Hoja Parroquial

Domingo 34 – A | Cristo reina

Domingo, 26 de noviembre de 2023

Cuando abramos los ojos

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Sí, cuando abramos los ojos y podamos ver la realidad, ¿no será ya un poco tarde? Todos andamos buscando a Dios. Todos preguntamos dónde encontrarle. Y Dios nos dice a todos: “No sean tontos. ¡Si cada día estoy a vuestro lado y me cruzo en vuestro camino y todavía andáis preguntando dónde estoy!”. ¿Recuerdan el cuento de aquella Señora que se le cayó una moneda en la cocina y ella la andaba buscando en la calle? ¿No nos sucederá a nosotros algo parecido?

Dios nos dice que está en los que tienen hambre. Y nosotros empeñados en buscarlo en los que están hartos de todo.

Dios nos dice que está en los que tienen sed. Y nosotros empeñados en buscarlo en los que les sobra el agua.

Dios nos dice que está en los desnudos. Y nosotros empeñados en buscarlo en los que visten bien y a la moda.

Dios nos dice que está en los inmigrantes y forasteros. Y nosotros empeñados en buscarlo en los que viven en los grandes y elegantes edificios.

Dios nos dice que está en los enfermos. Y nosotros empeñados en buscarlo en los que tienen muy buena salud.

Dios nos dice que está en los presos que viven pudriéndose en la cárcel. Y nosotros empeñados en buscarlo en los que andan libres por la calle.

Dios nos dice que está en los ancianos que viven rumiando su propia soledad. Y nosotros empeñados en buscarlos en los que viven bien acompañados y divirtiéndose en las tertulias.

Por ese camino nunca podremos dar con Él, nunca podremos encontrarlo, porque mientras la moneda está en la cocina, nosotros nos dedicamos a buscarla la calle.

En el Reinado de Dios las cosas hay que verlas y mirarlas de otra manera. Dios no está donde nosotros lo imaginamos, sino donde Él prefiere y le gusta estar y manifestarse. En el Reinado de Dios las cosas son distintas, siempre lo buscamos donde no está, lo tenemos cada día en nuestras propias narices y luego nos quejamos de que Dios se hace invisible y se esconde. Quisiéramos hacer muchas cosas por Él y no sabemos qué hacer, entonces lo único que se nos ocurre es ir a la Iglesia.

Recuerden que en una ocasión Dios puso un letrero en la puerta de la Iglesia que decía: “No estoy en casa, he salido fuera”. Mientras tanto una pobre está sentada a la puerta pidiéndonos una limosna para comer. Más de una vez muchos me han dicho: “Padre, no he podido venir a Misa porque tenía mi mamá muy enfermita y no podía dejarla sola”. O también: “Padre, hoy me he escapado un ratito para venir a la Iglesia dejando a mi papá solito en la cama”. Y se extrañan cuando les digo: ¡Qué curioso, tenías a Dios en casa y vienes a buscarlo aquí!

Todo necesita un eje o centro

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La experiencia nos dice que siempre se necesita de un centro, un punto de apoyo. Hasta el universo necesita de un eje en torno al cual gira y se mueve. La llanta tiene consistencia porque tiene un centro en el que apoyarse y hacerse consistente.

La carencia de un centro lo desarmoniza todo. La vida también necesita un centro y ese eje es Jesús. La Carta a los Efesios lo expresa muy bien en su misma introducción:

Desde la creación Dios nos ha bendecido “en Cristo”. “Nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo”.“Nos ha elegido para ser sus hijos adoptivos, por medio de Jesucristo”.“En Él” tenemos la salvación. Y ha “hecho que todo tenga a Cristo por cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra” (Ef 1,3-14).

Dios no nos ha creado al azar como tirando los dados sobre la mesa para ver qué sucede. Primero, Él mismo se hizo modelo nuestro: “A imagen suya los creó: hombre y mujer, los creó”. Y luego todo lo pensó en función de la figura de su Hijo Jesús.

La verdadera realeza de Jesús está en llevar a cabo este plan creacional y salvífico del Padre, en dar unidad a la historia. La historia tiene una meta. La historia no camina a la deriva, tiene una finalidad. De ahí que la fe no es un simple instrumento religioso para salvarnos, es aceptar la armonía de la creación entera desde los designios del Padre. La fe no es solo una visión de Dios, es también la visión del mundo transida de la presencia de Dios.

Donde hay amor, ahí está Dios

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Donde hay amor, allí está Dios. Así dice la canción y así nos lo revela Jesús.

Donde hay amor, allí hay bondad. Donde hay amor, allí hay vida.

Donde hay amor, allí está el hombre. El amor revaloriza al hombre. El amor devuelve al hombre su dignidad perdida.

Donde hay intereses personales, el hombre es una cosa, un objeto.

Donde hay amor, el hombre vuelve a su dignidad de “imagen y semejanza de Dios”.

Donde hay amor, no ponemos al hombre a nuestro servicio, sino que nos ponemos nosotros al servicio del hombre.

Donde hay amor, el hombre recupera su alegría de ser hombre. Donde hay amor, el hombre recupera su esperanza.

Donde hay amor, Dios y el hombre se dan la mano. Donde hay amor, los hombres se abrazan. Donde hay amor, los ojos ven y oyen y escuchan a Dios y al hombre.

Donde hay amor, no se juzga ni condena. Donde hay amor, se levanta al que ha caído.

Donde hay amor, no se critica y se murmura. Donde hay amor se aprende a ver todo lo bueno que hay en el otro.

Porque el amor todo lo disculpa, todo lo perdona, todo lo soporta, todo lo olvida. El amor no tiene envidia. El amor no piensa mal.

Mirar, sí mirar

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Hay algo más simple que el “mirar”.
El niño que todavía no puede hablar, puede, sin embargo, mirar.
Podemos quedar mudos y seguir mirando.
Podemos quedar sordos y seguir mirando.
Podemos estar callados y seguir mirando.

La mirada es como un puente entre nuestro corazón y la realidad.
La mirada es una manera de penetrar en el misterio de las cosas.
La mirada es una manera de entrar en tu corazón sin permiso.

Te miro y con mi mirada llego a entrar dentro de ti, tratando de adivinar lo que llevas dentro.
Puedo mirar hacia dentro y me encuentro a mí mismo.
Puedo mirar hacia abajo y descubro mi propia sombra.
Puedo mirar hacia arriba y contemplo el cielo.
Puedo mirar hacia atrás y veo la estela de mi vida en el camino.
Puedo mirar hacia delante y contemplo el lejano horizonte y mi futuro.

La mirada tiene esa fuerza misteriosa de penetrar la corteza de las cosas.
La mirada tiene esa fuerza de descubrir en tus ojos tu amor o tu odio.
La mirada tiene esa fuerza de descubrir en un Crucificado el amor del que me amó desde siempre.
La mirada me habla de ti y te habla de mí.
La mirada es comunión y es distancia.

La mirada es gracia.
La mirada es pecado.

La mirada es camino de gracia.
La mirada es camino de pecado.

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