Hoja Parroquial

Domingo de Ramos | La Pasión del Señor

Domingo, 2 de abril del 2023

Lo llevaron a crucificar

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Así, con escuetas palabras nos describe el Evangelio la suerte de Jesús. Casi con frialdad e indiferencia. “Lo llevaron a crucificar”, como quien dice, “vamos al cine”. En este pórtico de la Semana Santa la liturgia nos encaja la suerte de Jesús.

Con casi la misma frialdad e indiferencia, cada día los periódicos nos ponen en las narices las tremendas noticias del hombre en el mundo, de los muertos por actos terroristas, de los niños abandonados en la calle, de los que no pueden curarse porque no pueden pagar las medicinas.

Entre tanto, voces que gritan, no sabemos si desde la fe o desde el resentimiento, contra Dios: ¿Y dónde está Dios? ¿Dónde está Dios en la crucifixión de Jesús? La única respuesta es: “crucificado”. ¿Y dónde está Dios en el dolor humano? “Sufriendo”.

Tal vez nosotros hubiéramos preferido escuchar alguna palabra de Dios que acuse y condene situaciones tan inhumanas como éstas. Sin embargo, Dios no tiene otra respuesta que Él mismo compartiendo y sufriendo lo que nosotros sufrimos.

¿Es ésta una solución a nuestros sufrimientos? No propiamente, pero es la mejor solución y respuesta que Dios puede danos. Es la respuesta que Dios tuvo para su Hijo crucificado y es la respuesta que tiene hoy para todos sus hijos que sufren.

H. Küng tiene una frase que pudiera iluminar un poco ese mundo oscuro del dolor y del sufrimiento: “El amor de Dios no nos protege de todo sufrimiento, pero sí nos protege en todos los sufrimientos”.

Dios pudo salvar de la Cruz a su Hijo. Claro que sí, pero no lo hizo. Y en vez de salvarle, Él mismo se dejó crucificar con el Hijo. Dios puede salvarnos de nuestros sufrimientos. Claro que puede, pero no lo hace. Por el contrario, el mismo carga con nuestros sufrimientos.

“No nos protege de los sufrimientos”, pero sí puede “protegernos a nosotros en nuestros sufrimientos”. No levanta la cruz de nuestros hombros, pero hace que nuestros hombros sean más fuertes que nuestras cruces. No dará de comer a todos los que tienen hambre, pero sí nos pedirá a nosotros que lo hagamos.

El Jesús crucificado de esta semana, no será el Jesús utiliza a Dios para liberarse de todo, sino el Jesús que complicará a Dios en su misma muerte. Así Jesús nos revelará que Dios sana enfermándose Él mismo.

El rostro de Dios y las caretas de los hombres

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La Semana Santa bien podemos llamarla “La Semana de Dios”. Por fin, los hombres ¿tomaremos en serio a Dios?

Primero lo tomamos como el juguete de nuestros juicios y condenas. Es que cuando los hombres nos dedicamos a juzgar y condenar, ni Dios se salva. La verdadera justicia no consiste en condenar a los malos, sino en salvar a los inocentes de la mano de los malos.

Luego, a Dios no le reconocemos sus legítimos derechos, lo hacemos víctima de nuestros intereses. Cuando la justicia no tiene como base el respeto a la dignidad de la persona, sino los intereses personales o grupales, termina siendo la justificación de la injusticia.

Hay un cuadro de la Pasión de Jerôme Bosch, donde Jesús está llevando la Cruz. Personalmente lo veo repugnante, pero revela la verdad de Dios y del hombre en la Pasión. Todos los personajes tienen un rostro de caricatura. Todos parecen personajes de carnaval. Todos tienen una máscara en el rostro. El único que tiene el rostro normal es Jesús. ¿Será que para los hombres la Pasión de Dios es un carnaval? ¿Será que los hombres cuando juzgamos a Dios y lo condenamos no somos nosotros mismos sino una máscara de nosotros mismos?

Sólo Dios tiene un rostro normal. Los demás rostros-máscaras. Sólo Dios tiene un rostro apacible. Los demás tenemos que revestirnos de nuestra máscara para que nadie nos reconozca.

¿No es en el fondo la actitud del hombre cuando hace el mal? Nadie quiere ser reconocido como malo. Nadie quiere ser reconocido como injusto. Nadie quiere ser reconocido como infiel. Nadie quiere ser reconocido ladrón o mentiroso. Por eso necesitamos de nuestras máscaras, que nos desfiguren, que nadie nos reconozca, que nadie sepa quiénes somos de verdad.

La verdad de Dios desenmascara nuestras propias mentiras. Por eso, esta semana, está llamada a descubrir y reconocer nuestras máscaras y revestirnos de nuestra verdad.

Tres mandamientos

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La Semana Santa está marcada por tres mandamientos. Los mandamientos del amor.

1.- El mandamiento del servicio: “Haced vosotros lo mismo”. La Muerte de Jesús no es otra cosa que un servicio, el servicio del amor de Dios a los hombres. La muerte de Jesús ¿qué otra cosa es sino Dios que pone al servicio de los hombres la vida de su propio Hijo?

Servir de Dios al hombre. Reconocimiento del valor del hombre, de la dignidad del hombre, hasta el punto de que bien vale la pena de que Dios se ponga al servicio del hombre. ¿Sabremos reconocer nuestra dignidad? ¿Sabremos reconocer que el servicio a los demás es la mayor dignidad del cristiano? Servir no es un acto de humildad, lavar los pies no es un acto de humildad, es el reconocimiento del valor de cada hombre.

2.- El mandamiento de la memoria: “Haced esto en memoria mía”. El segundo mandamiento de estos días es no olvidar el acontecimiento central de la vida de Jesús, su Pasión y su Muerte. Jesús nos ha dejado nada menos que un sacramento, el sacramento central de nuestra fe, como el sacramento de la memoria.

No se puede vivir como verdadero cristiano olvidándonos de su Pasión y de su Muerte. ¿En dónde fundar las exigencias de nuestra fe sino en la memoria de lo que Él hizo por nosotros? No se trata de una devoción, es una exigencia esencial. Quien pierda de su memoria lo que Dios ha hecho por él, carece de razón para luchar hasta las últimas consecuencias.

3.- El mandamiento del amor: “Amaos como yo os he amado”. Ser cristiano no es una moral. Implica una moral, pero es mucho más que una moral. El ser cristianos es “amar”. Lo que nos define no es la penitencia, ni el rezo, sino el amar. Somos si amamos. Somos si amamos de verdad. Somos si amamos como Él nos amó. Somos:
“Si amamos hasta servir a los demás, incluso con la entrega de nuestra vida”
“Si amamos hasta servir a los demás, hasta dar nuestra vida por los demás”.
“Si amamos como Él nos amó”. El amor sin medida. ¡Nada de amar a medias!

El testimonio de nuestra fe: si amamos. El testimonio que hace creíble a Jesús: si amamos hasta dar la vida.

La Semana Santa no es jugar al bingo. La Semana Santa es jugar el juego de la vida, donde los demás “bien valen nuestra vida”.

¿Es posible la esperanza?

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Los imposibles humanos terminan siendo los posibles divinos. Si nos fijamos en la Pasión y muerte de Jesús, podremos observar que a Jesús le tocó vivir todos los imposibles humanos. Su Pasión fue todo un proceso de fracasos.

Fracasó con Judas. Fracasó con Pedro. Fracasó con el resto. Fracasó en el Sanedrín. Fracasó en el juicio de Pilatos. Fracasó en su inocencia, porque fue considerado reo de muerte.

Fracasó en la Cruz porque de nada le valió ser Dios. Fracasó delante del Padre, que en ningún momento dio cara por Él. Fracasó ante los hombres. Murió como “maldito de Dios”. “Maldito el que pende de un madero”.

Toda esa historia de fracasos hizo posible la esperanza. Detrás de cada fracaso se encendía una esperanza. En el corazón de Cristo siempre quedaba la esperanza. Podía fracasar Él, pero no podía fracasar la misión salvífica del Padre. Murió como un fracasado, ya nadie tenía razones para seguir creyendo en Él; sin embargo, Jesús seguía viviendo de la esperanza pascual.  Una esperanza que no se veía, pero esperanza al fin. Una esperanza negada por todos los acontecimientos, pero esa es la esperanza.

“Ya no puedo más. No veo respuesta posible a mis problemas. La realidad me ahoga. Mi vida carece de sentido. Mejor si desaparezco. ¿Para qué seguir viviendo?”. ¿No es está también tu tentación en muchos momentos de tu vida? Sin embargo, también ahí es posible la esperanza. Mejor dicho, también entonces ¡queda la esperanza!

La Pascua siempre está al otro lado del túnel. La Pascua siempre está al otro lado de la noche. La Pascua siempre está al otro lado de toda desesperanza. Estos gritos de desesperanza es preciso escucharlos a los pies de la cruz.

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