Hoja Parroquial

Adviento 3 – B | Anunciando al Señor

Domingo, 17 de diciembre del 2024

La elegancia del Espíritu

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Me encanta la figura de Juan, a pesar de que todos tenemos de él una idea de austeridad y hasta de un tipo adusto. Sin embargo, bajo esa piel de camello se esconde un gran espíritu. Una figura que tiene un gran significado y simbolismo para nuestro tiempo y para nuestra cultura individualista.

Juan no es ningún exhibicionista que busca el aplauso de la gente ni la admiración de los demás. Al contrario, es el hombre que da preferencia siempre al otro. Es el profeta que primero es el Otro porque él solamente es eso un simple testigo del Otro.

Su vida no es importante por sí misma, sino por su relación con el Otro, el que está viniendo o, simplemente, el que ya está pero a quien nadie conoce. “Dime con quien andas y te diré quién eres”, que aquí se puede traducir: “Dime a quien anuncias y te diré quién eres”. “Dime de quien eres testigo y te diré lo que vales”.

Juan se define a sí mismo, primero, negando lo que los demás piensan y quieren y esperan de él. En segundo lugar, se define por aquel a quien anuncia y cuyo camino él está preparando.

Frente a nuestra cultura individualista donde el “yo” ocupa siempre las preferencias de nuestras vidas, Juan se presenta a sí mismo en su relación con Jesús, que está a punto de venir o que, simplemente, ya está ahí en medio de la gente pero que nadie reconoce.

Nosotros vivimos con miedo a los demás porque tenemos miedo a que nos hagan sombra o, simplemente, a que sean ellos los primeros y a nosotros nos desplacen. Cuántos viven hoy amargados por la sencilla razón de que “los demás tienen y yo no tengo”, “los demás triunfan y yo no triunfo”, “los demás tienen trabajo y yo no lo tengo”, “los demás son importantes y yo no lo soy”. Vemos al otro no como alguien que nos ayuda a ser, sino como un enemigo que nos impide ser, que nos impide ocupar altos puestos.

Juan no se tiene ni por el profeta ni por el Mesías, sencillamente es un punto de referencia que trata de que la gente se fije en ese otro que es Jesús. Lo que le da su verdadera grandeza no es lo que él es en sí mismo, sino su referencia y su relación con Jesús. Él no es la luz, pero sí es testigo de la luz. Él bautiza con agua, pero Jesús bautizará con Espíritu Santo.

Necesitamos de los otros para ser, sin los demás no somos nada. Pensemos en Adán sin Eva, era un triste solitario que lo tenía todo, pero solo adquiere conciencia de sí mismo cuando aparece ella.

Saber reconocer a los demás como superiores a uno mismo revela la grandeza y la altura del propio espíritu y su propia dignidad. Poner a los demás por encima de uno mismo es una fina elegancia del espíritu que solo los grandes hombres suelen tener. No poner a los demás como pedestal sino hacernos pedestal para que los demás puedan destacar.

Invitación a la alegría

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Cuando todo pareciera invitarnos a la tristeza, a la preocupación y a la angustia, Pablo nos invita hoy a la alegría: “Estad siempre alegres”. Pero no a una alegría pasajera como esa que proporciona la droga, el sexo o el trago, sino a la verdadera alegría. A esa alegría que no nos viene de fuera, sino que brota de dentro de nosotros mismos.

Una de mis experiencias en mi visita a Tierra Santa fue ir a las fuentes del Jordán. De las entrañas de la montaña, no sabemos de dónde ni como, brota todo un río de agua cristalina. Algo así como si de la entraña misma de la montaña brotase un manantial de aguas cristalinas y contemplar allí mismo la cantidad de peces nadando.

La verdadera alegría no me viene de las cosas porque la alegría de las cosas viene y va con las mismas cosas.  La verdadera alegría es la que brota de ti mismo. La que brota del manantial de corazón que no sabes de donde viene, pero que sientes.

Yo me pregunto si la oración, como encuentro con Dios, no será el mejor manantial de nuestra alegría porque, inmediatamente, San Pablo nos dice: “Sed constantes en orar”.

La alegría del encuentro con Dios. La alegría de poder sentarnos en silencio para hablar y escuchar a Dios dentro de nosotros. De Moisés se decía que cada vez que subía al monte a hablar con Dios bajaba con un rostro radiante que era preciso cubrirlo con un velo. Jesús mismo cuando sube al monte Tabor a orar su rostro brillaba y hasta sus vestidos brillaban de blanco.

Nuestra tristeza puede tener muchas causas. ¿Será una de ellas el que oramos poco y entramos muy poco en comunicación con el Señor? Los cristianos tenemos que ser testigos del que está en medio de nosotros y no vemos, pero también tendríamos que ser testigos de la alegría. “Un cristiano triste es un triste cristiano.”

¿Cómo debería ser el día de un cristiano?

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Isaías nos da la pauta de cómo debiera ser cada uno de nuestros días.

Anunciar la buena noticia a los pobres. El cristiano está llamado a ser una buena noticia para aquellos que no tienen nada. La mejor buena noticia es comenzar por compartir lo nuestro con ellos, para que quienes no tienen nada, hoy puedan tener algo.

Anunciar la buena noticia a los que sufren. Comenzar el día poniendo un poco de alegría y de esperanza en los corazones que lloran, sufren y padecen. ¿Acaso cuesta mucho comenzar el día con una sonrisa a los que tienen penas en su alma?

Vendar los corazones desgarrados. Hay demasiado corazones rotos, corazones que sangran. Es posible que muchas veces sangren por tonterías, si no que le pregunten a los enamorados, pero sangran. ¡Qué buena tarea la de cada día vendar esas heridas para que duelan menos y además se curen antes!

Proclamar la amnistía. Proclamar cada día el perdón y la reconciliación. El cristiano está llamado cada día no a dividir, sino a unir; no a separar sino a reconciliar; no a enemistar, sino a hacer amigos a los que no lo son. Proclamar la amnistía es devolver la libertad a los que están presos, a los que carecen de libertad. Esto lo podemos hacer dondequiera que estemos: en la familia, en el trabajo, en una reunión social.

Proclamar un año de gracia. Proclamar que cada día es un día de gracia, un día de amistad de Dios con el hombre y del hombre con Dios. Proclamar que cada día es un día de salvación. Proclamar que para Dios todos los días son días de gracia, días de amor, días de perdón, días de reconciliación.

¡Y luego la gente se aburre porque no sabe que hacer…! ¡La gente se aburre porque cada día siente que es un día como el anterior, sin novedad! ¡Cuántas novedades pudiera haber cada día si lo tomásemos con interés! ¡Y cuantos corazones volverían a revivir cada día!

Meditando mirando al reloj

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Tú y yo vivimos pendientes del reloj.
Dios no tiene reloj.
No necesita reloj, para él todas las horas son buenas.

Dios no mira al reloj para amarte.
Toda hora es buena para quererte.
Dios no mira al reloj para tocar a tu puerta.
Cualquier hora es buena para hacerlo.

Fíjate qué hora marca tu reloj.
Sí, mira a tu reloj.
¿Será la hora de escucharle a Él?
Vuelve mirar tu reloj.
¿Será el momento de abrirte a Dios y escucharle?
Vuelve a hacer lo mismo.
¿Será la hora de decidirte por Él?

¿Para qué llevas el reloj?
¿Sólo para tus intereses?
Piensa que todas las horas son buenas.
La mejor es cuando Dios toca tu corazón.
La mejor es cuando dices a Dios.

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