Hoja Parroquial

Domingo 4 – A | Bienaventuranzas y felicidad

Domingo, 29 de enero del 2023

¿Eres feliz?

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Estoy convencido de que una de las preguntas más difíciles de responder es ésta: ¿eres feliz? Porque, a decir verdad, ¿sabemos en qué consiste la felicidad? ¿Alguien puede decirnos qué es ser feliz?  Podemos sentirnos bien, pero ¿será eso ser feliz? Podemos tener un momento de goce y placer, ¿pero es eso ser feliz? Podemos tener momentos en los que no tenemos problemas, ¿pero será eso la felicidad? 

Yo puedo decir que estoy contento, que estoy alegre, que no tengo dificultades, pero ¿querrá eso decir que soy feliz? Confieso que sigo sin tener las ideas demasiado claras. Lo que sí está claro para mí es que Jesús le ha dado un tremendo vuelco a eso que llamamos: “Ser feliz, ser dichoso, ser bienaventurado”.

Si no sabemos a ciencia cierta en qué consiste la felicidad, al menos, sí sabemos que Jesús puso el “ser felices” en algo que nosotros jamás lo hubiésemos imaginado.

¿Acaso usted pensaría encontrar la felicidad en el desprendimiento total de su corazón de las cosas, haciendo una opción por la pobreza?
¿Acaso usted pensaría encontrar la felicidad en un puñado de lágrimas?
¿Acaso usted pensaría encontrar la felicidad en los que tienen hambre y sed de justicia?
¿Acaso usted pensaría encontrar la felicidad en llevar un corazón limpio?
¿Acaso usted pensaría encontrar la felicidad cuando le persigan, le juzguen y le condenen por causa del Evangelio?

Hace unos días se me ocurrió pensar que alguien me había calumniado, y toda la prensa se me echó encima, y todos me insultaban. Me decía: “¿Sería capaz de estar alegre y contento?”. La verdad que me resultaba difícil entenderlo y mis ideas se nublaban y mi corazón se encogía.  Es que para Jesús la cosa no debe ser como nosotros la entendemos. Para vivir esa felicidad que es la que Él nos promete ciertamente tiene que haber dentro de nosotros una especie de reingeniería espiritual que nos reconstruya interiormente. Esa es la oferta del Evangelio y esa la oferta de Jesús, la que Él mismo vivió.

Bueno, nuestros caminos de felicidad parece que no llegan muy lejos porque lo que se diga felices yo encuentro pocos. ¿No valdría la pena ensayar los caminos de Jesús?

Bienaventuranzas de los ancianos

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Bienaventurados los ancianos que sienten la alegría y el gozo de serlo.

Bienaventurados los ancianos que no disimulan ni silencian sus años.

Bienaventurados los ancianos que no se sienten extraños en medio de los demás.

Bienaventurados los ancianos que sienten que todavía son útiles al mundo y a la Iglesia.

Bienaventurados los ancianos que no viven su ancianidad como un título para tener privilegios.

Bienaventurados los ancianos que son capaces todavía de sonreírle a la vida.

Bienaventurados los ancianos que no viven lamentándose y quejándose de todo.

Bienaventurados los ancianos que saben soportar con alegría los gritos de los hijos y de los nietos.

Bienaventurados los ancianos que cuando escuchan mal lo que se les dice no tienen dificultad en pedir que se lo repitan.

Bienaventurados los ancianos que no gritan y ni se fastidian cuando los nietos ponen alta la música.

Bienaventurados los ancianos que saben aceptar los cambios de la vida y no se lamentan de que “en su tiempo las cosas eran de otra manera”.

Bienaventurados los ancianos que no sospechan de todos de que les están robando sus ahorrillos.

Bienaventurados los ancianos que tienen un “seguro social” digno para vivir dignamente.

Bienaventurados los ancianos que tienen un “seguro de salud” adecuado y son atendidos como personas.

Bienaventurados los ancianos que son tratados como personas.

Bienaventurados los ancianos que son capaces de decirle cada día a Dios: “Hola, Señor, ¿cuándo nos podemos dar la mano y vernos y celebrarlo juntos?”.

Dios me está tomando fotos

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Cuentan que una niña regresaba del Colegio y vino una gran tormenta con relámpagos, truenos y lluvia. Cada vez que un relámpago cruzaba el cielo ella miraba y se reía. Cuando la vio su mamá, asustada, le preguntó: “¿Se puede saber por qué mirabas al cielo y sonreías?”.

“Claro, mamá. ¿Te das cuenta de la cantidad de fotos que me ha sacado Dios? Y como había poca luz, me las sacaba siempre con flash”.

¿Inocencia o ignorancia? Tal vez las dos cosas. Pero lo lindo es cómo los niños, en su sencillez e inocencia saben descubrir, hasta en el peligro, la sonrisa de Dios. Los rayos se convirtieron para ella en el flash de Dios que le estaba sacando fotos.

Es posible que más de una vez Dios haya querido fotografiarnos. Como Padre, me imagino que le gustará tener alguna foto de sus hijos. ¿Te imaginas que tuviésemos la suficiente inocencia para dejarnos fotografiar por Dios? ¿Qué cada peligro lo viésemos no como una amenaza o falta de cariño de Dios, sino como una diversión de Dios, queriendo sacarnos una foto?

A mí me encantan las fotos de los niños chiquitos, son fotos naturales, sin poses para quedar bien. Revelan la inocencia del corazón y hasta la sorpresa ante algo que ni entienden. ¿Seremos capaces de hacernos niños y dejarnos sacar fotos para que nuestro Padre de los cielos tenga algún recuerdo nuestro en su álbum? No. No le demos esas fotos donde fingimos lo que no somos, donde nos maquillamos para quedar bien. Dios quiere nuestra foto así como somos, al natural y siempre con una sonrisa espontánea de gozosa admiración.

La familia en verano

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En el verano abunda el calor.
¿Habrá más calor humano en nuestro hogar?
En el verano hay más luz.
¿Habrá más luz en nuestro hogar?

En el verano nos sentimos más alegres.
¿Habrá más alegría en nuestro hogar?
En el verano los días son más largos.
¿Tendremos más tiempo los unos para los otros?

En el verano compartimos más con los demás.
¿Compartiremos más en familia?
En el verano pasamos más horas en la playa.
¿La playa nos une o nos separa?

En el verano nos sentimos más oxigenados.
¿Estaremos menos estresados en casa?
En el verano vivimos más de las amistades.
¿Habrá más amor en casa?

¿Por qué no os hacéis estos cuestionamientos en familia?

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