Hoja Parroquial

Pascua 2 – B | Divina Misericordia

Domingo , 7 de abril del 2024

La Misericordia, expresión de la Pascua

San Juan Pablo II eligió este segundo domingo de Pascua, como el Día de la Misericordia. ¿Por qué precisamente este día? Porque es el regalo pascual de Jesús a sus discípulos. Recién están tomando conciencia de que le han fallado al Maestro, se sienten mal con ellos mismos y se sienten mal con Él. Hasta diríamos que no solo estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos, me atrevo a pensar que también tenían miedo a encontrarse con Él. ¿Cómo dar cara cuando durante los momentos difíciles de la Pasión le abandonaron y le dejaron solo?

Sin embargo, Jesús lo primero que hace es reconciliarse con ellos y reconciliarlos a ellos con Él. Por eso comienza con el gran saludo pascual: “Paz a vosotros”. Y para que no duden les muestra las llegas de sus manos, los renueva con el don del Espíritu Santo y los regala con el don y el ministerio del perdón.

Nosotros preferimos la justicia que, la mayor de las veces, es venganza y violencia. Jesús no piensa ni en la venganza ni en la violencia, piensa en amar a los débiles, a los que han fallado, a los que le han fallado.

La venganza de Dios es la comprensión y la renovación del que ha caído. Jesús no cae en ese estilo nuestro de machacar y hundir más al que ya está aplastado por su pecado. Al contrario, lo renueva, lo recrea, lo hace nuevo. Por eso les sopla regalándoles el don del Espíritu Santo.

Lo verdaderamente curioso es que a aquellos que habían estado ausentes en las horas de la Pasión, víctimas del miedo y la cobardía, los convierte en ministros del perdón: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados”. Los que necesitaban del perdón terminan siendo ministros del perdón para todos los demás.

La Pascua lo cambia todo, nos ofrece un mundo totalmente nuevo que rompe con todos los esquemas humanos de nuestras reacciones. La comprensión y la misericordia en vez de la violencia que anida en nuestro corazón. “El que me las hace me las paga”.

Pero para ello, primero es necesario que nosotros mismos cambiemos por dentro. No puede haber comprensión donde hay violencia en el corazón. No puede haber misericordia donde hay sentimientos y resentimientos de odio y de venganza. Donde hay odio y venganza no hay comunidad. La comunidad nace siempre de la reconciliación que es fruto del Espíritu que derrama su amor en nuestros corazones.

Día de la Divina Misericordia

En 1997, San Juan Pablo II visitó la tumba de Santa Faustina Kowalska a la que llamó “Gran apóstol de la Misericordia”, he hizo esta confesión personal: “El mensaje de la Divina Misericordia ha estado cerca de mi como algo muy querido, en cierto sentido forma una imagen de mi Pontificado”. Y declaró el segundo domingo de Pascua, como el “Domingo de la Misericordia”.  Santa Faustina había sentido que el Señor le decía: “Hija mía, habla al mundo de mi inconcebible misericordia. Deseo que la fiesta de la misericordia sea refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores”. Entonces san Juan Pablo II concedió que en la Iglesia Universal se pudiese ganar indulgencia plenaria en este día.

Si el ser de Dios es ser amor, lo lógico es que Dios es infinitamente bondadoso, misericordioso y comprensivo con nuestras debilidades humanas. Hoy el Evangelio nos recuerda el don pascual del ministerio del perdón: “A quienes perdonéis…”. La Iglesia está también llamada a manifestar estas entrañas de misericordia de nuestro Padre Dios.

Jesús dijo: “Misericordia quiero y no sacrificios”. “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”. ¿Cómo pudiéramos nosotros hoy ejercer también esta misericordia? ¿Con quienes debiéramos tener hoy más misericordia?

¿Cómo saber si hemos resucitado?

Todos hablamos mucho de la Resurrección de Jesús como el gran acontecimiento pascual, pero hablamos muy poco de “nosotros resucitados”. ¿Será que seguimos todavía sin resucitar? ¿Cómo saber que también nosotros hemos resucitado con Él?

Aquí te propongo algunos elementos para que cada uno se descubra a sí mismo:

Si cuando alguien te ofende, respondes con amor y no con venganza.
Si cuando alguien te hace daño, tú respondes al mal con el bien.
Si cuando alguien te ha fallado, tú le tiendes una mano para levantarlo.
Si cuando alguien es tu enemigo, tú tienes el valor de decirle: “La paz contigo”.
Si cuando alguien te hace la guerra, tú le regalas el don de la paz.
Si cuando alguien habla mal de ti, tú hablas bien de él.
Si cuando alguien piensa mal de ti, tú piensas bien de él.
Si cuando alguien te desprecia, tú reconoces los valores que tiene.
Si cuando vez a alguien, eres capaz de verlo como hermano.
Si cuando alguien te cae mal, tú eres capaz de sonreírle.
Si cuando alguien no te saluda, tú le tiendes la mano y le das los buenos días.
Si cuando alguien te niega la palabra, tú le sonríes y le hablas.
Como ves, todo un mundo al revés.
Es que la Pascua es eso, poner al mundo al revés de lo que lo habíamos puesto nosotros.

Por eso los Evangelios no nos relatan el hecho de la Resurrección, sino que más bien nos habla de los efectos que la resurrección ha producido en nosotros. La Resurrección de Jesús es un hecho, pero sobre todo un acontecimiento en el corazón de la comunidad.

Conocemos que Jesús ha resucitado cuando sentimos que nuestro corazón ha cambiado, que nuestro corazón se ha renovado y llevamos un corazón nuevo. La Resurrección es todo un acontecimiento en el corazón de cada hombre. Por eso la Resurrección comienza por recrear la comunidad de los que vivían desilusionados y pensando cada uno en tomar el camino de casa.

“Señor, yo creo en la comunidad”

Sé que tú te apareces en la comunidad. Sé que tú te apareces a la comunidad.
Sé que tú te dejas ver en la comunidad. Sé que tú te revelas en mi comunidad.

Que mi comunidad es lugar de encuentro.
Que debo creer a mi comunidad.
No quiero caer en el pecado de Tomás: “Nosotros le hemos visto”.
Pero yo no os creo a vosotros.

Los que no creen a la comunidad están fuera de ella.
Los que no creen a la comunidad exigen milagros para creer.

Las apariciones pascuales de Jesús son una revelación del valor y del sentido de las comunidad de hermanos. Una comunidad que hace la experiencia para compartirla luego a los demás. Tomás tuvo la suerte de estar en la comunidad a los ocho días. Gracias a eso pudo también él ver a Jesús resucitado, pero recibió la reprimenda: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Que es lo mismo que decirle: “Dichosos los que crean en el testimonio de su comunidad”.

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