Hoja Parroquial

Domingo 13 – C | La libertad del Evangelio

Domingo 26 de junio del 2022

De la esclavitud de la ley a la esclavitud de la libertad

esclavitudes

Cuando uno lee la Carta a los Gálatas, (ver la segunda lectura de hoy) y luego se asoma a la ventana de la vida y ve el modo de comportarse de la gente, siente la tentación de confesar: “Hemos pasado de la esclavitud de la ley a la esclavitud de la libertad”.

Puede parecer extraño, pero no sólo la ley crea esclavos, también la libertad los puede crear y más de lo que nos podemos imaginar. Tal vez sea ésta una esclavitud peor que la otra. Con frecuencia, identificamos la libertad con ese principio de “a mí nadie me manda”, “a mí que me dejen hacer”. El haber descubierto la libertad y el derecho a ser libres ha sido, sin duda, un gran paso en nuestro desarrollo humano, pero cuando se comienza por absolutizar las cosas, por buenas que sean, también ellas pueden ser principio de esclavitud.

San Pablo en la segunda lectura de hoy es bien claro: “Cristo os ha liberado. Entonces, cuidado de que no volváis a someteros al yugo de la esclavitud”. Como si dijese: “No salgáis de una esclavitud para caer en otra”.

Hemos magnificado tanto la libertad que nos hemos esclavizado de tanto querer ser libres. Hasta el punto de romper con un sin fin de valores, a condición de sentirnos libres. En primer lugar, hemos caído en una libertad extrínseca. Soy libre en la medida en “que nadie me mande”. “Soy libre si hago lo que me da la gana”. “Soy libre si rompo todos los esquemas y todo lo hago válido, lo bueno y lo malo”. Esa es una libertad externa.

La verdadera libertad es interna. Antes de liberarme de los demás, debo liberarme de mí mismo. Sentirme libre frente a los demás es parte de la libertad, pero no lo es toda. Es preciso sentirme libre también frente a mí mismo. Sentirme libre interiormente con la libertad de Cristo o, como dice Pablo, “no una libertad para la carne”. Hasta se atreve a invertir nuestra idea de libertad. Para Pablo, la verdadera libertad es amar. El principio cristiano de libertad es: “Sed esclavos unos de otros”.

Es el amor que me hace libre frente a ti. Es el amor el que te hace libre frente a mí. Pero con esa libertad por la cual soy capaz de vivir las exigencias del amor para contigo.

Son muchos los que se creen libres porque pueden vivir al aire de sus instintos, de sus pasiones, de su irresponsabilidad y al margen de toda dependencia de amor en relación con los otros. ¿Qué libertad es la tuya, cuando se te pide dejar el trago o la droga o el sexo y tienes que reconocer “yo ya quisiera” pero “no puedo”? Nadie te manda, pero te mandan sobre ti tus propios instintos. ¿Qué libertad es esa?

La fe no se impone con la violencia

violencia

La subida de Jesús a Jerusalén está cargada de simbolismos. Un grupo de discípulos se adelantan a Jesús para prepararle un lugar adecuado para pasar la noche, pero los samaritanos rechazan a Jesús sencillamente “porque se dirigía a Jerusalén”. Los discípulos no entienden aquello y piden permiso para pedir al cielo fuego que los queme a todos en castigo.

Es triste, pero es la verdad. A lo largo de la vida, muchos han querido imponer la fe por la fuerza, por la violencia. “O creéis o pedimos fuego contra vosotros”. El mejor signo de nuestra fe, equivocada o falsa, puede darse en las actitudes que asumimos contra los que no piensan como nosotros, no tienen nuestra fe, o no siguen otros caminos. El primer signo de credibilidad de mi fe es mi capacidad para respetar la tuya, para respetar tu conciencia. Quien a título de creyente “condena al otro”, arrastra sobre sí mismo la sospecha de estar equivocado.

Los verdaderos caminos de la fe son precisamente los caminos del amor. Una fe sin amor, no es ciertamente la fe de Jesús. Una religión que no se exprese en el amor a los que son distintos es sospechosa de ser una religión falsa. “En esto conocerán que sois discípulos míos, si os amáis los unos a los otros”. No es cuestión de discusión de ideas que, con frecuencia, pueden ser visiones distintas y hasta posiblemente parcializadas por ambas partes. Es cuestión de amor. Sólo el amor nos lleva a Dios. Sólo el amor revela el rostro de Dios. Sólo el amor será el criterio de discernimiento de la verdadera religión. Más que por sus ideas, lo que realmente diferencia a las religiones es el amor.

La radicalidad no es fundamentalismo

raíces

La radicalidad no es tomar literalmente el Evangelio, sino tomarlo con todas las consecuencias.

La radicalidad no es tomar una palabra y absolutizarla, sin tratar de entender su verdadera significación.  El fundamentalismo toma las palabras como suenan y no por lo que en realidad quieren decir. Además, el fundamentalismo se niega a interpretar lo que Dios quiere decir, sino que quiere imponer “lo que yo entiendo”.

El Evangelio exige radicalismo, es decir, asumir actitudes que van a la raíz de nosotros mismos y a la raíz de las exigencias de Dios para con nosotros.

“Te seguiré a dondequiera que vayas”. Y Jesús le muestra la verdad del seguimiento: “Yo no tengo nada que ofrecerte, ni siquiera un lugar para dormir”.  “Tú sígueme”. Claro, “pero primero voy a enterrar a mi padre”. Si vuelves a los muertos, sigue con ellos.  “Te seguiré, Señor”, pero “déjame que sea educado y me despida de mi familia”. “Quien decide seguirme ya no debe mirar atrás a lo que dejó”.

Jesús no es de los que acepta a la gente para formar número, para ganar en la estadística. Jesús busca calidad de seguimiento. No es que busque santos, le basta que sean pecadores, pero eso sí, que estén dispuestos a jugarse enteros.

Hablando de las dificultades de retransmitir hoy la fe a los demás, Juan Martín Velasco tiene unas frases que dan mucho que pensar: “Tal vez, tengamos que reconocer que nuestras comunidades no transmiten porque no tienen qué transmitir, o mejor, porque no somos de verdad cristianos, no vivimos como tales, no constituimos la semilla, la levadura, la luz, la sal que el Evangelio nos invita a ser…” Ser o no ser. Vivir o no vivir. Alumbrar o no alumbrar. Seguirle o no seguirle. Nada de medias tintas. Nada de un paso adelante y medio atrás como en la Procesión del Señor de los Milagros.

El milagro del recuerdo

recuerdo

“Porque en el recuerdo no hay distancias;
y sólo en el olvido hay un golfo que ni vuestra mirada puede atravesar”.
(Khalil Gibran)

El recuerdo hace el milagro de resucitar todo lo que está ya muerto.
El recuerdo hace el milagro de impedir que tú mueras en mi corazón.
El recuerdo hace el milagro de que si algo está muerto reviva en mi mente.

El recuerdo hace el milagro de suprimir las distancias.
El recuerdo hace el milagro de que lo que ya queda lejos, se haga cercano y próximo.
El recuerdo hace el milagro de que el pasado se haga presente.
El recuerdo hace el milagro de que lo que fue siga siendo.

El recuerdo acorta las distancias.
Al recordarte te hago cercano a mí.
Al recordarte impido que las distancias nos separen.
Al recordarte te estoy diciendo que tú estás conmigo y estoy contigo.
Al recordarte puedo contemplar tu rostro.
Al recordarte puede escuchar tu voz.
Al recordarte puedo sentir tu cariño.
Al recordarte te estoy regalando la vida.
Al recordarte te estoy diciendo: “Tú vives”.

Sólo muere lo que se olvida.
Sólo deja de existir lo que se olvida.
Sólo está lejos lo que se olvida.
Sólo se deja de amar lo que se olvida.
Sólo se deja de sentir lo que se olvida.

Regálame tu recuerdo, aunque haya muerto.
Regálame tu recuerdo, por más que estemos lejos.
Porque sólo tú tienes el don de “regalarme mi nueva existencia”.
(Clemente Sobrado C.P.)

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