Hoja Parroquial

Cuerpo y Sangre de Cristo – C | Cristo Eucaristía

Domingo 19 de junio del 2022

No basta el cuerpo solo

Cristo Eucaristía

No es suficiente dar cosas, es preciso darse uno mismo. No da nada quien solo da cosas. Ama poco quien solo ama con su cuerpo. El cuerpo sin el alma es muy poca cosa. De ahí que Jesús nos dio “su cuerpo y su sangre”. No celebramos solamente el Cuerpo de Cristo, celebramos también su Sangre. Dicho de otra manera, Jesús nos regaló su cuerpo regalándonos también su vida. Su “Cuerpo y su Sangre”.

Celebrar la fiesta del “Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo” es celebrar el sacramento de la plenitud del amor de Cristo. Celebramos el “Cuerpo entregado por todos” y celebramos la “Sangre derramada por todos”. Dicho en claro, celebramos la entrega de su vida por nuestra vida.

Un “Cuerpo” que es tanto más suyo cuanto más lo entrega por nosotros.

Una “Sangre” que es tanto más suya cuanto más derramada por nosotros.

Dios nos había regalado un cuerpo, pero aún no nos había regalado el suyo. Nos había regalado esa sangre que corre por nuestras venas dándonos vida, pero aún no nos había dado su propia sangre.  Nos había regalado nuestra vida, pero aún no nos había regalado la suya.

Ahora que Dios ha puesto a nuestra disposición su “Cuerpo”, su “Sangre”, su vida entera, ¿tendrá algo más que darnos todavía? Nada queda por dar cuando se ha dado todo. Nada queda por dar cuando se nos ha dado todo lo que se tiene y todo lo que es.

Si bien la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo hace referencia al Sacramento de la Eucaristía, hace también referencia al sacramento de la Cruz, del que la Eucaristía es signo sacramental. La gran Eucaristía de Dios es la cruz y él colgado. La gran Eucaristía es el morir entregando su vida y su espíritu. No podremos comprender el “Pan de la Eucaristía” si no entendemos el cuerpo colgado de la cruz. Ni podremos comprender “el Vino de la Eucaristía” si no entendemos la sangre derramada hasta la última gota en la Cruz.

De esa manera, la Eucaristía se convierte así en el sacramento del amor hasta el extremo, del amor hasta la plenitud, pero un amor de cuerpos entregados y de sangres derramadas. Cuando alguien cree haber dado demasiado, habría que preguntarle cuánto hay de cuerpo entregado y de sangre derramada en tu amor. El amor comienza por dar cosas. Es el amor cargado todavía de egoísmo. El amor es amor de verdad cuando en vez de dar cosas me doy a mí mismo. No ama de verdad quien sólo vende su sangre para transfusiones a enfermos; amamos cuando la entregamos para que otros vivan, por más que nosotros debamos morir.

¿Es la Eucaristía una devoción?

Eucaristía y devoción

Quisiéramos hacernos una pregunta que nos parece clave tratándose de la Eucaristía, tanto como Misa o como Comunión.

Los actos llamados de devoción son de libre elección dentro de la espiritualidad cristiana. Puede revelar los sentimientos espirituales de cada uno. Incluso hay un refrán espiritual que todos conocemos: “antes es la obligación que la devoción”.

En este sentido consideramos que la Eucaristía, Misa y Comunión, no pertenecen propiamente al campo de lo devocional. Lo devocional quedará siempre en lo opcional y como simple apoyo, mientras que la Eucaristía hace referencia a algo mucho más radical en nuestra vida de creyentes.

Reducir la Misa a lo simplemente devocional, nos parece empobrecer el sentido de la Misa. Lo mismo se diga de la Comunión. La Eucaristía nos fue dejada por Jesús como “sacramento de la memoria esencial”, como el “sacramento radical de nuestra fe”. Y lo decimos en la Misa: “Este es el sacramento de nuestra fe. Anunciamos tu Muerte y proclamamos tu Resurrección…”. Por tanto, la Eucaristía como sacramento de la “memoria esencial” es una exigencia y una necesidad real para todo creyente. Es más, la Eucaristía es la fuente del ser y de la misión de la Iglesia. Una comunidad no queda suficientemente constituida si no puede celebrar su Eucaristía. Esto sobrepasa a lo devocional. Muchas devociones no tenemos por qué practicarlas, dependerá de cada individuo, pero la Misa es una exigencia de todos. El título de la encíclica de San Juan Pablo II lo dice todo “La Iglesia de la Eucaristía”.

No negamos que vivir a fondo la verdad de la Eucaristía despierte sentimientos de devoción, pero está más allá de una devoción. La Eucaristía toca a nuestras raíces eclesiales y a nuestras raíces de creyentes. Si no superamos ese sentimiento devocional, corremos el peligro de hacerle perder su verdadera fuerza y su verdadero dinamismo. No dudamos que entorno a la Eucaristía puedan existir actos devocionales, pero no son la verdadera vivencia del significado de la Eucaristía.

De rodillas ante el misterio / Pensamientos ante el Sagrario

de rodillas ante el Sagrario

Hay cosas que sólo el corazón entiende.
Hay cosas que sólo la fe puede ver.

La casa más pequeña es la casa del más grande.
Es el Sagrario: la casa donde habita Dios.
Los pequeños necesitamos de casas grandes.
Los grandes necesitan casas pequeñas.
Basta que en ellas puedan meter su corazón.

Dios es el único que siempre está en casa.
Nosotros pasamos demasiado tiempo fuera de casa.
Los que nos buscan no suelen encontrarnos.
Dios se pasa las veinticuatro horas en casa.
Siempre disponible para atender personalmente a quienes lo buscan.

Dios es el único que lo da todo en poca cosa.
La Eucaristía es el misterio de un pedazo de pan.
Ni siquiera se necesita de un pan entero.
Se da a pedacitos, pero se da todo entero, completo.
Nadie se queda mirando al pan por lo maravilloso que es.
Porque todo el mundo le busca a El presente en el pan.

Dios es el que siempre espera.
Puede que tardemos a tocar a su puerta, pero Él espera.
Puede que le tengamos olvidado, pero Él no se queja.
Puede que sólo acudamos a Él cuando le necesitamos.
Él nos aguarda aunque no nos necesite.
Tampoco reprocha nuestra tardanza, ni nuestros olvidos.

A Dios le basta estar y vernos.
La mejor satisfacción de Dios es vernos.
Aunque tengamos prisa y pasemos de largo.
La mejor satisfacción de Dios es mirarnos a la cara.
Por más que nosotros no miremos a la suya.
Es que a Dios le es suficiente consuelo sentirse en medio de nosotros.
Le es suficiente saber que no estamos solos.
Le basta sentir que también nosotros estamos ahí.
Le basta escuchar nuestros pasos, aunque no nos detengamos.
Le basta escuchar nuestros rezos, aunque lo hagamos distraídos.
Le basta escuchar nuestros problemas, aunque se los contemos a otro.

Dios es feliz con nosotros.
Sólo espera una cosa: que nosotros seamos felices con Él.
Sólo espera que algún día podamos sentir que la felicidad está en contar con Él.

Un texto que vamos olvidando

sobre la Eucaristía

En la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II leemos un texto que creo nos sitúa en el núcleo del sentido y significado de la Eucaristía: “En efecto, la Liturgia, por cuyo medio, sobre todo en el divino Sacrificio de la Eucaristía, “se ejerce la obra de nuestra Redención”, contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida y manifiesten a los demás, el Misterio de Cristo y la naturaleza genuina de la verdadera Iglesia, de la que es propio ser, a la vez, humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dad a  la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina; y todo esto de suerte que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos” (S.C.n.2)

La Eucaristía se nos presenta así como la “redención en ejercicio”, la “redención en acto”. Además, con unas consecuencias realmente importantes: contribuye a que los fieles expresen y manifiesten en sus vidas dos elementos esenciales: el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la Iglesia.

Celebrar la Eucaristía es meternos en el misterio salvífico de Jesús y es adentrarnos en la naturaleza íntima de la Iglesia, evidentemente para ser luego esos testimonios vivos de nuestra redención y testimonios vivos y significativos de lo que es realmente la Iglesia.

Este texto conciliar debiera iluminar más nuestras celebraciones litúrgicas y, sobre todo, nuestra manera de celebrar y vivir la verdad la Eucaristía. Este es un texto que debiéramos leer todos antes de venir a la celebración de la Misa y antes de comulgar el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

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