Hoja Parroquial

Cuaresma 5 – C | El amor de Dios

Domingo, 3 de abril del 2022

El amor va más allá de la ley

amor de Dios

Según la ley, la mujer adúltera debía ser lapidada, con la ley en la mano, tenía que morir. Moisés lo había ordenado. Los textos de la ley eran claros: Lev 20,10; Dt 22,22.24. Por tanto, la pregunta que se le hace a Jesús carece de sentido. ¿Para qué preguntar lo que la Ley declaraba taxativamente? ¿Para qué preguntar si tampoco ellos estaban dispuestos a cambiar la sentencia?

Pero Jesús no es de los legalistas que se encierran en la ley y estrechan el marco de su corazón en las estrecheces de la ley.  Para Jesús, la persona está más allá de la ley. La persona no es para la ley, sino la ley para la persona. No se puede ver a la persona desde la ley, sino ver la ley desde la persona.

Por otra parte, Jesús trata de poner al descubierto que, no siempre, los esclavos de la ley son mejores que aquellos a quienes tratan de juzgar. Uno puede presentarse como muy fiel al texto de la ley; sin embargo, eso no le garantiza la verdad de su corazón. Uno puede ser muy legalista y no por ello ser mejor que aquel a quien se quiere condenar. Lo cual indica que quien quiera aplicar la ley necesita un corazón limpio y una profunda estima de la persona.

El hacernos jueces de los demás no nos garantiza que nosotros estemos limpios de polvo y paja. Al contrario, nuestra condición de jueces de la vida de los demás pudiera ser una manera muy sutil de esconder nuestras propias basuras e infidelidades.

El argumento de Jesús es claro, contundente, quien quiere condenar a la adúltera, primero que se mire a sí mismo, que se reconozca por dentro y si se siente inocente, entonces que tire la primera piedra. ¿Cómo tirar piedras contra alguien con las propias manos sucias y manchadas? Ninguno se sintió limpio. Ninguno se sintió con las manos limpias. Todos las tenían sucias. Por eso, debieron retirarse en silencio, que es la mejor manera de que a uno no lo desnuden delante de los demás.

Hay condenas que no solucionan nada. La ley difícilmente devuelve la vida. En cambio, el amor, el perdón pueden recrear y reanimar a quien estaba muerto. La ley condena, pero sólo el amor es capaz de salvar y devolver la vida. La ley solo vale para amenazar, mientras que el amor y el perdón valen para recuperar la vida que se había perdido. Para aplicar debida y salvíficamente la ley es necesario estar limpio, ser inocente, amar mucho y respetar la dignidad de las personas. La ley no puede ser para aplastar y destruir al otro, sino para salvarlo. Y eso, por más que la ley la haya dado Moisés.

Testigos del amor

Dios es amor

La literatura actual insiste en el hecho de que hoy la palabra no basta, es necesario el testimonio. Se necesitan hombres y mujeres que hablen; pero, sobre todo, se necesitan testigos. Es preciso que se siga hablando de Dios, pero mucho más se requiere de testigos de Dios. ¿Y cómo testimoniar a Dios hoy?

“Ser testigos del amor”. Testigos que han experimentado el amor, que no dicen que “Dios ama”, sino que testimonian que ellos “se sienten amados”, que ellos “han experimentado su amor”. Aunque la mejor manera de testimoniar el amor de Dios es: “Amar como Él nos ama”.

“Ser testigos del perdón”. El amor tiene hoy un nombre. El amor se llama hoy “perdón”. Ser testigos del perdón de Dios es presentarnos como perdonados. “Yo he sido perdonado”. La manera de anunciar este perdón es “yo también te perdono”.

La mejor manera de saber que tú me amas es escuchar de tu corazón: “Vete en paz, yo te perdono”. “Mujer ¿nadie te ha condenado?”. “Nadie, Señor”. “Pues tampoco yo te condeno. Levántate. Vete en paz. Y no peques más”. Sentir que alguien nos dice “levántate, ponte en pie, ponte en camino. No mires atrás. No vuelvas a pecar”. Y eso ¿cuánto cuesta? ¿Cuánto te quedo debiendo? El amor no cobra, el perdón se regala.

En un mundo roto, en una familia rota, en una sociedad infraterna, necesitamos del perdón. Necesitamos que alguien nos regale el perdón. Amar hoy significa “Yo te perdono”. Amar hoy significa decir: “Levántate”. Amar hoy significa decir: “Camina y no peques más”. Hoy se habla mucho del amor. Todo canta al amor. ¿No podríamos hacer una pequeña economía de palabras e invertir un poco más en el testimonio? Ama, aunque no lo digas. Perdona y sonríe. Perdóname que yo traduciré: “Ahora sé que me amas”.

Cuando Dios nos toma de la mano

Dios nos lleva de la mano

Uno de los gestos que más nos hacen recuperar el ánimo es cuando hemos fallado y alguien todavía tiene la generosidad de tomarnos de la mano. Esa mano que agarra la nuestra es como un decirnos al oído: “Tú tranquilo. Aquí no te va a pasar nada, al menos, mientras yo te tenga de mi mano”. El cuadro de Lucas Cranach está cargado de rasgos y colores fuertes. Los acusadores, todos tienen rasgos duros y hasta de enfado. Mientras tanto, Jesús extiende delicadamente su mano izquierda y con ella agarra por la muñeca el brazo de la adúltera. En medio de su miedo y de su vergüenza, la adúltera da la impresión de recuperar la serenidad de su rostro, sabe que ha encontrado a alguien capaz de dar cara por ella.

Las manos de los hombres nos agarran para llevarnos al juicio. La mano de Dios nos aprieta fuerte para darnos seguridad, para devolvernos la tranquilidad y la esperanza. Cuando esa mano aprieta la nuestra, el alma nos vuelve al cuerpo y el aliento regresa a nuestro pecho. En vez de las piedras destinadas a golpearnos, las manos fuertes de Dios dándonos serenidad de espíritu.

Jesús no teme contaminar su mano tocando y agarrando a la adúltera. Las manos se contaminan más con las piedras que matan y destruyen que con el brazo de una adúltera. Las manos no se ensucian ni se hacen impuras agarrando y protegiendo al pecador, sino tirándole piedras al que ha pecado. El amor nunca ensucia. El amor limpia. El amor nunca condena. El amor perdona. El perdón resucita al que estaba muerto.

A Jesús nadie lo propondría como modelo de hombre de la ley, pero sí como el hombre del amor y del perdón, el modelo de cómo recuperar la vida y la dignidad de las personas, incluso de las adúlteras.

Dios no tiene miedo al escándalo

amar como Dios

Resulta curiosa la historia de este texto del Evangelio de Juan. No aparece en muchos de los Códices antiguos, se sospecha que ha sido sustraído. Sí aparece en la Vulgata. Tanto San Ambrosio como San Agustín hacen referencia explícita a esta sustracción del texto: “Algunos copistas puritanos debieron considerar escandaloso este texto. Temieron se abusara de él imaginándose que diera pie para pensar que Jesús no daba importancia al pecado y que, por tanto, autorizaba a pecar”.

Resulta curioso. Tenemos más fe en la ley que condena que en el amor que perdona. Tenemos la idea de que cuanto más legalistas seamos, cuantas más leyes publiquemos, cuanto más estrictos seamos, mejores efectos conseguiremos. Por el contrario, está muy difundida la idea de que el amor puede posibilitar más el camino del pecado. Si uno, en vez de juzgar y condenar, perdona y absuelve pudiera estar cayendo en la debilidad. La ley es fuerte. El amor es débil. La ley cierra las puertas. El amor las abre.

De ahí que, de alguna manera, todos preferimos la dureza de la ley, a la debilidad del amor. Lo cual viene a decirnos otra cosa: que no creemos en la fuerza del amor y sólo creemos en la fuerza de la ley. Por eso mismo, preferimos gobernar con intransigencia a gobernar con el corazón.

Dios prefiere que se le acuse de amar demasiado y no a que le acusemos de ser duro, frío e intransigente. Porque Dios tiene más fe en el amor que en la ley, tiene más fe en el perdón que en la condena. Por eso, también prefiere hombres y mujeres que le siguen porque le aman, que no seguidores por obligación. Porque quien le sigue por imposición de la ley, en realidad no le sigue.

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