Hoja Parroquial

Domingo 5 – B | El peregrino Jesús

Domingo, 4 de febrero del 2024

“Y se puso a servirles”

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También las suegras se enferman. También la fiebre las tumba en cama. Eso le pasó a la de Simón. A Jesús le faltó tiempo para ir hasta ella, “se le acercó, la cogió de la mano y la levantó”, pero de inmediato añade Marcos, “se le pasó la fiebre y se puso a servirles”. La fiebre, como cualquier enfermedad, tiene el peligro de encerrarnos sobre nosotros mismos. Muchos hasta tienen el problema de utilizar su enfermedad como una manera de que los demás se preocupen de ellos.

¿Será por eso que el Evangelio recalca que liberada de la fiebre, digamos de su egoísmo, “se puso a servirles”? Lo cual vendría a decirnos que Jesús no solo sana los cuerpos, sino que sana al ser entero. Jesús no sana una parte y deja la otra enferma, no sana el cuerpo y deja el alma enferma. El “ponerse a servir”, es la sanación del alma. Un pasar del egoísmo en el que nos encierra la enfermedad, a ponernos al servicio de los demás.

Es frecuente acudir a Dios cuando algo nos duele o cuando la enfermedad nos postra en cama, pero ¿qué sucede cuando luego nos sanamos? ¿Seguimos acudiendo a Dios o, simplemente, esperamos a una nueva enfermedad para acordarnos de Él?

Oramos por nuestros enfermos y me parece estupendo, sobre todo para pedirle al Señor que les dé fuerzas, que los sane por dentro para que puedan afrontar ese mal momento. Pero no olvidemos que Dios o nos sana enteros o no nos sana. O nos sana el cuerpo y el alma o no nos sana. Aquí habría que decir aquello de “alma sana en cuerpo sano”, pero también “cuerpo sano en alma sana”.

¿De qué le sirve al árbol tener una linda corteza si por dentro está podrido? ¿De qué le sirve al árbol destacar por su altura en el bosque si sus raíces comienzan a pudrirse? Somos demasiados los que estamos afiebrados, los que estamos en cama porque nuestro cuerpo está enfermo. Cuántos debieran estar en la enfermería del espíritu porque tienen enferma el alma o el corazón. La mejor señal de que Jesús nos ha curado es que, a partir de entonces, “comencemos, también nosotros, a servir” a los demás. Eso será señal inequívoca de que realmente estamos sanos del todo.

En defensa de las suegras

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No sé por qué, pero suelen tener mala literatura. Y hasta los chistes de las suegras parecen obligados en cualquier reunión. ¿Serán tan malas las suegras? Dime una cosa, ¿tan mala es tu mamá? Pues es la suegra de tu marido. ¿Verdad que para ti es maravillosa?

¿Tan mala es la mamá de tu marido? Pues es tu suegra. ¿Verdad que para él como su madre no hay ninguna?

Y tu suegra, no lo olvides, es la abuela de tus hijos. ¿Te das cuenta del cariño que les tiene y le tienen?

Tu mamá, termina siendo tu madre y la madre de tu esposa.

Y la madre de tu esposa, termina siendo su madre y también madre tuya.

Alguien me dijo un día: “Es que yo me caso con la hija pero no con mi suegra”. Mi respuesta fue clara: “Hombre eso lo entiendo. Tu suegra ya está casada, por eso te ha regalado a su hija”.

En cambio, los suegros pasan más desapercibidos. ¿Por qué será? Abundan los chistes de las suegras. Personalmente no conozco ninguno sobre los suegros. ¿Será ellas las malas de la película y ellos los buenos?

Con frecuencia, los que más aman, terminan siendo los más fastidiosos. ¿Acaso no os sucede esto frecuentemente con los mismos hijos?

Me permito un consejito barato. Maridos, no hablen mal vuestra suegra, no olvides que es la mamá de vuestra esposa y la abuelita de vuestros hijos. Esposas, no hablen mal de la suegra. ¿No saben que es lo más querido para vuestro esposo? Hablar mal de la suegra es herir los sentimientos maternales del esposo y de la esposa.

Misterios del hombre: los ojos

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Dos oculistas, felices de su profesión, comentaban la maravilla del ojo.
Algo tan pequeño y, sin embargo, de tanta importancia.
Nosotros mismos para poder ver su fondo tenemos que dilatarlo.
El proceso de la visión es extraordinario.
Y extremadamente sensible.
Dios debió pensar mucho para hacerlo.

Fíjese, doctor, cómo:
Gracias a los ojos podemos ver la cara de las personas.
Gracias a los ojos podemos ver la belleza de la gente.
Gracias a los ojos podemos ver a nuestra esposa/o.
Gracias a los ojos podemos ver a nuestros hijos.
Gracias a los ojos podemos ver a nuestros padres.
Gracias a los ojos podemos ver la belleza de las flores.
Gracias a los ojos podemos ver los lindos atardeceres.
Gracias a los ojos podemos ver los estorbos del camino.
Gracias a los ojos podemos leer libros.
Gracias a los ojos podemos incluso leer la Palabra de Dios.
Gracias a los ojos podemos ver nacer a nuestros hijos.
Gracias a los ojos podemos ver a nuestros amigos.
Gracias a los ojos podemos ver al hermano para ayudarle.
Gracias a los ojos podemos ver el camino.

Sin embargo, añadió el otro, el ojo tiene muchas complicaciones.
Los ojos también ven la fealdad que hay en el mundo.
Los ojos ven toda la basura de las calles.
Los ojos ven todo el dolor que nos rodea.
Los ojos ven a tanto niño abandonado.
Los ojos ven a tantos hombres que tienen hambre.
Los ojos ven a los hijos que se van y nos dejan.
Los ojos ven y miran con el mal deseo.
Los ojos ven y miran con envidia.
Los ojos ven y miran con rabia.
Los ojos ven y miran con desprecio.
Los ojos ven y miran con ambición.
Los ojos expresan indignación.

Se equivoca, Doctor. No son los ojos.
El mal deseo, la envidia, el desprecio, la ambición,
y otras cosas, los ve primero el corazón. El ojo obedece al corazón.
Tú que tienes ojos y sabes lo que ves, ¿Tú qué dices?

No busques razones

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  1. No intentes comprender la cruz de tus sufrimientos. Haz que tu manera de sufrir pueda servir de luz en el camino para los que caminan crucificados a tu lado.
  2. No pidas explicaciones a Dios sobre tus sufrimientos. Es posible que Dios te pida que primero le expliques tú mismo por qué crucificaste a su Hijo. ¿Sabrás responderle?
  3. La Cruz no es para comprenderla, sino para llevarla y vivirla. Por eso no la llevamos en la cabeza, sino en los hombros. Cuando tratas de comprender tu amor, el porqué amas, ya has dejado de amar. Es preferible que ames, a que puedas explicar el amor.
  4. No le preguntes a Dios: ¿Por qué? Si para amar necesitas razones ya no amas de verdad. La única razón por la que Dios te ama es que Él es amor. Las demás razones le sobran.
  5. El saber porqué sufres, en nada aliviará tu sufrimiento. Lo único que aliviará tu dolor es demostrar que tú eres más fuerte que todas tus penas porque entonces podrás sobrellevarlas, en vez de cargarlas.
  6. No selecciones las cruces. A veces las más pequeñas son las que más duelen. Además, si las escoges, siempre quedarás insatisfecho pensando que pudiste elegir una más pequeña y la que llevas la verás demasiado grande para tus hombros. A Dios le sobran razones para amar.
  7. Las cruces no se aman, las cruces se llevan. Si no puedes amar las cruces, sí puedes amar la causa y el motivo por los cuales vale la pena llevarlas. Jesús no amó nunca el madero que llevó, pero mientras lo llevaba, no dejaba de pensar en ti. Por eso le pesaba menos.

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