¡Qué curioso!

Mientras somos como todo el mundo, nadie se preocupa de nosotros.

Cuando decidimos cambiar porque hemos comenzado a ver la vida de otra manera, ahora todos nos cuestionan. Y nadie cree en nosotros.

Mientras estamos lejos de la Iglesia y de Dios, la gente nos ve normales. Pero cuando decidimos cambiar de vida, comenzamos a participar en la vida de la Iglesia y aceptamos a Dios como criterio de nuestra vida, la gente se extraña. No nos conocen. Preferían al que ya conocían y no al nuevo que nació en nosotros.

El ciego no tuvo problemas mientras estaba ciego. Es que los ciegos no molestan. Los problemas le vinieron cuando empezó a ver. Es que cuando comenzamos a ver ya no se nos puede manipular tan fácilmente. Cuando comenzamos a ver preguntamos, cuestionamos. Es doloroso, pero tengo la impresión de que nos prefieren buenos porque somos tontos. Nos prefieren buenos porque no pensamos, no juzgamos, no criticamos.

Prefieren ver por nosotros. Prefieren pensar por nosotros. Prefieren decidir por nosotros. Es que cuando vemos, pensamos, decidimos, complicamos la vida a los demás. Ya dejemos de ser el ciego que tiene que ser llevado de la mano.

El carisma de escuchar la Palabra

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No son suficientes las voces que anuncian la Palabra de Dios. Es preciso tener un oído atento y una capacidad de escucha en el corazón. Por tanto, una capacidad de reacción en el espíritu.

Se necesita una gracia de Dios que nos haga reaccionar a la Palabra desde el hombre espiritual que llevamos dentro. De lo contrario, la Palabra simplemente nos resbala por la piel del alma sin afectarnos.

Se necesita un carisma especial. El carisma de la Palabra. El carisma de la escucha. El carisma de la respuesta vital. Por eso, es una práctica bastante común en la Iglesia, invocar al Espíritu Santo, antes de leer y proclamar la Palabra de Dios.

Porque no es una Palabra cualquiera. Porque no podemos escucharla de cualquier manera. Porque tiene que meterse dentro y cambiarnos.

Son muchos los que escuchan la palabra. Mejor dicho, la “oyen” y no les dice nada, se quedan como estaban. Es una palabra “in-significante”, que logra sacudirles interiormente. ¿Y de qué nos sirve oír si no escuchamos? ¿De qué sirve pensar que ya la hemos oído muchas veces si nunca ha logrado herirnos interiormente?

Antes de leerla o escucharla debiéramos pedirle a Dios que nos dé el carisma de dejarnos tocar por ella y nos dé la docilidad de responder desde dentro. La Palabra de Dios no se nos dice simplemente para saber cosas, sino para dejarnos impactar por ella y dejar que allá dentro nos vaya cambiando como un fermento de vida.

La vela bautismal

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Cuando nos bautizaron nos entregaron una vela encendida en el cirio pascual. ¿Qué hemos hecho con esa vela? Esa vela la debiéramos conservar y cada año, al renovar las promesas bautismales en el aniversario de nuestro bautismo, la tendríamos que encender de nuevo.

La vela es uno de los mejores signos bautismales, es la luz de la fe, es la luz de Jesús que nos abre los ojos para ver. Tal vez no para ver árboles ni flores, sino para:
Ver la vida con ojos nuevos.
Ver la vida con ojos bautismales.
Ver la vida con los ojos de Dios.
Ver la vida como un regalo de Dios.
Ver nuestra libertad como una posibilidad de Dios en nosotros.
Ver la vida como un don, un valor.
Ver que la vida tiene sentido.
Ver que la vida no es para gastarla inútilmente.

Es decir, por el Bautismo comenzamos a ver y mirar el mundo, no como lo miran los hombres sino como lo ve y lo mira Dios mismo. Ver nuestra vida como Dios la ve, y no como la ven los demás.

Al Bautismo vamos como ciegos. Como quien tiene buena vista físicamente, pero como ciegos en la fe. Con el Bautismo Dios nos regala unos ojos nuevos, para verlo todo de una manera nueva. Por eso, el cristiano es el que ve lo que todos ven, pero lo ve de otra manera.

Donde otros ven gente, el cristiano ve hermanos.
Donde otros ven cuerpos, el cristiano ve templos vivos del Espíritu. Donde otros ven cómo pasar el tiempo, el cristiano ve cómo dar sentido a las cosas.

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