Hoja Parroquial

Domingo 6 – B | El leproso y Jesús

Domingo, 11 de febrero del 2024

Tocar al otro: el contacto humano

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Los gestos de Jesús desconciertan a cualquiera, son gestos que retan a la misma Ley, son gestos que el resto de la gente no entiende. Es que sentimos miedo de acercarnos demasiado a los demás, sobre todo a aquellos que sufren. Por algo dice el refranero español “ojos que no ven, corazón que no llora”, que bien pudiéramos traducir de otra manera “manos que no tocan, corazón que no siente”.

Tocar a los demás, extender la mano a los que sufren, siempre es un riesgo. Riesgo a contaminarnos y riesgo a vernos en la obligación de hacer algo por el otro. Por eso, la gran mayoría prefiere ver el sufrimiento desde lejos, prefiere escuchar las noticias de los que sufren lejos, es que el sufrimiento que sentimos a nuestro lado nos cuestiona y hasta pudiera hacernos sufrir. Preferimos encapsularnos en nuestra pequeña felicidad a no complicarnos con los demás.

Que puede haber enfermedades que contagian, lo sabemos, y las precauciones nunca están de,más. El problema está cuando al enfermo preferimos no verlo porque así estamos más tranquilos. Preferimos “ver sin ver”. Vemos a tantos que se mueren de hambre, pero como están lejos duelen poco. Vemos a tantos niños en la calle, pero mejor les gritamos porque estorban y podemos atropellarlos. Vemos a tantos que andan harapientos, pero mejor no les damos la mano porque ¡Dios sabe que cuando se las habrán lavado!

El leproso del camino era un peligro. La religión de la ley no tenía corazón para ver cómo sanarlo. Prefería echarlo fuera y lejos de los caminos. Así todos podían caminar sin peligro alguno.

Pero el leproso sintió que en Jesús no existía la Ley, sino el amor. Corrió el riesgo de acercarse al camino y gritar, como que intuía que alguien no tenía miedo a contagiarse y acertó, porque Jesús no tuvo escrúpulos de conciencia de quebrantar la Ley y le tocó. Legalmente también Él quedaba leproso. No lo cura a control remoto, quiere que su curación tenga sabor a humanidad, a amistad, a bondad, a caridad y a amor y a comprensión.

Mientras tanto, nosotros seguiremos levantando muros o escupiendo lejos a todos esos que ensucian la ciudad y le dan mal aspecto. Mejor los recluimos como una especie de “reservación”. Que se pudren, pues que se pudran solos, pero que nosotros no sintamos su mal olor. ¡Qué importante es el contacto físico! ¡Qué importante es sentir el calor humano de los demás!

Los dos lagos

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Todos los conocemos. El Lago de Tiberíades y el Mar Muerto, ambos alimentados por el mismo río, el Jordán. Ambos son diferentes. El Lago de Tiberíades es un lago vivo, lleno de vida, es un Lago que regala su agua tanto para las ciudades que beben de él, como para el riego de la cuenca del Jordán, como el mismo Mar Muerto. En cambio, el Mar Muerto se queda con todo; no reparte nada. Por eso está muerto, no tiene vida.

Hay personas que son como el Tiberíades. Generosas. Se pasan la vida dándose, repartiéndose. Son personas que tienen vida porque dan vida. Son personas que tienen vida porque se comparten con los demás. Son personas de las que pueden beber todos.

Hay personas Mar Muerto. Ácidas y salobres y muertas. En ellas no hay vida porque no se dan a nadie. Se quedan con todo. Sus fondos son negros como el petróleo. Sus aguas son pesadas. De sus aguas no vive nadie.

Es que solo vive el que se da a los demás.
Es que solo vive el que se entrega a los demás.
Es que solo vive el que es capaz de regar otras vidas.

Está muerto el que todo lo acapara para sí y se olvida del resto.
Está muerto el que no piensa más que en sí mismo.
Está muerto el que solo vive para sí mismo.

Se trata de personas pesadas con las que hay que andar con cuidado, lo mismo que cuando uno se mete en el Mar Muerto. Una sola gota de agua que te salpique los ojos te deja ciego para varios días. En cambio, las “personas-Tiberíades” son transparentes, llenas de vida.

Misterios del hombre: los oídos

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Un otorrino daba una conferencia sobre los oídos.

¿Se dan cuenta de esa maravilla que Dios ha puesto en nuestra cabeza? Debiéramos quedarnos todos sordos. Para luego descubrir la belleza del oído.
Con el oído escuchamos el primer gemido de nuestros hijos.
Con el oído escuchamos sus primeras palabras.
Con el oído escuchamos la primera vez que dice “mamá”, “papá”.
Con el oído escuchamos el canto de las aves.
Con el oído escuchamos el saludo del amigo.
Con el oído escuchamos las primeras palabras de amor.
Con el oído escuchamos la voz de los que nos rodean.
Con el oído escuchamos la música de nuestros CDs.
Con el oído escuchamos la llamada del que nos necesita.
Con el oído escuchamos el dolor de los enfermos.
Con el oído escuchamos la soledad de los ancianos.
Con el oído escuchamos las palabras de los hombres.
Con el oído escuchamos la Palabra de Dios.
Con el oído escuchamos las palabras de perdón.
Con el oído escuchamos el grito del herido.
Con el oído escuchamos el reclamo de los nuestros.
Con el oído escuchamos el timbre del teléfono.
Con el oído escuchamos al que llama a nuestra puerta.
Con el oído me están escuchando ustedes hoy.

Se levanta uno del público y le dice: Doctor…
Con el oído escuchamos la primera palabra de rebeldía.
Con el oído escuchamos el primer no de nuestros hijos.
Con el oído escuchamos el primer rechazo de amor.
Con el oído escuchamos los ruidos desagradables de la calle.
Con el oído escuchamos el estampido de las balas.
Con el oído escuchamos a gusto la crítica de los demás.
Con el oído escuchamos la murmuración de las reuniones.
Con el oído escuchamos las mentiras de la gente.
Con el oído escuchamos al que nos maldice.
Con el oído escuchamos las falsas promesas de los políticos.
Con el oído escuchamos los gritos en casa.
Con el oído escuchamos la falsa propaganda.
Con el oído escuchamos la sentencia del juez que nos condena.
Con el oído escuchamos los gritos de desesperación.

Y ahí está precisamente el misterio del hombre, querido amigo.
Ese misterio por el cual nosotros podemos ser una cosa u otra.
Ese misterio del uso que cada uno hacemos de nuestros sentidos.
Para el bien o para el mal.
Pero eso depende de nosotros.
No de los oídos.
Usted escucha lo que quiere.
Usted escucha lo que escucha su corazón.
Y ahora
¿Tú qué dices?

No me llames extranjero

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“No me llames extranjero, mírame bien a los ojos,
mucho más allá del odio, del egoísmo y el miedo,
y verás que soy un hombre, no puedo ser extranjero”. (Rafael Amor)

No me llames extranjero, porque he venido de lejos.
No olvides que hoy estoy cerca de ti y a tu lado y ambos caminamos juntos.

No me llames extranjero, porque mi color es distinto al tuyo.
No olvides que el alma no tiene color ni las ideas tampoco.

No me llames extranjero, porque tal vez no hablo tu lengua.
No olvides que tu corazón y el mío hablan el mismo lenguaje del amor.

No me llames extranjero, porque no tengo la documentación en regla.
No olvides que tú y yo llevamos el mismo “Carné de Identidad”: el Bautismo.

No me llames extranjero, porque mi madre y padre no son de aquí.
No olvides que nuestro Padre Dios es de todas partes.

No me llames extranjero, porque aún no tengo residencia.
No olvides que Dios habita en todos.

No me llames extranjero, porque extranjero fue también Jesús.
No me llames extranjero, porque tú y yo somos hermanos.
No me llames extranjero, porque tú y yo somos hermanos.
“No me llames extranjero, porque tu pan y tu fuego
calman mi hambre y mi frío, y me cobija tu techo”.

(Clemente Sobrado cp)

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