Hoja Parroquial

Domingo 34 – B | Cristo Rey | IQC2021

Domingo, 21 de noviembre del 2021

Los poderosos tiemblan ante los débiles

Cristo reina

El diálogo de Pilatos y Jesús es el diálogo entre los grandes y los pequeños. Los poderosos y los débiles, pero donde los débiles se sienten fuertes y los poderosos se sienten débiles.

Pilatos pregunta, no tanto por el interés de saber, porque los escépticos prefieren vivir en su indiferencia y de espaldas a la verdad, sus preguntas responden más bien a sus miedos e inseguridades. Pilatos sabe que su poder es demasiado frágil, es consciente de que su poder tiene escasa consistencia. De ahí que cualquier amenaza parece sacudirle los cimientos.

En cambio, “el rey que es Jesús” se siente seguro, tranquilo, responde sin miedos. La verdad siempre da seguridad. La verdad siempre da consistencia y, luego el poder de la debilidad se siente muy sereno. Pilatos con todos sus capisayos de Gobernador y Jesús con todas las marcas y señales de las burlas y los escarnios. Dos poderes frente a frente.

Siempre me ha llamado la atención de la resistencia del “mimbre”. Su tronco es sumamente débil, se dobla en las formas que nos dé la gana. Mientras que los troncos con la fuerza, fácilmente se quiebran. Jesús es como los mimbres: débil, a merced de todos, víctima de todos. Tan débil que, con toda su verdad, es condenado a muerte. Y aún muriendo seguirá ejerciendo su señorío sobre la muerte, seguirá siendo el rey de la libertad.

Recuerdo que hace unos años leí una frase que me impresionó, decía más o menos: “Los poderosos se sienten firmes y grandes frente a los revolucionarios, pero tiemblan ante el que se pone de rodillas para rezar”.

Jesús es rey, pero no como los reyes de este mundo. Los reyes de este mundo ejercen el poder, el mando, la esclavitud, la violencia. En el reinado de Jesús se vive la libertad, la debilidad, el servicio, el amor, la justicia y la verdad y la santidad.

Su reinado se ejerce sirviendo. La plenitud de su reinado se ejerce muriendo de amor y por amor a los demás. El verdadero reinado de Jesús se expresa en aquello que él mismo dijo a sus discípulos: “El que quiera ser el primero entre vosotros, que sea el último”. De los débiles nadie se preocupa, por eso son más peligrosos, y son más peligrosos porque viven en la verdad. Los fuertes llevan dentro sus propias flaquezas, precisamente, porque “en política vale todo”.

Los caminos de la realeza cristiana

los caminos del cristiano

La realeza cristiana tiene sus propios caminos. No hay academias para aprender a ser reyes como creyentes. La única academia es el Evangelio y el Espíritu Santo maestro de las almas. Por el Bautismo todos participamos de la misma realeza de Cristo. Por tanto, el camino que nos lleva a la realeza no es otro que el mismo Cristo.

Los pasos pudieran ser estos:
Primer paso: vivir en la libertad de los hijos de Dios.
Segundo paso: vivir en la verdad del Evangelio.
Tercer paso: vivir en el amor.
Cuarto paso: vivir sirviendo a los demás.
Quinto paso: vivir considerando superiores a los demás.
Sexto paso: dar y darse hasta entregarse por los demás.

Se trata de una Carrera bien poco diplomática. Sí de una carrera capaz de configurarnos con la realeza misma de Jesús.
El único libro de texto para que el Señor nos apruebe en nuestra misión de “reyes”, es sin duda alguna el Evangelio. ¿Habrá alguna Academia Diplomática en el mundo que lo tenga, cuando menos, como libro de referencia y consulta?

Tal vez, la mejor noticia que nos puede anunciar la Festividad de Jesucristo, Rey del Universo, es ésta: Dios no nos ha creado para ser esclavos, sino libres; no para ser esclavos, sino para vivir la realeza de la libertad.

Dicen que uno descubre la importancia de la salud cuando cae enfermo. Igualmente tendríamos que decir que, descubrimos la verdad de la libertad cuando la perdemos y carecemos de ella. El caso más significativo es que Dios mismo se hizo esclavo, para que nosotros fuésemos libres. ¿Le habremos agradecido alguna vez a Dios el don de nuestra libertad? ¿Le habremos pedido a Dios que avive en nosotros nuestra vocación de ser libres? Y algo importante, ¿qué hacemos para que nuestros hermanos se sientan y gocen realmente de su realeza en la libertad?

Hagamos libres a los demás

Cristo libertador

Estamos llamados a ser libres.
Y estamos llamados a hacer libres a los demás.
No basta con hablar de la libertad.
Es preciso descubrir todo aquello que, de alguna manera, nos impide ser libres e impide ser libres a los demás.
Ni basta con que cada uno pueda disfrutar de la libertad, si no logramos una sociedad que hace posible la libertad de todos.

Dios no sólo es él libre.
Y no sólo nos regaló el don de la libertad.
Sino que él mismo buscó e hizo lo imposible para que seamos libres de verdad.
Dios lucha y trabaja con el hombre en la conquista de la libertad.

El pueblo de Israel es el pueblo que más de cerca experimentó toda una historia de esclavitudes y de libertades.
El Dios de Israel es un Dios comprometido en la libertad.

Trabajamos por la libertad de los demás cada vez que luchamos y nos comprometemos:
En suprimir la pobreza y la miseria del mundo. La pobreza y la miseria esclavizan.

En hacer posible que todos puedan tener un trabajo digno que les ofrezca las condiciones de una vida humana digna.
En hacer posible la educación, la formación.
Educar, formar y enseñar, es equipar al hombre para poder ser libre.

Quien ofrece trabajo a otro, lo está poniendo en el camino de la libertad.
La carencia de trabajo en la sociedad de hoy es una manera de mantener al hombre esclavo de nuestras limosnas y generosidades.
Poner las condiciones para la libertad de todos, es de alguna manera, contribuir a la instauración del Reinado de Dios en el mundo.

Iglesia y Estado, un matrimonio roto

Estado e Iglesia

Cuando en 1925 Pío XI instituyó la Festividad de Cristo Rey, en el fondo, quería ser una respuesta al secularismo que comenzaba a impregnar todas las estructuras sociales. Y una de cuyas manifestaciones era el final del “estado de cristiandad”. Se ha llamado “estado de cristiandad” la unión entre Estado e Iglesia. Las leyes civiles respondían fundamentalmente a las leyes de la Iglesia y la Iglesia se veía protegida por el poder civil, incluso la moral de la Iglesia encontraba su apoyo en el Estado.

Esta situación se consideraba como una manera de considerar cristiano al Estado. Pero desde fines del siglo XIX comenzaron las filosofías de la autonomía de los Estados en relación con la Iglesia. La Iglesia comenzó a sentirse desprotegida y, hasta cierto punto, lo consideraba como una amenaza a la fe cristiana.

Con la Fiesta de Cristo Rey se pretendía el reconocimiento de la realeza de Cristo sobre todos los poderes civiles. De esa manera, frenar el movimiento del divorcio Iglesia-Estado. La idea era buena en sí misma, pero los caminos no fueron los más acertados.

El término del estado de cristiandad era algo que se veía venir. La solución no hubiera estado en mantener la situación, sino en buscar nuevos caminos para el fortalecimiento de la fe porque, a decir verdad, en este matrimonio de Iglesia-Estado, la que siempre salió perdiendo fue la Iglesia, que vivió de una serie de privilegios que en nada han favorecido a la radicalización y maduración de la fe. La serie de privilegios, en el fondo, terminaba siendo una manera muy sutil y delicada de someter la Iglesia al Estado.

El Concilio Vaticano II optó por el reconocimiento de las independencias y distintos campos de acción y de las diferentes misiones. Es posible que la Iglesia encuentre mayores dificultades en el camino, pero también es cierto que la Iglesia recupera con ello una mayor independencia y una mayor libertad.

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