Hoja Parroquial

Adviento 3 – C | Adviento y alegría

Domingo, 12 de diciembre del 2021

Invitación a la alegría

Dios nos invita a la alegría

En este tercer domingo del Adviento la Palabra de Dios es una invitación no a la penitencia, ni al ayuno, ni a la tristeza, sino a la alegría. Sofonías nos dice: “Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén”. San Pablo, por su parte, les dice a los Filipenses: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres”. Por su parte, Juan, en el desierto, “exhortaba al pueblo y le anunciaba el Evangelio”.

El creyente siempre tiene razones para la alegría, siempre tiene razones para estar alegre. La única razón del cristiano para no estar alegre sería su alejamiento de Dios por el pecado, o su cerrazón a escuchar a Dios en su vida. Aún entonces, siempre le queda una posibilidad de la alegría porque le queda la posibilidad del perdón.

En Sofonías la razón de la alegría es muy clara: “El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos”. En Pablo, el motivo de la alegría está en el hecho de que “el Señor está cerca” y que todos ellos viven en una gran comunión de sentimientos, de oración y de pensamientos con él. Finalmente, en Juan la razón de la alegría es que, por fin, se nos está anunciando el Evangelio, la Buena Noticia de Dios.

Hemos descubierto el sentido cristiano del ayuno, de la penitencia, de las lágrimas y del sufrimiento, pero creo que todavía no hemos descubierto el “sentido de la alegría”, el “sentido del gozo y de la felicidad”.

La fe es más una invitación a vivir el gozo y la alegría que la tristeza. Es más cristiana la alegría que la tristeza. Es más cristiano el gozo y la fiesta que la angustia y el velorio. El Evangelio proclama más la alegría que la tristeza, proclama más la alegría que la pena y la angustia. El Evangelio es “Buena Noticia”, es anuncio de fiesta.

Conozco demasiados consejos de cómo vivir la seriedad, pero encuentro muy pocos capítulos en nuestra literatura espiritual de cómo vivir la alegría, cómo vivir la fiesta del alma y del espíritu, de cómo vivir alegres.

La razón pienso que está en la imagen que siempre hemos proyectado sobre Dios. Nuestro Dios es demasiado serio, demasiado estricto, demasiado impositivo y hemos anunciado muy poco el Dios gracia, el Dios amor, el Dios novio, el Dios esposo, el Dios boda, el Dios fiesta. El Dios que sonríe y celebra la vida. ¿Qué pasaría si a alguien se le ocurriese pintar a Dios riéndose y celebrando? A nosotros, tristemente, pareciera que nos va mejor un Dios con caria seria y de pocos amigos.

¡Tenemos que cambiar de Dios! Necesitamos recuperar el Dios de la alegría y de la fiesta.

Condiciones para la alegría

alegría y adviento

Cuando San Juan Pablo II visitó Haití, se sorprendió de la alegría de los pobres. Un pueblo cuya pobreza rayaba ya con la miseria; sin embargo, era un pueblo sonriente, un pueblo alegre y que expresaba alegría. Unos días después de la visita, hizo un comentario sobre la sorpresa de ver la alegría de los pobres.

No se trata de sublimar la pobreza para justificarla. Sobre todo, esa terrible pobreza impuesta y no querida. La pobreza produce demasiados sufrimientos; sin embargo, aún entonces es posible sonreír en la pobreza, como lo hacía el pueblo haitiano.

Ciertamente el tener muchas cosas no siempre es razón para la alegría. Muchos que tienen mucho, viven un mundo de preocupaciones. Recuerdo la crisis del 2008 cuando vino la crisis de las Bolsas de Valores. Cantidad de gente lo único que leía en el periódico o veía en la TV era el movimiento de la Bolsa. Pasaron días de profunda angustia.

Cuando uno tiene el corazón vacío de cosas, cuando uno consigue la libertad de su corazón, porque vive desapegado al “tener”, ciertamente consigue una libertad fuente de alegría. Con un cierto humor negro, alguien decía que “el único que no tiene miedo a caerse de la cama, es el que duerme en el suelo”.

La verdad es la otra fuente de la alegría. Quien vive en la mentira, vive en constante zozobra, miedo, angustia. Es claro. En cualquier momento se descubre su mentira o falsedad y todos sabemos qué sucede. La verdad nos hace libres, y también alegres.La transparencia de la vida, una nueva fuente de la alegría. Cuando uno se pasa la vida escondiendo, tapando, ocultando su engaño, carece de unas de las grandes razones de la alegría. La alegría es franca. La alegría es nobleza de espíritu. La alegría es transparencia del alma y del corazón. Por eso, no hay alegría más pura que la de los niños que aún son capaces de mirarnos fijamente a los ojos.

Razones para la alegría

siempre alegres en Adviento

En medio de tantos problemas, ¿aún es posible la alegría?
El cristiano siempre tiene razones para estar alegre.

Yo estoy alegre:
Porque para Dios soy tan importante, que se decide a ser hombre como los demás-
Porque para Dios soy tan importante, que se decide nacer como un hombre cualquiera.
Porque para Dios soy tan importante, que entrega a su Hijo por mí.
Porque para Dios soy tan importante, que me hace compartir su propia vida.
Porque para Dios soy tan importante, que me reconoce como hijo suyo.

Yo estoy alegre:
Porque Dios hace posible que yo pueda cambiar cada día.
Porque Dios hace posible que yo más importante que todas las cosas.
Porque Dios hace posible que yo sea hermano de todos los hombres.

Yo estoy alegre:
Porque Dios hace posible que yo ame a todos.
Porque Dios hace posible que yo ame a los que no me aman.
Porque Dios hace posible que yo ame incluso a mis enemigos.

Yo estoy alegre:
Porque Dios me regala la esperanza cuando todos me hablan de desesperanza.
Porque Dios me regala la esperanza en los momentos más difíciles.
Porque Dios me regala la esperanza aunque todo se vea negro.

Yo estoy alegre:
Porque Dios me regala su propia alegría.
Porque Dios me llena por dentro.
Porque Dios es capaz de llenar todos mis vacíos.
Porque Dios me sonríe, aun cuando yo le falle.
Porque Dios me ama, aunque yo deje de amarlo.

Yo estoy alegre:
Porque Dios quiere que todo el mundo me ame.
Porque Dios quiere que todo el mundo me respete.
Porque Dios quiere que todos me respeten.
Yo estoy alegre porque el Dios de mi fe es un Dios alegre.

La santidad sin cambiar de casa

la santidad

Escuchando a Juan en su diálogo con los distintos personajes de este Evangelio, uno saca una conclusión muy clara: la santidad no exige cambiar de casa. Cada uno está llamado al cambio allí mismo donde está. A la gente le dice: “que reparta lo que tiene”. A los publicanos: “que no exijan lo indebido”. A los militares: “no extorsionen, por el hecho de tener la fuerza”.

A ninguno de los grupos le pidió que dejase su casa, cambiase de profesión o buscase otro trabajo. No, cada uno podía seguir donde estaba. Pero eso sí, tenía que cambiar de actitud. Es decir, sigue donde estás, pero tienes que estar de otra manera. No son los lugares ni los estilos de profesiones los que nos hacen buenos, es el cambio del corazón lo que nos abre las puertas del Evangelio.

De seguro que si Juan hablase hoy y acudiesen a él los sacerdotes, les diría: sean ustedes felices con su vocación, y sean el rostro de la bondad de Dios a los hombres.
Si acudiesen a él los Obispos, les diría: sean ustedes buenos pastores, revelen el rostro de la misericordia de Dios.
Si acudiesen los periodistas, les diría: sigan usted buscando las noticias, pero no hieran a la gente con su noticia, que sean noticias buenas, que no las inventen, y digan siempre la verdad.
Si acudiesen los del poder judicial, de seguro que les diría: tienen ustedes mala fama, pero sigan donde están, y eso sí, sean diligentes en tratar las causas y justos en las soluciones.
Si acudiesen los empresarios, les diría: sigan con sus empresas, produzcan lo más posible, pero paguen salarios justos. No se aprovechen de la escasez de trabajo.

Es decir, tenemos que vivir el Evangelio allí donde el Evangelio nos encuentra a cada uno. Tenemos que fructificar en santidad allí donde la vida nos ha colocado a cada uno. La santidad no es cuestión de puestos, es cuestión del corazón.

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