Hoja Parroquial

Domingo 7 – A | Amar al enemigo

Domingo, 19 de febrero del 2023

El riesgo de ser iguales a los demás

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Antes se dijo “ojo por ojo y diente por diente” es decir, trata de los demás como los demás te tratan a ti. Hoy diríamos: “el que me la hace las paga”. Si tú me odias, yo te odio. Si tú hablas mal de mí, yo hablo mal de ti. Si me has hecho algo malo, me respuesta hacerte otro tanto a ti.

No le hablo porque me hizo mucho daño. No le trato porque me hizo quedar mal ante los demás. No quiero saber nada con él, porque en tal fecha me hizo sufrir. ¿No suele ser esta nuestra reacción? Hasta es posible que pasen los años, y sigamos con un corazón lleno de resentimientos, rencores y odios. ¿Qué es que lo conseguimos con ello?  Tres cosas muy sencillas.

La primera: Con nuestros resentimientos de hoy no cambiamos el pasado de lo que nos hicieron.

La segunda: Llenar nuestro corazón de amargura. Es posible que en el pasado nos hayan hecho sufrir. Pero ahora sufrimos por culpa nuestra recordando el pasado. Y así vivimos amargados toda la vida.

La tercera: Cuando respondemos con la misma ofensa, terminamos siendo iguales a los que nos han ofendido. Y todo eso, humanamente, nos parece lógico.

No es esta la actitud que nos pide Jesús. Porque Él no vino a actualizar el pasado, sino a cambiarlo. El mal no se vence con el mal. El odio no se suprime con el odio. Las ofensas no se suprimen con más ofensas. Jesús quiere cambiar el mundo. Quiere cambiar las actitudes. Quiere cambiar el modo de tratarnos los unos a los otros.

Por eso nos viene a decir: “No devolver el mal por el mal”, sino vencer el mal por el bien. Viene a evitar que haya enemigos mediante el cambio de nuestra actitud para con ellos. No viene a vencer a los enemigos siendo más fuertes que ellos. Al contrario, Jesús nos viene a decir que el mal solo se vence con el bien; que el odio solo se vence con el amor; que el resentimiento solo se vence con la comprensión.

Se trata de una nueva visión del mundo, una nueva visión del trato de lo unos con los otros, una nueva manera de relacionarnos. No construimos la paz con más guerra. No construimos un mundo más fraterno con más enemistades. Un mundo nuevo solo se cambia con corazones nuevos. Un mundo distinto solo es posible con hombres distintos.

“Dios nunca se cansa de perdonar”

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La frase es del Papa Francisco: “¿Habéis pensado en la paciencia de Dios, la paciencia que tiene con cada uno de nosotros? Esa es su misericordia. Siempre tiene paciencia, paciencia con nosotros, nos comprende, nos espera, no se cansa de perdonarnos si sabemos volver a Él con el corazón contrito”. “Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo, Necesitamos comprender bien esta misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia…”.

Paciencia, misericordia y perdón. Tres palabras capaces de cambiar el mundo. Saber esperar. Esperar sin prisas. Saber esperar que las personas pueden cambiar. Para muchos la paciencia pareciera algo pasivo. Sin embargo, es algo activo y dinámico. A veces las prisas matan las esperanzas. Las prisas en recoger las frutas verdes las priva de su verdadero sabor. Las prisas de que cambie el marido o la esposa puede llevarles al fracaso. Las prisas de que cambien los hijos puede crear irritación y tensión.

Por eso el que es capaz de esperar es capaz de perdonar. Y como Dios es capaz de esperarnos siempre, es también capaz de personar siempre. Como no se cansa de esperar tampoco se cansa de perdonar.

¡Cuántos no cambiarán nunca porque no tenemos la paciencia de esperar y los matamos con nuestras prisas!

¡Cuántos hoy habrían cambiado si hubiésemos sabido esperarles y no nos hubiésemos cansado de perdonarles!

Nadie siega el trigo antes de que esté maduro. No exijamos cambios si no les hemos esperado y no nos hemos cansado de perdonarles. ¿Acaso Dios se cansa de perdonarte en la Confesión? ¿Cuántas ves has confesado lo mismo y él no se cansa de perdonar?

No te canses de amar

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Uno de los riesgos que todos tenemos es cansarnos de amar, sobre todo cuando no vemos la respuesta. Amar esperando respuesta es buscar más nuestra satisfacción que el bien del otro.

¿Por qué os cansáis de amaros los esposos? Porque has perdonado demasiadas veces. ¿Hasta cuándo vas a esperar? Pues mira, el que ama de verdad espera el tiempo que sea necesario.

Nos cansamos de amar porque amamos siempre a los que nos aman. El amor que Jesús nos pide tiene mucho de novedad. “Amar a los enemigos”. Amar a lo que no nos aman. Así el amor mantiene constantemente la novedad y la actualidad.

Por eso el amor más bello es el ser capaces de amar a aquellos que sienten poco simpatía por nosotros. Porque es un amor que requiere un corazón muy vivo y requiere una valoración incluso de aquellos que humanamente no se la merecen.

No te canses de amar y no te cansarás de perdonar.
No te canses de amar y no te cansarás de esperar.
No te canses de amar y no tu corazón no se envejecerá.

Será amando que tu corazón será siempre joven, aunque tu cuerpo comience a arrugarse. ¡Qué bello un corazón nuevo en un cuerpo arado por las arrugas de los años!

¿Quién vive dentro de ti?

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Un día se me ocurrió preguntar a un grupo de niños de Primera Comunión: “¿No os parece que la Iglesia está vacía y aquí no vive nadie?”. En su inocencia me respondieron: “No, Padrecito. Aquí vive Jesús. Aquí siempre hay alguien”. ¡Qué razón tenían aquellos niños!

Si preguntásemos a cada uno de los fieles, ¿no te parece que tú estás vacío y que dentro de ti no vive nadie? ¿Cuál sería la respuesta? ¿Sería: “No, Padrecito, yo no estoy vacío por dentro, dentro de mí siempre hay alguien en casa”?

En el fondo, es lo que nos dice Pablo en la segunda lectura: “¿No sabéis que sois templos de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros?”. No somos casas deshabitadas, somos casas habitadas por el Espíritu Santo. Por eso cada uno es un templo o casa de Dios, incluso aún aquellos que nos parecen malos también son casas de Dios.

Lo que sucede es que cuando entramos en una Iglesia nos ponemos todos serios y reverentes aunque, tengo que decirlo, en ciertas bodas aquello más parece una plaza que otra cosa. Sin embargo, cuando nos encontramos con alguien a nadie se le ocurre mirarlo con reverencia, más bien lo solemos mirar con ojos de deseo, entre otras cosas. Qué maravilloso sería que cuando los demás nos miren, nos pudieran ver como la casa de Dios y nadie se atreviese a profanarnos con sus miradas y deseos. Nos quedamos con las paredes de nuestros cuerpos, pero no somos capaces de ver lo que hay dentro: el Espíritu Santo. ¿No crees que es una pena?

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